Anne Fortier

Juliet

A mi querida madre, Birgit Malling Eriksen,

cuya generosidad y herculea investigacion

han hecho posible esta obra.

Vayamos, que hemos de hablar de estos hechos tistres.

Unos seran perdonados, otros tendran su castigo,

pues historia tan penosa nunca hubo

como esta de Julieta y Romeo

SHAKESPEARE

El prologo

Dicen que mori. Se me paro el corazon y no respiraba; a los ojos del mundo estaba muerta de verdad. Unos dicen que me fui tres minutos, otros que cuatro; yo empiezo a pensar que la muerte es ante todo cuestion de opinion.

Llamandome Julieta, supongo que deberia haberlo visto venir, pero quise creer que, por una vez, no tendria lugar la misma lamentable tragedia de siempre, que esta vez estariamos juntos para siempre, Romeo y yo, y que nuestro amor jamas volveria a verse interrumpido por sombrios siglos de confinamiento y muerte.

Pero no se puede enganar al Bardo. Asi que mori como me correspondia, cuando se acabo mi texto, y volvi a caer en el pozo de la creacion.

Ay, pluma dichosa. Esta es tu pagina.

Toma tinta y dejame empezar.

I. I

?Dios! ?Dios! ?Que sangre es la que tine el marmol de la entrada del sepulcro?

Me ha costado decidir por donde empezar. Direis que mi historia empezo hace seiscientos anos, con un asalto en el camino, en la Toscana medieval, o quiza con un baile y un beso en el castello Salimbeni, cuando mis padres se conocieron, pero jamas me habria enterado de nada de esto de no haber sido por el acontecimiento que cambio mi vida de pronto y me obligo a viajar a Italia en busca del pasado. Ese acontecimiento fue la muerte de mi tia abuela Rose.

Umberto tardo tres dias en encontrarme para comunicarme la triste noticia. Lo cierto es que, con lo bien que se me da desaparecer, me sorprende que lograra localizarme. Claro que el siempre fue muy habil leyendome el pensamiento y prediciendo mis movimientos; ademas, tampoco habia tantos campamentos de verano de Shakespeare en Virginia.

Ignoro cuanto tiempo debio de pasar alli de pie, viendo la representacion desde el fondo de la sala. Yo estaba entre bastidores, como siempre, demasiado centrada en los chicos, en sus papeles y su atrezo para percatarme de nada mas hasta que cayo el telon. Tras el ensayo general de aquella tarde, alguien habia extraviado el frasquito de veneno y, a falta de algo mejor, Romeo tendria que suicidarse con caramelitos de menta.

– ?Es que me dan acidez! -habia protestado el chaval con un dramatismo propio de sus catorce anos.

– ?Estupendo! -le habia respondido yo, resistiendo la tentacion maternal de recolocarle el sombrero de fieltro-. Asi te metes mas en el papel.

Hasta que se encendieron las luces y los chicos me arrastraron al escenario para bombardearme de gratitud no detecte aquella figura familiar de pronto visible junto a la salida, que me contemplaba misteriosa en medio de la ovacion. Umberto, serio y escultural, con su traje de chaqueta y su corbata oscuros, sobresalia como un junco solitario de civilizacion en medio de un cenagal primigenio. Siempre habia sido asi. Desde que yo tenia uso de razon, jamas habia llevado una sola prenda que pudiera considerarse informal. Para Umberto, las bermudas caqui y los polos eran prendas de hombres faltos de virtud, y de verguenza.

Al poco, cuando remitio la avalancha de padres agradecidos y pude al fin bajar del escenario, me detuvo un instante el director del programa, que me cogio por los hombros y me zarandeo con vehemencia (me conocia demasiado bien para intentar abrazarme).

– ?Has hecho un trabajo estupendo con los chicos, Julie! -me felicito efusivo-. Cuento contigo para el proximo verano, ?verdad?

– Por supuesto -menti, y segui mi camino-. Por aqui estare.

Al acercarme por fin a Umberto, busque en vano aquella pizca de felicidad que solian albergar sus ojos cuando volvia a verme despues de un tiempo. Pero no halle sonrisa alguna, ni rastro de ella, y entonces entendi a que habia venido. Lanzandome en silencio a sus brazos, desee poseer la facultad de dar la vuelta a la realidad como si fuese un reloj de arena, y que la vida no fuese un asunto finito sino el perpetuo paso por un orificio en el tiempo.

– No llores, Principessa -me dijo, pegado a mi pelo-, a ella no le habria gustado. Nadie vive eternamente. Ya tenia ochenta y dos anos.

– Ya lo se, pero… -Me aparte y me seque las lagrimas-. ?Estaba Janice alli?

Umberto fruncio los ojos como hacia siempre que se mentaba a mi hermana gemela.

– ?Tu que crees?

Solo entonces, de cerca, lo note agotado y dolido, como si hubiera pasado las ultimas noches bebiendo para poder dormir. Aunque quiza era natural. ?Que iba a ser de Umberto sin tia Rose? En mi memoria, los dos habian formado siempre una unidad necesaria de capital y musculo (ella habia sido la belleza marchita; el, el mayordomo paciente), y a pesar de sus diferencias, ninguno de los dos se habia mostrado nunca dispuesto a prescindir del otro.

El Lincoln estaba discretamente aparcado junto a la boca de incendios, y nadie vio a Umberto guardar mi vieja mochila en el maletero antes de abrirme la puerta de atras con calculada ceremonia.

– Quiero sentarme delante. Por favor…

El nego con la cabeza en senal de desaprobacion y abrio la puerta del acompanante.

– Sabia que esto no iba a durar.

Pero no era tia Rose quien habia insistido en esa formalidad. Aunque Umberto fuera su empleado, siempre lo habia tratado como a un miembro mas de la familia. Ella, no obstante, jamas se habia visto correspondida. Siempre que tia Rose lo invitaba a cenar con nosotras, Umberto se limitaba a mirarla con resignado desconcierto, como si no dejara de sorprenderlo su insistencia y le costara digerirla. Comia en la cocina, asi lo habia hecho siempre y asi seguiria haciendolo, y ni la exaltada mencion de Nuestro Senor Jesucristo lograba persuadirlo de que nos acompanara siquiera el dia de Accion de Gracias.

Tia Rose solia achacar la peculiaridad de Umberto a su origen europeo, y enlazaba ese argumento con una charla sobre la tirania, la libertad y la independencia que inevitablemente culminaba en un «por eso no vamos de

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