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Bertrice Small

En Manos del Destino

To Love Again (1993)

PROLOGO

Bretana, 404-406.

El guerrero celta, de la tribu de los catuvellaunios, yacia de bruces en el barro sobre la tierra humeante. Su cuerpo desnudo y maltrecho estaba pintado de un vivo color azul. Alrededor yacia otro millar de hombres como el, muertos o agonizantes, mientras los legionarios romanos avanzaban metodicamente por el campo de batalla dando el golpe de gracia a los infortunados que todavia se aferraban a la vida. Oia las llamadas de las aves carroneras, y un estremecimiento recorrio su cuerpo.

Cerca de alli un grupo de oficiales romanos observaba. Volviendo ligeramente la cabeza, los miro con los ojos entrecerrados y, para su asombro, reconocio al propio emperador. Con gran sigilo, el guerrero acerco una mano a su jabalina. Despacio, cerro los dedos en torno a su asta y sintio la reconfortante familiaridad de la suave madera de fresno. Apenas respiraba, pero no importaba: en aquellas circunstancias respirar dolia demasiado.

Con un esfuerzo sobrehumano se puso en pie y, aullando como un demonio, arrojo su arma directamente al emperador romano, agotando con ello hasta la ultima pizca de fuerza que le quedaba. Para su decepcion, un joven y alto tribuno que se hallaba en el grupo reacciono mas velozmente de lo que habria creido posible y se coloco frente al emperador, recibiendo la jabalina en la rodilla.

El guerrero catuvellaunio no tuvo tiempo de admirar el valor del joven. Ya estaba muerto; un segundo tribuno que habia dado un salto al frente en defensa del emperador lo habia decapitado. Su cabeza, con el largo pelo ensangrentado y apelmazado, rodo por el suelo hasta los pies del emperador.

Claudio bajo la mirada y suspiro profundamente. Vio que la cabeza pertenecia a uno de los guardias personales del jefe catuvellaunio. Se habia fijado en el chico cuando los catuvellaunios acudieron a hablar de paz pese a estar reuniendo a traicion sus fuerzas en un intento por expulsar a los romanos de Britania. El joven tenia una marca de nacimiento pequena pero muy clara en el pomulo izquierdo. Claudio, fisicamente deteriorado, era rapido en observar a los que tenian alguna tara de cualquier clase. Meneo la cabeza con aire triste. No le gustaba la guerra. Tantas vidas como la de ese joven desperdiciadas. Los hombres jovenes luchaban en la guerra, pero eran los ancianos como el mismo quienes la planeaban.

Se alejo de la cabeza cortada y presto atencion ahora al tribuno que le habia salvado de una muerte segura.

– ?Como esta? -pregunto el emperador al cirujano arrodillado junto al joven, que intentaba restanar la sangre que manaba en abundancia.

– Vivira -fue la laconica respuesta, -pero no podra volver a ser soldado, Cesar. La jabalina, por la gracia de los dioses, no le ha cercenado la arteria. Pero le ha astillado la rotula y danado los tendones. El chico andara con una notable cojera el resto de sus dias.

Claudio hizo un gesto de asentimiento y pregunto al joven herido:

– ?Como te llamas, tribuno?

– Flavio Druso, Cesar.

– ?Somos parientes, pues? -pregunto el emperador, ya que su nombre era Claudio Druso Neron.

– Lejanos, Cesar.

– ?Quien es tu padre?

– Tito Druso, Cesar, y mi hermano tambien es Tito.

– Si -dijo el emperador, pensativo. -Tu padre esta en el senado. Es un hombre justo, que yo recuerde.

– Lo es, Cesar.

– Eres el tribuno laticlavio del Catorce -observo el emperador, fijandose en el uniforme del joven. -Me temo que ahora tendras que regresar a casa, Flavio Druso.

– Si, Cesar -respondio el joven con sumision, pero Claudio capto algo mas que simple decepcion en su voz.

– ?No quieres ir a casa? -pregunto. -?No hay ninguna mujer esperando ansiosa tu regreso? ?Cuanto hace que estas en el Catorce, Flavio Druso?

– Casi tres anos, Cesar. Esperaba hacer carrera en la milicia. Soy el menor de los cuatro hijos de Tito Druso. Mi hermano mayor, naturalmente, seguira los pasos de nuestro padre; y Gayo y Lucio son magistrados. Con otro magistrado de la familia Druso, nos acusarian de monopolio -termino Flavio Druso con una leve sonrisa.

Luego hizo una mueca de dolor y se puso livido cuando le extrajeron la jabalina de la pierna.

Claudio casi gimio por simpatia con el dolor del joven. Aunque el segundo en el mando de su legion, ser tribuno laticlavio era realmente un puesto de honor. Habia seis tribunos en cada legion, y cinco de ellos solian ser veteranos en la batalla. El laticlavio siempre era un joven de una familia noble, enviado a pasar dos o tres anos en la milicia para formarle, o alejarle de problemas o de malas companias. Normalmente, al final de este periodo, el tribuno laticlavio regresaba a casa con un cargo de magistrado y una esposa rica. El emperador se volvio hacia el jefe legionario:

– ?Es un buen soldado, Aulo Majesta?

Este asintio.

– El mejor, Cesar. Llego a nosotros como casi todos, verde e ignorante, pero a diferencia de los otros a los que he tenido que adiestrar en mi carrera, Flavio Druso ha mostrado mucho interes por aprender. Tenia que seguir hasta que uno de mis otros tribunos se retirara dentro de un ano. Despues, mi intencion era ascenderle. - Dirigio la mirada al joven, palido a causa de la herida. -Es una pena, Cesar. Es un buen oficial, pero no puedo tener un tribuno cojo, ?verdad? -En realidad no fue una pregunta.

Claudio sintio ganas de preguntar a Aulo Majesta que tenia que ver la forma de andar de un hombre con su capacidad para tomar sabias decisiones militares, pero se contuvo. Toda su vida habia sido un hazmerreir a causa de su cojera y tartamudez. Le habian considerado no apto para todo, incluso en su propia familia. Pero cuando su temible sobrino Caligula habia sido asesinado y depuesto, la milicia le habia pedido que gobernara Roma. Claudio era mas consciente que la mayoria de lo que le esperaba a Flavio Druso. Los prejuicios siempre eran dificiles de superar.

– Seras recompensado por haberme salvado la vida -dijo con firmeza.

– ?Solo he cumplido con mi deber, Cesar! -protesto el joven tribuno.

– Y al hacerlo has arruinado tu carrera militar -replico el emperador. -?Que sera de ti cuando regreses a casa? No tendras nada, puesto que eres el hijo menor. Al salvar mi vida, en cierto sentido has perdido la tuya, Flavio Druso. No seria digno de la noble tradicion de los cesares permitir tal cosa. Te ofrezco una de dos posibilidades. Piensalo bien antes de elegir. Regresar a Roma con honor, donde te concedere una esposa noble y una pension vitalicia. O quedarte en Britania. Te dare tierras en propiedad y fijare una cantidad de dinero para que puedas construir un hogar.

Flavio Druso penso por un largo momento. Si regresaba a Roma, esposa noble o no, se veria obligado a vivir en casa de su padre, que un dia seria la casa de su hermano mayor. Su pension probablemente no seria suficiente para comprarse una casa. La esposa noble seria alguna hija menor con poco capital propio. ?Como dotaria a las hijas o daria un futuro a los hijos? Sin embargo, si permanecia en Britania, tendria sus propias tierras. No estaria sujeto a nadie. Fundaria una nueva rama de su familia, y trabajando con ahinco se convertiria en un hombre rico por derecho propio.

– Me quedare en Britania, Cesar -dijo, consciente de tomar la decision correcta.

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