una ruina desventrada y ennegrecida, de vigas carbonizadas y paredes destruidas. No soy clarividente, pero puedo decir que cualquier hombre honrado que la viera estaria pensando lo mismo que yo. ?Cuantos edificios mas acabarian del mismo modo antes de que Hitler acabara con nosotros?

Habia guardias de asalto -un par de camiones llenos en la siguiente calle- que comprobaban unas cuantas ventanas mas con las botas. Por precaucion, decidi tomar otro camino y estaba a punto de dar media vuelta cuando oi una voz que me parecio reconocer.

– Salid de ahi, judios cabrones -vocifero un muchacho.

Era Heinrich, el hijo de catorce anos de Bruno Stahlecker, vestido con el uniforme de las Juventudes Hitlelianas motorizadas. Lo vi justo cuando lanzaba una enorme piedra contra otro escaparate. Se echo a reir encantado ante su propia destreza y dijo:

– Judios de mierda.

Al mirar a su alrededor en busca de la aprobacion de sus camaradas me vio a mi.

Mientras andaba hasta el pense en todas las cosas que le diria si fuera su padre, pero cuando estuve a su lado le sonrei. Tenia mas ganas de darle un buen tortazo con el reves de la mano.

– Hola, Heinrich.

Sus bonitos ojos azules me miraron con hosca desconfianza.

– Supongo que cree que puede renirme -dijo-, solo porque era amigo de mi padre.

– ?Yo? A mi no me importa una mierda lo que hagas.

– ?Ah, no? Entonces, ?que quiere?

Me encogi de hombros y le ofreci un cigarrillo. Lo cogio y yo encendi los dos. Luego le lance la caja de fosforos.

– Ten -dije-, puede que los necesites esta noche. Quiza podrias probar con el Hospital Judio.

– ?Lo ve? Ya me esta echando un sermon.

– Todo lo contrario. He venido para decirte que he encontrado a los hombres que asesinaron a tu padre.

– ?De verdad?

Algunos de los amigos de Heinrich, ahora muy ocupados en el pillaje de la tienda de ropa, le gritaron que fuera a ayudarlos.

– Enseguida voy -les respondio gritando tambien.

Y luego me pregunto:

– ?Quienes son? Los hombres que mataron a mi padre.

– Uno de ellos esta muerto. Lo mate yo mismo.

– Muy bien.

– No se que va a pasar con los otros dos. En realidad, todo depende.

?De que?

– De las SS; de si deciden hacerles un consejo de guerra o no. Observe en su cara joven y atractiva una expresion de desconcierto.

– Ah, ?no te lo habia dicho? Si, esos hombres, los que asesinaron a tu padre de una forma tan cobarde, eran todos oficiales de las SS. Veras, tenian que matarlo, porque si no era probable que hubiera tratado de impedirles que infringieran la ley. Eran malvados, ?sabes, Heinrich?, y tu padre siempre hizo todo lo que pudo para encerrar a los hombres malvados. Era un gran policia. -Senale con un gesto todos los escaparates rotos-. Me pregunto que habria pensado de todo esto.

Heinrich vacilo y se le hizo un nudo en la garganta cuando penso en las consecuencias de lo que yo le estaba diciendo.

– ?No fue… no fueron los judios quienes lo mataron, entonces?

– ?Los judios? Por todos los santos, no -dije riendo-. ?De donde has sacado esa idea? Nunca fueron los judios. Yo que tu no creeria todo lo que lees en Der Sturmer, ?sabes?

Cuando acabamos de hablar, Heinrich volvio con sus amigos con una considerable falta de entusiasmo. Sonrei tristemente al verlo, meditando en que la propaganda funciona en dos sentidos.

No habia visto a Hildegard desde hacia una semana. A la vuelta de Wewelsburg trate de telefonearla un par de veces, pero no estaba, o si estaba no contesto. Finalmente decidi coger el coche y pasar por su casa.

Yendo hacia el sur por la Ka iserallee, cruzando Wilmersdorf y Friedenau, vi mas de la misma destruccion, mas de la misma expresion espontanea de la ira de la gente: letreros de tiendas con nombres judios arrancados y tirados por el suelo y nuevos esloganes antisemitas recien pintados por todas partes; y la policia siempre se mantenia al margen, sin hacer nada para impedir que se saqueara una tienda o para proteger de una paliza a su propietario. Cerca de la Wag hauselerstrasse pase por delante de otra sinagoga en llamas, y los bomberos vigilaban para que las llamas no se extendieran a los edificios de al lado.

No era el mejor dia para pensar en mi mismo.

Aparque cerca del piso de la Lep sius Strasse. Entre, abriendo la puerta de la calle con la llave que ella me habia dado y subi a pie hasta el tercer piso. Utilice el llamador. Podia haber abierto tambien con mi llave, pero por alguna razon pense que no le gustaria, considerando las circunstancias de nuestro ultimo encuentro.

Al cabo de un rato, oi pasos y un joven comandante de las SS abrio la puerta. Podia ser alguien salido directamente de las clases de teoria racial de Irma Hanke: pelo rubio claro, ojos azules y una mandibula que parecia forjada en hormigon. Llevaba la guerrera desabotonada, la corbata floja y no parecia que estuviera alli para vender ejemplares de la revista de las SS.

– ?Quien es, carino? -dijo Hildegard.

La observe mientras se acercaba a la puerta, al tiempo que buscaba algo en el bolso sin levantar la vista hasta que estuvo a solo unos metros.

Llevaba un traje de tweed negro, una blusa de crespon plateada y un sombrero negro con plumas que se alzaban desde su frente como el humo de un edificio en llamas. Era una imagen que me cuesta arrancarme de la cabeza. Cuando me vio se detuvo y la boca, perfectamente pintada, se le quedo entreabierta mientras trataba de encontrar algo que decir.

No habia necesidad de muchas explicaciones. Eso es lo bueno de ser detective: me doy cuenta de todo enseguida. No necesitaba que me dijera el porque. Puede que el hiciera mejor el trabajo de abofetearla que yo, estando en las SS como estaba. Cualquiera que fuera la razon, hacian muy buena pareja, y como pareja se enfrentaron a mi, con Hildegard enlazando el brazo de forma elocuente en el de el.

Hice un lento saludo con la cabeza preguntandome si deberia mencionar que habiamos atrapado a los asesinos de su hijastra, pero cuando ella no lo pregunto, sonrei resignadamente, segui moviendo la cabeza y me limite a devolverle las llaves.

Estaba a medio camino escaleras abajo cuando oi que me decia:

– Lo siento, Bernie, de verdad que lo siento.

Eche a andar hacia el sur hasta el Jardin Botanico. El palido cielo de otono estaba cubierto con el exodo de millones de hojas, deportadas por el viento a rincones distantes de la ciudad, lejos de las ramas a las que una vez dieron vida. Aqui y alli, hombres con rostros de piedra trabajaban con demorada concentracion para controlar esa diaspora arborea, quemando las hojas muertas de los fresnos, los robles, los olmos, las hayas, los sicomoros, los castanos de Indias y los sauces llorones, y el acre humo gris quedaba suspendido en el aire como el ultimo suspiro de las almas perdidas. Pero siempre habia mas, y mas, asi que los montones de basura en llamas no parecian disminuir nunca, y mientras permanecia alli de pie, contemplando las resplandecientes ascuas de las hogueras y respirando el caliente vapor de la caediza muerte, me parecia poder gustar el final definitivo de todas las cosas.

Nota del autor

Otto Rahn y Karl MariaWeisthor dimitieron de las SS en febrero de 1939. Rahn, un experimentado montanero, murio por congelacion mientras caminaba por las montanas cercanas a Kufstein menos de un mes mas tarde. Las circunstancias de su muerte nunca fueron explicadas adecuadamente. Weisthor fue confinado en la ciudad de

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