hectareas son un monton de azucar.

– Despues de lo que te dije en la comida, ya puedo endulzarlo un poco, ?no crees?

– Tienes veintitres horas para resarcirme.

– Entonces es una suerte que haya traido una baraja.

– Sera mejor que subamos al tren. -Le cogi la maleta y recorrimos el anden, pasando por delante de varios carritos que vendian comida y bebida para llevar a bordo. Compramos todo lo que pudimos y encontramos un compartimento libre. Al cabo de unos minutos, el tren salio de la estacion, pero media hora despues no ibamos mas rapido que una anciana en bicicleta.

– No me extrana que tarde veintitres horas, a esta velocidad -proteste.

– El ferrocarril lo construyeron los britanicos -explico Anna-. Y hasta la llegada de Peron, fueron tambien sus propietarios.

– Eso no explica que vaya tan despacio.

– No construyeron el ferrocarril para la gente -dijo-, sino para el transporte de ganado.

– Y yo que pensaba que solo los alemanes dominaban el arte de transportar a personas como ganado.

– Umm. ?Siempre has sido tan cinico?

– No. Antes solo era un proyecto en la mente de mi padre.

– Buena pieza debe de ser tu padre.

– Lo intento.

– Tan despiadado como cinico. Igual que todos los de las SS.

– ?Como lo sabes? Apuesto que soy el primero de las SS que conoces.

– Desde luego, nunca me imagine que me gustaria besar a ninguno.

– Tampoco yo me imagine que acabaria siendolo, te lo aseguro. ?Quieres que te hable de ello? Tenemos tiempo de sobra.

– ?Y nuestro trato de no hacer preguntas?

– No, creo que ha llegado el momento de que sepas algo sobre mi. Por si me matan.

– Lo dices para asustarme. No te molestes. Ultimamente duermo con la luz encendida.

– ?Quieres que te lo cuente o no?

– Supongo que no podre salir por la puerta si al final decido que no me gustas. Ni siquiera a esta velocidad. Venga, adelante. Siempre puedo hacer solitarios si me aburro de escucharte.

– Mi estilo de confesion a tumba abierta es fuerte. Hay que acompanarlo con un refresco. Como un ginger ale o un tonica. -Saque una botella de whisky de la bolsa y servi una dosis en el unico vasito que llevaba-. O con un poco de esto.

– Un poco fuerte para ser un refresco -dijo Anna, probandolo como si fuera nitroglicerina.

Encendi dos cigarros y le puse uno en la boca.

– Es una historia un poco dura. Vamos. Bebe un poco. Solo te la puedo contar cuando veas doble y te nuble la vista con humo. Asi no te daras cuenta de que me creceran losdientes y me saldra una mata de pelo en la cara.

El tren dejaba atras los barrios perifericos de Buenos Aires. Ojala pudiera dejar atras mi pasado con la misma facilidad. Entro por la ventana un fuerte olor a agua marina. Las gaviotas planeaban en el cielo azul cerca de la costa. Las ruedas traqueteaban bajo el suelo del vagon como una marcha de seis por ocho y, durante un instante, recorde las bandas que desfilaban bajo las ventanas del Hotel Adlon la noche del lunes 30 de enero de 1933. Fue el dia en que el mundo cambio para siempre. El dia en que Hitler fue nombrado canciller del Reich. Recordaba que, cuando las bandas se acercaban a la Pariser Platz, donde estaban situados el Adlon y la embajada francesa, interrumpieron la musica y se pusieron a tocar la vieja cancion de guerra prusiana «Queremos derrotar a los franceses». En ese momento comprendi que era inevitable otra guerra europea.

– Todos los alemanes llevan en su seno una imagen de Adolf Hitler -dije-, hasta los que odiabamos a Hitler y todo lo que representaba. Su cara, con el pelo alborotado y el bigote de sello de correos, nos persigue a todos de por vida y, como una llama misteriosa que nunca se apaga, arde en nuestras almas. Los nazis hablaban de un imperio milenario. Pero a veces pienso que, a causa de lo que hicimos, el nombre de Alemania y los alemanes vivira en la infamia durante mas de un milenio. El resto del mundo tardara un milenio en olvidar. Desde luego, si llego a vivir mil anos, nunca olvidare algunas cosas que vi. Y algunas cosas que hice.

Se lo conte todo. Todo lo que hice durante la guerra y en los anos posteriores hasta el dia en que zarpe con rumbo a Argentina. Era la primera vez que, hablaba de ello con sinceridad, sin omitir nada y sin justificar mis actos. Pero al final le dije quien era el verdadero culpable de todo aquello.

– Para mi la culpa la tienen los comunistas por convocar en noviembre de 1932 una huelga general que forzo las elecciones. La tiene Von Hindenburg por ser demasiado viejo para cantarle las cuarenta a Hitler. La tienen los seis millones de desempleados; un tercio de la poblacion activa, por querer un empleo a toda costa, incluso a costa de Hitler. La tiene el ejercito por no poner fin a la violencia callejera durante la Republica de Weimar y por respaldar a Hitler en 1933. La tienen los franceses. La tienen Von Papen y Rathenau y Evert y Scheidemann y Leibknecht y Rosa Luxemburgo. La tienen los espartaquistas y los Freikorps. La tiene la Gran Guerra por arrebatarnos el valor de la vida humana. La tienen la inflacion y la Bauhaus y el dadaismo y Max Reinhardt. La tienen Himmler y Goering y Hitler y las SS y Weimar y las putas y los chulos. Pero sobre todo la tengo yo. Por no hacer nada. Que era menos de lo que deberia haber hecho. Que era lo que se requeria para que triunfase el nazismo. Tengo parte de culpa. Antepuse mi supervivencia a cualquier otra consideracion. Eso no tiene vuelta de hoja. Si fuese verdaderamente inocente, estaria muerto, Anna, Y no lo estoy.

»Llevo cinco anos intentado salir del atolladero. Tuve que venir a Argentina y verme reflejado en los ojos de otros ex miembros de las SS para comprenderlo. Yo formaba parte de todo aquello. Intente que no fuera asi, pero fracase. Estuve alli. Lleve el uniforme. Comparto la responsabilidad.

– ?Dios! -exclamo Anna Yagubsky arqueando las cejas y apartando la mirada-. Si que has tenido una vida interesante.

Sonrei, pensando en Louis Adlon y la maldicion china.

– Bueno, yo no te juzgo -dijo Anna-. No creo que tengas tanta culpa. Aunque tampoco eres totalmente inocente. De todos modos, me parece que ya has pagado caro lo que hiciste. Fuiste prisionero de los rusos. Debio de ser horrible. Y ahora me estas ayudando. Tengo la impresion de que si fueses como el resto de tus viejos camaradas no me ayudarias. No depende de mi el perdonarte. Depende de Dios, suponiendo que creas en Dios, pero rezare para que te perdone. Y podrias rezar tu tambien.

No podia arriesgarme a sufrir otra vez su desaprobacion, contandole que no creia en Dios mas de lo que creia en Adolf Hitler, No era muy probable que una judia conversa se tomase a la ligera la cuestion de mi ateismo. Despues de lo que le habia contado, necesitaba ganarme de nuevo su favor, asi que asenti y le dije:

– Si, puede que lo haga.

Y si habia Dios, supuse que me entenderia. Al fin y al cabo, no es extrano dejar de creer en Dios cuando se deja de creer en todo lo demas. Cuando se deja de creer en uno mismo.

CAPITULO 21

TUCUMAN. 1950

Llegamos a Tucuman la noche siguiente. El tren llevaba retraso y era casi medianoche cuando entro traqueteando en la estacion local. El lugar tenia mejor pinta de noche. La residencia del gobernador estaba iluminada como un arbol de Navidad. Bajo las palmeras de la plaza de la Independencia, las parejas bailaban el tango. Los argentinos no necesitaban excusas para marcarse un tango. Que yo supiera, los bailarines de la plaza no estaban esperando el autobus. La estacion estaba llena de ninos. A ninguno le interesaba la locomotora con forma de submarino que se enfriaba despues del viaje. Querian dinero. En eso los ninos eran como todos los demas. Les reparti un punado de monedas y cogimos un taxi. Le dije al taxista que nos llevase al Plaza.

– ?Por que quiere ir alli? -pregunto.

– Porque la ultima vez que vine, el Plaza era un hotel.

– Deberia ir al Coventry. Puedo conseguirle un buen precio alli.

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