– Te lo dije, Gunther. No soy de las que se quedan en casa zurciendo calcetines. No habria llegado a ser abogada sin burlar a algun que otro poli gilipollas.

– Para ser abogada no parece que tengas mucha cautela.

– Nunca he dicho que fuera buena abogada. Pero te lo voy a decir alto y claro. Me meti en este asunto y pretendo seguir hasta el final.

– ?Sabes una cosa? Para ser abogada, eres bastante guapa. No quiero que te pase nada.

– ?Todos los alemanes tratais a las mujeres como si fueran de porcelana? No me extrana que perdieseis la guerra. Venga, vamos al coche.

Anna y yo cogimos el Jeep y nos dirigimos hacia el suroeste de la ciudad. Enseguida llegamos a una estrecha carretera llena de baches bordeada a ambos lados por las olas de un Mar Rojo de cana de azucar. Era verde por arriba y un matorral lenoso impenetrable por debajo. Habia kilometros de terreno con esta planta, como si el creador de la tierra hubiera estado falto de imaginacion.

– Cana de azucar. Solo es un monton de hierba gigante -dijo Anna,

– Si, pero no me gustaria ver las maquinas cortacespedes.

De vez en cuando me veia obligado a ralentizar la marcha para sortear pequenos matorrales de cana ambulantes que, vistos mas de cerca, resultaron ser cargas a lomos de mulas que suscitaron gritos compasivos de Anna. Cada pocos kilometros nos encontrabamos una poblacion chabolista de casas construidas con bloques de cemento y tejados de chapa de zinc. Ninos semidesnudos, que mascaban tallos de cana de azucar como perros royendo huesos, contemplaban con entusiasmo y grandes aspavientos nuestro paso por las villas de la miseria. Desde el confort metropolitano de Buenos Aires, Argentina parecia un pais prospero; pero alli, en las plantaciones de la Pampa Humeda, el octavo pais mayor del mundo parecia uno de los mas pobres.

Varios kilometros mas adelante, la cana de azucar desaparecio de la vista y llegamos a unos campos de maiz que conducian al rio Dulce y a un puente de madera que no era mucho mas que una continuacion de la carretera de tierra. Al otro lado del rio pare para echar otro vistazo al mapa. Tenia la Sierra al fondo, el rio a la derecha, campos de maiz a la izquierda, y la carretera que continuaba por una larga pendiente justo delante de nosotros.

– Aqui no hay nada -dijo Anna-. Solo un monton de azucar y mucho mas cielo. -Hizo una pausa-. ?Como es exactamente ese lugar?

– No lo se con seguridad -dije-. Pero cuando lo vea lo sabre. -Arroje el mapa sobre su regazo y proseguimos la marcha.

Al cabo de unos minutos llegamos a las ruinas de un pueblo, un pueblo que no figuraba en el mapa. A ambos lados de la carretera habia cabanas blancas sin tejado y una iglesia abandonada, que era el hogar de numerosos perros vagabundos, pero no parecia que nadie viviese alli.

– ?Adonde habra ido toda la gente?

– Supongo que la traslado el gobierno. Toda esta zona quedara anegada cuando represen el rio.

– Ya se echa de menos ahora -dijo Anna.

Al final de la calle habia un estrecho callejon hacia la derecha y, en un muro, vimos el tenue perfil de una flecha con las palabras Laguna Dulce. Continuamos por el callejon, una pista de tierra que se adentraba en un angosto valle. Una espesa boveda de arboles cubria la pista y encendi las luces hasta que volvimos a ver la luz del sol.

– No me gustaria que nos quedasemos sin gasolina aqui -observo Anna, mientras avanzabamos a trompicones entre los baches-. Estar en medio de la nada tiene sus momentos depresivos.

– Cuando quieras volver no tienes mas que decirlo.

– ?Y perderme lo que haya la vuelta de la esquina? Ni pensarlo.

Al fin llegamos a un claro y a una especie de cruce.

– ?Y ahora por donde? -pregunto.

Continue un poco mas por el mismo camino antes de regresar al cruce y elegir otra direccion. Al cabo de unos instantes, lo vi.

– Es por aqui -dije.

– ?Como lo sabes?

Ralentice la marcha. Entre los arbustos que habia al borde de la pista habia una bobina de alambre con la etiqueta de Glasgow Wire. La senale.

– Aqui es adonde trajo su alambre el escoces.

– ?Crees que era para un campo de refugiados?

– Si.

Eso es lo que le dije. Pero yo ya empezaba a comprender que, si alguna vez hubiera existido alli un campo de refugiados, ya habia desaparecido. Todo el valle estaba desierto. Cualquier campo de refugiados habria necesitado suministros. Los suministros requieren transporte. No habia ni rastro de que nadie hubiera recorrido aquella carretera de arcilla roja en mucho tiempo. Las marcas de nuestros neumaticos eran las unicas visibles.

Continuamos un par de kilometros hasta que encontre lo que buscabamos. Una tupida hilera de arboles y una verja de alambre de espino ante un sendero de tierra anonimo que continuaba por el valle. Detras de la hilera de arboles habia otra cerca de alambre de espino de la misma altura. En la puerta habia un letrero en espanol que decia asi:

PROPIEDAD PRIVADA DE LA COMPANiA HIDROELECTRICA Y CONSTRUCTORA CAPRI. EL ACCESO SIN AUTORIZACION ESTA ESTRICTAMENTE PROHIBIDO POR ORDEN DEL GOBIERNO FEDERAL. PROHIBIDO EL PASO. PELIGRO.

Habia tres cadenas con candados alrededor de la verja y, con sus tres metros de altura, no me parecio que pudiesemos saltarla. Ademas, los candados no eran de los que se fuerzan con facilidad. Aparte el Jeep de la carretera y lo escondi en un pequeno hueco en la hilera de arboles. Luego apague el motor.

– Creo que es aqui -dije.

– ?Y ahora que? -pregunto Anna mientras examinaba la cerca.

Abri, esperanzado, la caja de herramientas que habia en la parte trasera del Jeep. Parecia que Geller iba equipado para casi cualquier eventualidad. Encontre unas buenas tenazas de cortar alambre. Teniamos trabajo.

– Y ahora a caminar -dije.

Caminamos entre los arboles y en paralelo a la alambrada. No habia nadie por alli. Hasta los pajaros guardaban silencio. Supuse que era mejor cortar el alambre a unos treinta o cuarenta metros del Jeep, por si alguien lo veia y paraba para ver por que estaba ahi. Provisto de las tenazas, empece a abrir una entrada.

– Solo vamos a entrar para echar un vistazo y para ver lo que haya que ver -dije.

– ?No crees que seria mejor volver y hacer esto por la noche? ?Por si alguien nos ve?

– Apartate. -Al cortar otro trozo del alambre de Melville, salto disparado entre los arboles con un sonido como de cuerda de piano rota.

Anna miraba alrededor con nerviosismo. -Eres muy tenaz, ?verdad? -dijo.

Me guarde en el bolsillo las tenazas. Algo me pico y me pegue un manotazo en el cuello. Casi deseaba que hubiera sido ella.

– ?Tenaz? -Sonrei-. Estamos buscando respuestas a tus enigmas. No a los mios.

– Creo que he perdido el apetito de respuestas -dijo-. Es un efecto del miedo. No se me ha olvidado lo que paso la ultima vez que entramos en un lugar prohibido.

– Tienes razon -dije, desenfundando la pistola. Abri y cerre la recamara, comprobe que todo estaba en orden, y quite el seguro. Luego me cole por el agujero que habia abierto en la alambrada.

– Supongo que matar es mas facil cuanto mas lo practicas. Eso dicen, ?no? -dijo Anna, que me siguio, algo renuente.

– La gente habla por hablar -dije, pisando con cuidado entre los arboles-. La primera vez que mate a un hombre fue en las trincheras. Era el o yo. No puedo decir que haya matado a nadie que no pretendiese matarme.

– ?Y la conciencia?

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