– ?Esta lejos? -grite, agarrandome todo lo fuerte que podia.

– ?No, no, no! -contesto Peppo, casi atropellando a una monjita que empujaba la silla de ruedas de un anciano-. ?Tranquila! ?Los llamaremos a todos y celebraremos una gran reunion familiar!

Ilusionado, empezo a describirme a todos los miembros de la familia que yo pronto conoceria, aunque el viento casi no me permitia oirlo. Tan distraido iba que, a la altura del palazzo Salimbeni, pasamos por en medio de un punado de guardias de seguridad, obligandolos a apartarse de un salto.

?Ayyy! -exclame, preguntandome si Peppo era consciente de que ibamos a terminar celebrando la reunion familiar en el trullo.

No obstante, los guardias no hicieron ademan de detenernos, sino que se limitaron a vernos pasar como un perro bien atado ve a una ardilla cruzar la calle tan tranquila. Por desgracia, uno de ellos era el ahijado de Eva Maria, Alessandro, que seguramente me reconocio, porque se volvio para mirar mis pies al viento, intrigado quiza por el paradero de mis chanclas.

– ?Peppo! -grite, agarrandome mas fuerte a los tirantes de mi padrino-. No quiero que me arresten, ?vale?

– ?Tranquila! -volvio una esquina y acelero mientras hablaba-: ?Voy demasiado de prisa para la policia!

Al poco cruzamos la puerta antigua de una ciudad como un caniche salta a traves de un aro y, veloces, nos introdujimos de lleno en el escenario de un verano toscano.

En la moto, mientras contemplaba el paisaje por encima de su hombro, desee poder sentirme como en casa, notar que por fin habia vuelto a mi tierra, pero todo lo que me rodeaba era nuevo para mi: el calido aroma a hierba y especias, la perezosa ondulacion de los campos…, hasta la colonia de Peppo tenia un componente extrano que me resultaba absurdamente atractivo.

?Cuanto recordamos realmente de nuestros tres primeros anos de vida? A veces me recordaba abrazada a unas piernas desnudas que sin duda no eran las de tia Rose, y Janice y yo recordabamos un cuenco de cristal lleno de corchos de vino, pero, aparte de eso, me costaba distinguir los fragmentos que pertenecian a aquel lugar. Cuando, alguna vez, lograbamos rescatar algun recuerdo de nuestra infancia, siempre terminabamos liandonos.

– Estoy segura de que la mesa de ajedrez desvencijada estaba en la Toscana -insistia Janice-. ?Donde iba a estar, si no? Tia Rose nunca ha tenido una.

– Entonces -le replicaba yo-, ?como explicas que fuese Umberto quien te dio un bofeton cuando la volcaste?

Janice no podia explicarlo. Al final, terminaba mascullando:

– Bueno, tal vez fue otra persona. Con dos anos, todos los hombres te parecen iguales. Joder, si aun me lo parecen -anadia socarrona.

De adolescente, fantaseaba con la idea de que volvia a Siena y de pronto recordaba mi infancia; ahora que por fin estaba alli, recorriendo a toda velocidad sus angostas carreteras, empece a preguntarme si el haber vivido siempre lejos de aquel lugar habia hecho marchitar de algun modo una parte esencial de mi ser.

Pia y Peppo Tolomei vivian en una granja situada en un pequeno valle, rodeados de vinedos y olivares. Cercaban su propiedad un punado de suaves montes, pero el confort de aquella pacifica reclusion compensaba sobradamente la falta de vistas mayores. La casa no era en absoluto esplendida; por las grietas de sus paredes amarillas brotaban malas hierbas, las contraventanas verdes necesitaban algo mas que una mano de pintura, y el tejado de barro parecia que fuese a desmoronarse con la proxima tormenta, o incluso con un simple estornudo desde el interior. Aun asi, las multiples enredaderas y las macetas estrategicamente colocadas lograban enmascarar su decadencia y convertirla en un lugar absolutamente irresistible.

Peppo aparco el escuter, cogio una muleta apoyada en la pared y me llevo directamente al jardin. Alli detras, a la sombra de la casa, su esposa Pia se hallaba sentada en un taburete, rodeada de nietos y bisnietos, como una intemporal diosa de la naturaleza entre ninfas, ensenandoles a hacer trenzas de ajos frescos. Peppo tuvo que explicarle varias veces quien era yo y por que me habia llevado alli, pero, cuando al fin dio credito a sus oidos, se calzo las zapatillas, se levanto con la ayuda de su sequito y me envolvio en un lloroso abrazo.

– ?Giulietta! -exclamo, apretandome contra su pecho y besandome la frente a la vez-.Che meraviglia! ?Es un milagro!

Se alegraba tanto de verme que casi me avergonce de mi misma. No habia ido al museo de la Lechuza en busca de mis padrinos desaparecidos; ni se me habia ocurrido que pudiera tenerlos y que fuera a emocionarlos tanto encontrarme sana y salva. Sin embargo, alli estaban, y su amabilidad me hizo darme cuenta de que, hasta entonces, jamas me habia sentido verdaderamente acogida en ningun sitio, ni siquiera en mi propia casa. Por lo menos mientras Janice anduviera cerca.

En menos de una hora, la casa y el jardin se llenaron de gente y de comida, como si todos hubieran estado a la vuelta de la esquina -exquisitez local en ristre- ansiando un motivo de celebracion. Algunos eran familia, otros, amigos y vecinos, pero todos aseguraban haber conocido a mis padres y haberse preguntado que demonios habria sido de sus gemelas. Nadie lo dijo explicitamente, pero tuve la sensacion de que, por aquel entonces, tia Rose habia irrumpido alli reclamandonos a Janice y a mi en contra de los deseos de la familia Tolomei -gracias a tio Jim, aun tenia contactos en el Departamento de Estado-, y nos habiamos esfumado sin dejar rastro, para frustracion de Pia y Peppo, que, a fin de cuentas, eran nuestros padrinos.

– ?Todo eso es pasado! -decia Peppo sin parar, dandome palmaditas en la espalda-. ?Ahora estas aqui y al fin podemos hablar! -Pero no sabia por donde empezar; tantos eran los interrogantes, incluido el motivo de la misteriosa ausencia de mi hermana.

– Estaba muy liada para viajar -dije desviando la mirada-, pero seguro que pronto vendra a veros.

Para colmo de males, solo un punado de invitados hablaban ingles y, cuando contestaba una pregunta, alguien tenia que entenderme primero y traducirme despues. Aun asi, todos eran tan amables y carinosos que hasta yo, al cabo de un rato, empece a relajarme y a pasarmelo bien. Daba igual que no nos entendieramos, lo esencial eran las sonrisitas y los gestos de asentimiento, muchisimo mas valiosos que las palabras.

De pronto, Pia salio a la terraza con un album y se sento a ensenarme fotos de la boda de mis padres. En cuanto lo abrio, acudieron otras mujeres, deseosas de verlas tambien y ayudarnos a pasar las paginas.

– ?Mira! -dijo Pia senalando una foto grande-, tu madre llevaba el mismo vestido que lleve yo en mi boda. ?Que buena pareja hacian!… Ah, este es tu primo Francesco…

– ?Espera! -Intente en vano impedir que pasara la pagina. Pia no era consciente de que yo jamas habia visto una foto de mi padre, y la unica foto de adulta de mi madre que conocia era la de graduacion del instituto que habia sobre el piano de tia Rose.

El album de Pia me pillo por sorpresa, no tanto porque mi madre ocultaba bajo el vestido de novia un avanzado embarazo como por que mi padre parecia tener cien anos. Obviamente, no los tenia, pero, al lado de mi madre -un sonriente bombon con hoyuelos en las mejillas-, parecia el anciano Abraham de mi Biblia ilustrada para ninos.

Aun asi, se los veia felices juntos y, aunque no habia instantaneas de los dos besandose, en la mayoria mi madre aparecia colgada del brazo de su marido, mirandolo con admiracion. Poco despues logre deshacerme de mi asombro y decidi aceptar que quiza alli, en aquellas tierras luminosas y dichosas, el tiempo y la edad tuvieran escasa relevancia en la vida de las personas.

Las mujeres que me rodeaban confirmaban mi teoria; ninguna de ellas parecia encontrar extraordinaria aquella union. Por lo que podia entender, sus exaltados comentarios -todos ellos en italiano- eran principalmente sobre el vestido de mi madre, su velo y la compleja relacion genealogica de todos y cada uno de los invitados a la boda con mi padre y consigo mismas.

Tras la boda de mis padres, vinieron unas cuantas paginas dedicadas a nuestro bautizo, pero mis padres apenas salian en ellas. En las imagenes se veia a Pia con un bebe en brazos que podria haber sido Janice o yo -era imposible saber cual de las dos, y Pia no se acordaba-, y a Peppo sosteniendo orgulloso al otro. Al parecer, habia habido dos ceremonias diferentes: una dentro de la iglesia y otra fuera, al sol, junto a la pila bautismal de la contrada de la Lechuza.

– Aquel fue un dia especial -sonrio Pia con tristeza-. Tu hermana y tu os convertisteis en pequenascivettini, pequenas lechuzas. Lastima que… -No acabo la frase, pero cerro el album con inmensa ternura-. Hace tanto de eso. A veces me pregunto si es cierto que el tiempo cura… -La interrumpio una repentina conmocion en la casa y una voz que la llamaba impaciente-. Come! -Pia se levanto, de pronto inquieta-. ?Debe de ser Nonna!

La anciana abuela Tolomei, a la que todos llamaban Nonna, vivia con una de sus nietas en el centro de Siena, pero la habian invitado a la finca esa tarde para que me conociese, algo que obviamente no cuadraba en sus planes.

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