cuando se azoraba, volaban de su cabeza palabras simples como «puerta», «estufa» o, -como habia ocurrido antes, cuando habia tenido que pedir ayuda a John- «corse».

– No se lo que te he hecho para que digas tales crueldades -dijo, colocando la servilleta en la mesa-. No se si soy yo, si odias a las mujeres en general, o si siempre estas malhumorado, pero mi relacion con Virgil no es de tu incumbencia.

– No odio a las mujeres -aseguro John, luego bajo deliberadamente la mirada a la pechera de la camiseta.

– Tienes razon -intervino Ernie-. Tu relacion con el senor Duffy no es asunto nuestro. -Ernie alcanzo su mano-. La marea esta casi baja. ?Por que no sales y buscas algunas pozas cerca de esas grandes rocas de alla abajo? Tal vez encuentres algo en la costa de Washington que puedas llevarte contigo a Texas.

Georgeanne habia sido educada para respetar a sus mayores y no cuestiono la sugerencia de Ernie. Los miro a ambos y luego se levanto.

– Lo siento de verdad, senor Maxwell. No tenia intencion de provocar problemas entre ustedes.

Sin apartar los ojos de su nieto, Ernie contesto:

– No es culpa tuya. Esto no tiene nada que ver contigo.

Pero realmente sentia que era culpa suya, penso mientras empujaba la silla hacia atras y se levantaba. Cuando Georgeanne atraveso la verde y estrecha cocina hacia la puerta trasera, se dio cuenta de que habia dejado que la pinta estupenda de John nublara su juicio. No se hacia el imbecil. ?Lo era!

Ernie espero hasta que oyo cerrarse la puerta trasera antes de decir:

– No es justo que la tomes con esa nina -observo como su nieto arqueaba una ceja.

– ?Nina? -John planto los codos sobre el mantel-. Ni echandole toda la imaginacion del mundo puede nadie, ni siquiera tu, cometer el error de confundir a Georgeanne con una «nina».

– Pues bien, no creo que sea muy mayor -continuo Ernie-. Y fuiste irrespetuoso y grosero con ella. Si tu madre estuviera aqui, te daria un buen tiron de orejas.

Una sonrisa curvo los labios de John.

– Probablemente -dijo.

Ernie miro la cara de su nieto y una punzada de dolor le oprimio el corazon. La sonrisa de los labios de John no alcanzaba sus ojos, nunca lo hacia ultimamente.

– Es inutil, John. -Coloco la mano en el hombro de su nieto y palpo los duros musculos de un hombre. Ante el no reconocia nada del nino feliz que habia llevado a cazar y a pescar, el nino al que habia ensenado a jugar al hockey y conducir un coche, el nino al que habia ensenado todo lo que tenia que saber para ser un hombre. El hombre que tenia delante no era el nino que habia criado-. Tienes que dejarlo salir. No puedes reprimirlo todo culpandote a ti mismo.

– No tengo que dejar salir nada -dijo; su sonrisa se borro por completo-. Te he dicho que no quiero hablar de eso.

Ernie observo la expresion hermetica de John, el azul de sus ojos tal y como habian sido los suyos antes de que se hubieran apagado con la edad. Nunca habia presionado a John sobre su primera esposa. Habia creido que John acabaria recuperandose de lo que le habia hecho Linda. Aunque su nieto habia sido un tarambana y se habia casado con esa artista de striptease hacia seis meses, Ernie abrigaba la esperanza de que algun dia pudiera superarlo. El dia siguiente seria el primer aniversario de la muerte de Linda, y John parecia tan enojado como el dia que la habia enterrado.

– Bueno, creo que necesitas hablar con alguien -dijo Ernie, decidido a tomar el asunto en sus manos por el propio bien de John-. No lo puedes evitar, John. No puedes fingir que no ocurrio nada, y no puedes beber para olvidar lo que sucedio. -Hizo una pausa para recordar lo que habia oido en la television sobre el tema-. No puedes usar la bebida como terapia. El alcohol simplemente es el sintoma de una enfermedad mayor -dijo, alegrandose de haberlo recordado.

– ?Has estado viendo a Oprah otra vez?

Ernie fruncio el ceno.

– Ese no es el tema. Lo que sucedio te reconcome y lo estas pagando con esa chica inocente.

John se reclino en la silla y cruzo los brazos.

– No pago nada con Georgeanne.

– Entonces, ?por que fuiste tan rudo con ella?

– Me pone de los nervios. -John se encogio de hombros-. Habla sin parar todo el rato.

– Eso es porque es surena -aclaro Ernie, dejando pasar el tema de Linda-. Solo tienes que relajarte y disfrutar de una buena chica surena.

– ?Como tu? Te tuvo comiendo en la palma de la mano con todo el tema de la bechamel y la sandez del funeral.

– Estas celoso. -Ernie se rio-. Estas celoso de un anciano como yo. -Golpeo la mesa con las manos y se levanto lentamente-. Caramba.

– Estas chiflado -se mofo John, tomando su cerveza y levantandose tambien.

– Creo que te gusta -dijo Ernie, dirigiendose hacia los dormitorios-. Vi la forma en que la mirabas cuando ella no sabia que lo estabas haciendo. Puedes negartelo y negarmelo todo lo que quieras, pero te atrae y eso te molesta mucho. -Entro en su dormitorio y metio algunas cosas dentro de una bolsa.

– ?A donde vas? -le pregunto John desde la puerta.

– Iba a quedarme con Dickie unos dias. Solo me adelanto un poco.

– No, no lo haras.

Ernie volvio la mirada hacia su nieto.

– Ya te lo he dicho, he visto la manera en que la mirabas.

John metio una mano en el bolsillo delantero de los Levi's y apoyo un hombro contra el marco de la puerta. Con la otra mano, golpeaba impacientemente la botella de cerveza contra su muslo.

– Ya te he dicho que no voy a acostarme con la novia de Virgil.

– Espero que tengas razon y yo este equivocado. -Ernie cerro la cremallera de la bolsa y cogio las asas con la mano izquierda. No sabia si hacia bien en irse. Su primer instinto era quedarse y asegurarse de que su nieto no hiciera nada que pudiese lamentar por la manana. Pero Ernie ya habia hecho su trabajo. Habia ayudado a criar a John. No podia hacer nada mas. No podia salvar a John de si mismo-. Porque si no, terminaras por lastimar a esa chica y echaras a perder tu carrera.

– No pienso hacer nada de eso.

Ernie lo miro y sonrio tristemente.

– Eso espero -dijo sin conviccion, y a grandes zancadas se encamino hacia la puerta principal-. Por tu bien, espero que no.

John observo salir a su abuelo y despues se volvio hacia la sala de estar. Sus pies desnudos se hundian en la gruesa alfombra beige mientras se dirigia hacia el gran ventanal. Poseia tres casas; dos estaban en la costa oeste. Amaba el oceano, sus sonidos y sus olores. Podia abstraerse en la monotonia de las olas. Esa casa era su cielo en la tierra. Ahi, no tenia que preocuparse por contratos o responsabilidades ni por cualquier cosa de la NHL. Alli encontraba una paz que no podia encontrar en ninguna otra parte.

Hasta ese dia.

Miro fijamente por la gran ventana a la mujer que estaba de pie junto a la orilla del mar, la brisa alborotaba su pelo oscuro. Definitivamente, Georgeanne perturbaba su paz. Se llevo la botella de cerveza a los labios y tomo un largo trago.

Una involuntaria sonrisa se insinuo en la comisura de sus labios mientras la observaba andar de puntillas sobre las frias olas. Sin lugar a dudas, Georgeanne Howard era una fantasia andante. Si no fuera por su irritante mania de hablar sin parar, divagando sobre cualquier tema, y no fuera la novia de Virgil, John no tendria tanta prisa por deshacerse de ella.

Pero Georgeanne estaba liada con el dueno de los Chinooks y John tenia que sacarla de la ciudad tan pronto como fuera posible. Pensaba llevarla al aeropuerto o a la estacion de autobuses por la manana, pero eso dejaba por delante toda una larga noche.

Engancho un pulgar en la pretina de los descoloridos vaqueros y dirigio la mirada a un par de ninos que hacian volar una cometa en la playa. No le preocupaba acabar en la cama con Georgeanne porque, en contra de

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