– Hola -respondio el por fin, con voz cansada-. ?Que tal va todo?

– Bien… estupendo -era dificil mantener la calma-. Has contratado unos empleados fantasticos -lo dijo con total sinceridad-. No se como los has encontrado.

– Se me da bien encontrar gente fantastica-aseguro con una especie de grunido-. Como mi esposa, por ejemplo.

– Calla -le suplico al tiempo que se recordaba a si misma que aquello no era real. El pertenecia a otro mundo-. Andreas, el dinero… Es demasiado.

– Espero que sea suficiente hasta que la granja este en marcha y de beneficios. Bluey dice que no vas a tener ningun problema para conseguirlo. Pero si necesitas mas, dimelo.

– No puedes darme tanto.

Eres la madre de mi hijo. Ademas, yo adoro Munwannay tanto como tu y quiero que recupere su esplendor. Puedo darte lo que me plazca y tu lo aceptaras.

– Ay, tu arrogancia -dijo sin pararse a pensar.

– Veo que sigues tan irrespetuosa como siempre -replico el con menos tension.

– ?Quien, yo?

– Si, tu -dijo el con voz de estar sonriendo-. Mi princesa australiana. Mi Cenicienta.

– Yo no soy tu nada, Andreas -le recordo suavemente y oyo como desaparecia la sonrisa.

– No.

– ?Sigues a la caza del diamante?

– Holly, eso tiene que quedar entre tu y yo. Si se supiera…

– Estoy hablando contigo en la linea de alta seguridad que tu mismo mandaste instalar -era absurdo, un principe llamandola Cenicienta, lineas de seguridad y dinero de sobra.

– Holly… -dijo de pronto, con voz mas seria-, ?eres feliz?

La pregunta la agarro desprevenida.

– Claro que no -respondio instintivamente.

– ?Por que no?

«Porque te amo, estupido», penso, pero no podia decirle eso.

– Echo de menos a Deefer -dijo finalmente. -?Cuando puedes ir a recogerlo?

– Dentro de tres semanas, pero es justo el dia que llega el ganado que he comprado, asi que el pobre tendra que estar alli un dia mas hasta que pueda ir a recogerlo. Se que es una tonteria, pero me disguste mucho al ver que coincidia.

– Encargale a alguien que vaya a buscarlo.

– No pienso encargar a nadie que va a recoger a mi pobre Deefer -declaro tajantemente-. Bueno… ?querias algo mas?

– ?Puedo hablar con Bluey?

– ?Quieres controlarme?

– Si -admitio-. Me preocupo por ti y he oido que estas trabajando demasiado.

– Tu tambien debes de estar haciendolo, porque pareces muy cansado, pero supongo que no puedo hablar con tus ayudantes para que me informen.

– Yo no…

– ?Cuanto dormiste anoche?

– Eso no es…

– Asunto mio -termino ella la frase-. No, porque no soy tu mujer, Andreas, y tu no eres mi marido. Asi que deja de controlarme. Gracias por todo lo que has hecho por la granja, pero, si no quieres nada mas, adios.

Andreas colgo el telefono y se quedo alli de pie, con la mirada perdida. Y fue asi como lo encontro Sebastian unos segundos despues.

– ?Que ocurre? ?Algun problema? El diamante…

– No hay ningun problema -respondio Andreas tan pronto como pudo reaccionar a las emociones que le habia provocado la llamada-. Manana salgo para Espana.

– Se que estas haciendo todo lo que puedes -reconocio Sebastian, e incluso le puso la mano en el hombro, un gesto muy poco habitual en el-. Tienes muy mal aspecto, hermano

– He mandado a mi mujer a Australia.

– No fue idea mia -le recordo Sebastian-. De hecho, creo recordar que trate de prohibirlo. A la gente no le ha gustado que os separarais tan pronto.

– Entonces dime que puedo irme con ella.

– Traela aqui -le sugirio-. Aqui te necesitamos. Las proximas semanas son fundamentales para la estabilidad del pais.

– ?Y despues de eso?

– Eres el tercero en la linea de sucesion al trono. Somos tu familia, Andreas y, te guste o no, tienes obligaciones.

– Y mientras Alex de luna de miel.

– Volvera pronto. El sabe bien cual es su lugar. -E incluso le gusta.

– No estaras pensando…

– Claro que estoy pensando -replico Andreas, apartandose de su hermano-. Estoy pensando tanto que me duele la cabeza. Tengo que descansar un poco -hizo una pausa y esbozo una sonrisa-. Hasta mi mujer dice que estoy cansado. Mi mujer.

– Es un matrimonio de conveniencia.

– Si -dijo y cerro los ojos-. Un matrimonio de conveniencia. La familia… Dios, Sebastian, dejame vivir. Manana, Espana. El deber me llama.

Despues de la llamada, Holly se dio una ducha, comio algo y fue a sentarse bajo el gran eucalipto de Munwannay, junto a la tumba de su hijo. Cerro los ojos y dejo que el dolor la inundara con tanta fuerza que por un momento creyo que no podria soportarlo.

– No tengo alternativa -dijo al pequeno enterrado alli-. Amo este lugar, es mi casa… Tu casa esta donde este tu marido -se corrigio a si misma-. Pero el no me necesita, incluso le parecio bien que viniera aqui… Sera mejor cuando venga Deefer.

Nadie le dio la razon. Su hijo no estaba y su marido se hallaba en el otro extremo del mundo. Estaba sola.

Las primeras cabezas de ganado llegaron el dia que acababa la cuarentena de Deefer. Por mucho que deseara ir a buscar al cachorro, Bluey y ella debian estar en la granja para comprobar que los animales que llegaban eran los que ella habia elegido y pagado.

El trabajo comenzo al amanecer y paso todo el dia trabajando sin parar; verificando la documentacion, dando ordenes, etc. Pensaba que si trabajaba sin parar, conseguiria dejar de pensar en Andreas. Y al dia siguiente tendria a Deefer a su lado.

Entonces ?por que se sentia tan vacia?

Era ya de noche cuando se marcharon los ultimos camiones despues de descargar. Bluey estaba tan agotado como ella, asi que se retiro a su habitacion, seguido de Rocket. Holly los vio alejarse desde el porche.

– ?Quieres comer algo mas, querida? -le pregunto Honey cuando vio que se habia terminado el sandwich que le habia preparado.

– No, gracias. Creo que voy a darme un bano y a meterme en la cama.

– A lo mejor deberias cambiar de opinion -le sugirio al tiempo que miraba el reloj-. Vas a tener visita.

– ?Quien?

– Llamo antes y me pidio que me asegurara de que estarias en casa. ?Crees que querra comer algo?

– Pero ?quien?

– ?Quien crees? -le pregunto con una enorme sonrisa-. Menuda esposa estas hecha.

Era el; por supuesto que era el. El helicoptero aterrizo en la pradera pocos minutos despues, en el mismo sitio en que lo habia hecho aquel dia, cuando los matones de Sebastian habian ido a buscarla. Georgios salio el primero, pero despues no aparecieron los otros tres hombres… sino Andreas.

Y en sus brazos…

Deefer.

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