Hedda, con sus medias enrrolladas, quien habia pasado su vida arrodillada limpiando detras de Chloe y Francesca.

Clara dio una chupada a su cigarrillo y luego deliberadamente lo sacudio abajo al lado del pie de Francesca.

– Mas vale que te apresures, chicky. Estamos a punto de cerrar.

Francesca oyo una risilla malevola cuando la mujer se alejaba.

Un poco mas tarde, el locutor que habia estado en el aire cuando Francesca llego asomo la cabeza en el cuarto de bano y le dijo que tenia que cerrar. Su corazon dio sacudidas. No tenia ningun lugar donde ir, ninguna cama donde dormir.

– ?Se han marchado todos?

El asintio y demoro sus ojos sobre ella, obviamente gustandole lo que veia.

– ?Necesitas que te acerque a la ciudad?

Ella suspiro y retiro el pelo de sus ojos con su antebrazo, intentando parecer ocasional.

– No. Alguien viene a recogerme -inclino su cabeza hacia el inodoro, su resolucion de no comenzar su nueva vida con una mentira ya abandonada-. La senorita Padgett me ha dicho que tengo que terminar esto esta noche antes de marcharme. Dijo que yo podria cerrar.

?Parecio demasiado brusca? ?Bastante convincente? ?Que haria si el se negaba?

– Cierra tu misma-le dirigio una sonrisa apreciativa.

Unos minutos mas tarde solto el aliento lentamente, aliviada oyo cerrar la puerta de la calle.

Francesca paso la noche sobre el sofa negro y oro de la oficina con Bestia acurrucada contra su estomago, despues de comerse dos emparedados hechos con pan rancio y mantequilla de cacahuete que encontro en la pequena cocina.

El agotamiento le llegaba hasta el mismo tuetano de sus huesos, pero de todas maneras no podia conciliar el sueno. En cambio, se quedo con los ojos abiertos, acariciando la piel de Bestia entre sus dedos, pensando cuantos obstaculos mas se encontraria en su camino.

A la manana siguiente se desperto antes de las cinco y puntualmente vomito en el inodoro que tan minuciosamente habia limpiado la noche antes. Durante el resto del dia, intento decirse que esto era solo una reaccion a la mantequilla de cacahuete.

– ?Francesca! ??Joder!, donde estas?

Clara salia de su oficina cuando Francesca volvia de la sala de redaccion donde acababa de entregar una hornada de periodicos de tarde al director de noticias.

– Estoy aqui, Clara -dijo fatigosamente-. ?Cual es el problema?

Hacia seis semanas ya desde que habia comenzado el trabajo en KDSC, y su relacion con la gerente de emisora no habia mejorado. Segun un chisme que habia oido de los miembros del pequeno personal de KDSC, la carrera de radio de Clara empezo cuando pocas mujeres podian conseguir puestos en la difusion.

El gerente de emisora la contrato porque ella era inteligente y agresiva, y luego la despidio por la misma razon. Finalmente entro en la television, donde lucho batallas amargas por el derecho de relatar noticias serias en lugar de las historias mas suaves consideradas apropiadas para periodistas femeninas.

Ironicamente fue derrotada por la igualdad de oportunidades. En los tempranos anos setenta cuando obligaron a los patrones a contratar mujeres, evitaron a las veteranas que tenian cicatrices de batalla como Clara, con sus lenguas agudas y perspectivas cinicas, por caras mas nuevas, mas frescas, directamente de las facultades de periodismo, maleables graduadas en artes de comunicacion.

Las mujeres como Clara tuvieron que tomar otra clase de empleos menos valorados para los que estaban sobrecalificadas, como emisoras de radio de pueblos perdidos. Por consiguiente, fumaban demasiado, cada vez estaban mas amargadas, y hacian la vida miserable a cualquier mujer que sospechaban querian llegar a lo mas alto con nada mas que una bonita cara.

– He recibido una llamada del idiota del Banco de Sulphur City -Clara intento mortificar a Francesca-. Quiere las promociones navidenas hoy en vez de manana.

Senalo hacia una caja de impresos con un logotipo de un arbol acampanado, con el nombre de la emisora de radio en un lado y el nombre del banco en el otro.

– Ponte enseguida con ellos, y no utilices todo el dia como la ultima vez.

Francesca se abstuvo de indicar que no habria tardado tanto esa vez si cuatro empleados no le hubieran pedido que hiciera unas diligencias adicionales… Se puso el abrigo de cuadros rojo y negro que se habia comprado en una tienda Goodwill por cinco dolares y cogio las llaves del Dart de un gancho al lado de la ventana de estudio. Dentro, Tony March, el pinchadiscos de tarde, estaba leyendo unos papeles.

Aunque el no llevaba en la KDSC mucho tiempo, todos sabian que se marcharia pronto. Tenia una buena voz y una personalidad distinta. Para los locutores como Tony, la KDSC, con su senal poco impresionante de 500 vatios, era simplemente una piedra de toque hacia mejores cosas.

Francesca ya habia descubierto que la unica gente que se quedaba en la KDSC mucho tiempo era la gente como ella que no tenian ninguna otra opcion.

El coche arranco despues de solo tres intentos, que era casi un record. Giro alrededor y salio del aparcamiento. Un vistazo en el espejo retrovisor le mostro el pelo claro, recogido con una goma detras de su cuello, y una nariz enrojecida por una serie de resfriados.

Su abrigo de cuadros era demasiado grande para ella, y no tenia, ni dinero, ni energia para mejorar su aspecto. Al menos no tenia que parar muchos avances de los empleados masculinos.

Hubo pocos exitos durante estas seis semanas pasadas, pero muchos desastres. Uno de los peores habia ocurrido el dia antes de Accion de Gracias cuando Clara habia descubierto que ella dormia sobre el canape de la emisora y le habia gritado delante de todos hasta que las mejillas de Francesca quemadan con la humillacion.

Ahora ella y Bestia vivian en una especie de cocina-dormitorio sobre un garaje en Sulphur City. Era pequeno y mal amueblado por muebles desechados y una cama grumosa, pero el alquiler era barato y podia pagarlo por semanas, asi que intento sentirse agradecida por cada feo centimetro.

Tambien usaba el coche de la estacion, un Dart, aunque Clara le descontaba la gasolina incluso cuando alguien mas cogia el coche. Vivir en la pobreza la agotaba, sin preparacion para la urgencia financiera, ninguna preparacion para la urgencia personal, y absolutamente sin ninguna preparacion para un embarazo no deseado.

Apreto los punos sobre el volante. Apretandose todo lo que pudo el cinturon, habia logrado ahorrar ciento cincuenta dolares que la clinica de abortos de San Antonio le pedia para deshacerse del bebe de Dallie Beaudine.

Rechazaba pensar en las ramificaciones de su decision; era simplemente demasiado pobre y estaba demasiado desesperada para considerar la moralidad del acto. Despues de su cita del sabado, habria dejado atras otro desastre. Esta era toda la introspeccion que se permitio.

Termino de hacer sus diligencias en poco mas de una hora y volvio a la emisora, solo para tener que soportar a Clara gritando que se habia marchado sin limpiar las ventanas de su oficina primero.

El siguiente sabado se levanto al amanecer e hizo el paseo de dos horas a San Antonio. La sala de espera de la clinica de abortos estaba escasamente amueblada, pero limpia. Se sento sobre una silla de plastico, sus manos agarrando su mochila de lona negra, sus piernas fuertemente apretadas como si inconscientemente intentara proteger el pequeno pedazo de protoplasma que pronto seria arrancado de su cuerpo.

En la habitacion habia otras tres mujeres. Dos eran mexicanas y la otra era una rubia con la cara llena de acne y ojos desesperados. Todas ellas eran pobres.

Una mujer de mediana edad y de aspecto hispano con una blusa blanca y una falda oscura aparecio en la puerta y dijo su nombre.

– Francesca, soy la Sra. Garcia -dijo en un ingles ligeramente acentuado-. ?Vienes conmigo, por favor?

Francesca entumecidamente la siguio en una pequena oficina artesonada con falsa caoba. La Sra. Garcia tomo asiento detras de su escritorio e invito a Francesca a sentarse en otra silla de plastico, diferenciada solo por el color de las de la sala de espera.

La mujer era amistosa y eficiente cuando le ofrecio los formularios para que Francesca los firmara. Entonces le explico el procedimiento que ocurriria en uno de las salas quirurgicas al final del pasillo. Francesca se mordio el interior de su labio inferior intentado no escuchar demasiado detenidamente.

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