– Jodete -quiso decir Ethel. Pero no pudo. Ya era demasiado tarde.
– Asi debe ser, callada -dijo Costa-. Lo mejor para ti. ?Lo ves? Cuando no hablas, todo bien, ?eh?
Los labios de Ethel se movieron por ultima vez, y los brazos de Costa se cerraron.
Se oyo una estrangulacion, como cuando un pedazo de comida es demasiado grande para ser tragado.
Costa no la estrangulaba; la retenia para que no pudiera marchar. Era un acto de amor.
De la garganta de Ethel salio un sonido, que ella no hizo por voluntad, un chasquido, como el ruido de un hueso de pollo haria al romperse.
Y Ethel era suya, tal como la deseaba Costa, silenciosa.
Al cabo de un rato, salio un hilillo de sangre por una ventana de la nariz de Ethel.
La brisa del golfo hizo revolotear las suaves cortinas blancas, las hincho elevandolas, y despues las dejo caer.
Una hora despues, Teddy entro abriendo con su propia llave. La habitacion estaba a oscuras. La poca luz que habia provenia de un faro! de la calle y se filtraba por entre las ramas y las hojas de un arbol pimentero. Cuando la brisa refresco, las sombras se agitaban encima de la cama. Y del cuerpo. Y en la espalda de un hombre, en silueta.
Teddy comenzo entonces a percibir algo. Costa estaba sentado en una silla de respaldo alto a un lado de la cama, en donde habia el cuerpo compuesto de Ethel. Tenia los ojos cerrados. El cabello esparcido por la almohada y reordenado primorosamente. El vestido estaba alisado sobre sus piernas largas y delgadas. Las rodillas y los tobillos estaban juntos, como los de una nina bien educada. Una de sus manos descansaba en el cuello, y la otra entre los pechos, los dedos ligeramente curvados, relajados. El cuadro era de una reminiscencia de ciertas pinturas religiosas de los difuntos bendecidos. Estaba adorable y en paz.
Unicamente cuando Teddy se inclino mas cerca, vio las marcas en el cuello, y que la boca, tan acogedora en sus horas de amor, tan humeda entonces, tan tibia y blanda, se habia endurecido, y sus labios estaban secos y asperos.
La brisa movio el movil japones, produciendo un cristalino tintineo.
Costa no se habia movido. Su posicion sugeria que estaba simplemente esperando que la persona amada despertara de su sueno.
El informe del medico forense del Condado fue breve.
«La victima revelo leves marcas semicirculares en el cuello, por encima de los musculos mastoides derecho e izquierdo. Una incision en
»Causa de la muerte: asfixia por estrangulacion manual. Homicidio.»
26
Un juicio por crimen pasional no requiere mucho tiempo. El instinto juzga en un instante.
?El veredicto? Culpable.
Ethel, no Costa.
Pero el juicio oficial era otro asunto. Para empezar, fue pospuesto. Costa fue enviado a una institucion en donde debia ser examinado para decidir si estaba en condiciones de presentarse ante un jurado. Por alguna
Entretanto, segura de su terreno, la Moralidad hablo. Se pronunciaron sermones, los lideres de la comunidad redescubrieron la rectitud, la Prensa se anticipo al jurado, los intelectuales examinaron las ironias de la culpabilidad, y el caracter etnico de la comunidad griega quedo reafirmado.
Pero pronto murieron estos ejercicios de Bueno y Malo. Se presentaron titulares mas nuevos, igualmente funestos, nuevos motivos de preocupacion y debate. Cuando se creyo que Costa ya estaba en condiciones de afrontar el juicio, la gente ya habia perdido interes. Hasta el propio fiscal creia -privadamente- que Costa habia sido arrastrado a la locura por un demonio. Era mucho mas sencillo pensar en el acontecimiento de esa manera. Aliviaba el alma. Solucionaba el caso. No habia nada mas que hacer. Ella estaba muerta. ?A quien interesaba el riesgo de defenderla publicamente?
No hubo quejas cuando no se considero culpable a Costa en razon de una locura temporal. Salio libre, un heroe.
Mientras que el juicio dejo publicamente senalada a Ethel como una mujer que habia arruinado la vida de todas las personas con las que se relaciono.
Pero en los recuerdos de aquellos con cuyas vidas Ethel se habia relacionado, el tiempo, en su paso, no se acomodo a este veredicto.
Petros, por ejemplo. Algunos meses despues del juicio, se compro un esplendido guardarropa de verano, un billete para Atenas y despues para la isla de Kalymnos. Alli descubrio que sus tios no habian exagerado la belleza o la virtud de una jovencita
A causa de su caracter ordenado y firme, Petros se convirtio en otro hombre. Vendio sus intereses en la darsena, invirtio su dinero en moteles y construcciones, y recogia pingues beneficios. Realmente se habia creado cierta posicion en los transportes navales. En pocos anos se ha convertido en uno de los hombres mas ricos y mas admirados en la tierra del sol, y vive en un parque residencial exclusivo en Cayo Kasey siendo benefactor de cualquier empresa caritativa digna de consideracion.
Pudiendo ahora disfrutar de holganza, ha encontrado tiempo para reflexionar. Y ha podido valorar cuan cerca estuvo de arruinar su vida, casandose con Ethel. Y en lo mas secreto de su corazon, siente una extrana gratitud hacia el «monstruo» que, una y otra vez, resistio a sus presiones, no hizo caso de sus amenazas y, finalmente, supo mejor que el mismo lo que mas le convenia a el. Cuando ahora piensa en Ethel, lo hace para bendecirla por su sentido comun.
Petros no es el unico.
Frente a la costa de un continente no familiar, a miles de millas de nuestras costas, el oficial encargado del sistema de deteccion de un gran portaaviones, murio durante su sueno. Su ayudante, Theodore Avaliotis, fue ascendido inmediatamente. En la breve ceremonia, el comandante del navio comento lo satisfecho que estaba de que aquel teniente, ahora capitan, Avaliotis, hubiera conseguido ascender en el escalafon. El capitan Avaliotis era, declaro aquel hombre importante del mando, un marino ejemplar.
En el espejo de su nuevo alojamiento, Teddy tiene una fotografia de su nueva esposa, Betty, subteniente con base en tierra. Fue Ethel quien durante una de sus visitas a Jacksonville, examinando las diversas posibilidades, habia aconsejado a Teddy que se alejara de una joven mujer («?Es como yo! No querras pasar de nuevo por todo lo nuestro, ?verdad?») y lo guio hasta Betty.
Cuando estan separados, Teddy y Betty se escriben cartas expresando sus ansias de verse otra vez y jurandose un amor siempre constante. Nunca han estado juntos el tiempo suficiente para pasar la prueba de las tensiones normales de los lazos matrimoniales. Desde ese pulpito de paz, y de orden, Teddy mira hacia atras y piensa como pudo permitir que Ethel, esa mujer destructiva, le arruinara tantos anos de su vida y que es lo que ella tendria que lo retuvo durante tanto tiempo.
Fuese lo que fuese, su segunda esposa no lo tiene. Transcurridas dos semanas en tierra, Teddy no ve el momento de volver a hacerse a la mar.
Noola, mas que los otros, tiene motivos para odiar a Ethel; la joven trastorno realmente su hogar. Por otra
