Ethel se levanto y miro la puerta. No queria sentirse intimidada, nunca mas. Hubiera querido estar vestida. Se acerco a la ventana dando la espalda a Costa.

El trafico de regreso al hogar ya habia cesado. Todo estaba silencioso en la autopista. Faltaban veinticuatro minutos para las ocho.

– Costa, ?por que no te vas ahora? -pregunto Ethel.

El estaba aproximandose a la joven.

Ella paso por su lado, dandole la vuelta, hasta estar junto a la maleta, se arrodillo en el suelo y comenzo a empaquetar de nuevo sus vestidos. Se clavo un trocito de vidrio en un dedo que ella se llevo a la boca y chupo.

Costa la contemplaba.

Cuando Ethel termino de hacer la maleta, la cerro nuevamente -consciente de la vigilancia de Costa- e intento apresar el cierre.

– Dime -dijo Costa, acercandose a ella -. Petros, seguro que sabe algo del pequeno Costa, de quien es…

Esforzandose encima de la maleta, Ethel respiraba trabajosamente.

– Creo que el lo supone -dijo tan sosegadamente como pudo mientras empujaba con todo su peso hacia abajo-. No lo sabe, pero lo supone…

?Finalmente! ?Una cerradura presa!

– Que el nino no es de Teddy -dijo-. Y eso es todo.

No conseguia apresar la otra cerradura.

Ethel se detuvo un momento, sin respiracion, y chupo el dedo herido. No era un corte profundo, pero no habia cesado de sangrar.

– Pero antes de que tu se lo dijeras, el no sabia nada -prosiguio Costa.

– No sabe nada. Lo supone. ?Como puede saberlo el si ni yo misma lo se?

De nuevo intento encajar el cierre, casi lo tenia y se le escapo de los dedos.

– ?Tu tampoco lo sabes? -pregunto Costa.

– Te lo he dicho un centenar de veces.

– Dimelo cien veces mas y no me lo creo.

El telefono sono de nuevo.

Ethel miro rapidamente a su reloj de pulsera. Eran las ocho menos veintiun minutos.

– Vamos -dijo Costa, mirando el telefono-. El esta esperandote.

Al demonio con la maleta. El telefono sonaba. Se marcharia ahora mismo, esquivando a Costa, saliendo por la puerta, bajando aprisa la escalera, saliendo del edificio, en bata, hasta su auto. El telefono sonaba. Todo lo que necesitaba realmente era su bolso. Dentro habia el billete. Lo agarraria mientras se dirigiera a la puerta. El telefono sonaba.

Costa cogio el cordon y, de un tiron, lo arranco de la pared.

Ethel corrio hasta el cuarto de bano y cerro la puerta con el pestillo.

Encendio la luz, la apago. En el tendedero encima de la banera habia visto, en ese instante de iluminacion, el lavado del dia anterior. Habia un vestido de sus favoritos, seco, dispuesto para llevar. Y bragas, sujetadores, hasta un par de alpargatas.

Desde el cuarto no llegaba ni un ruido.

Por encima de la banera habia una ventana y fuera un cuadro del tipo de existencia que Ethel nunca habia tenido ni deseado, una vida tranquila, a pesar de una figura que se movia.

Frente a la parte de atras del edificio donde Ethel vivia habia la correspondiente de otra construccion exactamente igual, con una piscina en el patio, iluminada interiormente. Relucia como una joya en la noche.

Un solo nadador, un hombre joven, nadaba lentamente de uno a otro extremo, daba una rapida vuelta y volvia a nadar lentamente. Ethel penso que habria vuelto a casa tarde del trabajo y estaba relajandose antes de la cena. Al extremo de la piscina, al borde, habia una bebida. El hombre se acerco a la bebida saliendo directamente como una flecha desde el fondo, tomo un largo trago, y reanudo su natacion.

A unos tres metros de la piscina habia un columpio infantil. Sentada en el columpio, contemplando al nadador, habia una mujer joven, en bata de casa azul claro, columpiandose con lentitud, con sensualidad.

Ethel imagino la escena que seguiria, la cena sacada del horno y colocada en la mesa, la comida saboreada con charla afectuosa, pronto a la cama, sin cubrecama por el calor, sin ropas de dormir, suave intimidad amorosa, y profundo sueno.

Parecia una litografia con el titulo «Satisfaccion», trivial y vulgar, pero esto era lo que ahora Ethel deseaba mas que nada en el mundo.

Se vio a si misma como la joven esposa del columpio.

?Lo conseguiria alguna vez?

Justo debajo de su ventana habia el aparcamiento para los vecinos de su edificio. Inclinandose, Ethel podia ver el auto que habia vendido. La llave estaria alli donde ella siempre la dejaba, en el suelo debajo del asiento. Desde la ventana habia la distancia de un piso y medio. Si se colgaba del alfeizar no podian ser mas de unos tres metros. ?Podria saltarlos sin hacerse dano? Valia la pena intentarlo.

Se vistio rapidamente. Escucho despues en la puerta del cuarto de bano. Fuese lo que fuese que Costa hacia, lo hacia en silencio.

Departiendo con su padre, sin duda alguna; Costa, el dios abandonado, consultando con su propia deidad, pidiendo instrucciones para conseguir que Ethel volviera a sentir esa devocion absoluta con que lo habia distinguido hasta que… hasta el episodio en el suelo.

No. Seguramente planeando como podia dominarla nuevamente, moviendose temerosa por la noche, ocultandose durante el dia, una bestia perseguida, huyendo aterrorizada para defender su vida hasta que encontrase un agujero lo suficientemente profundo para desaparecer dentro de el.

Hacia solo unos minutos, Ethel creia que su unico recurso estaba en correr y desaparecer.

Su imagen en el espejo la desafiaba. ?Como podia avergonzar nuevamente a ese ser humano?

Lo que debia hacer era convencer a Costa de que estaba dispuesta a hacer lo que ella habia decidido, que se iba realmente, que se marchaba a otra parte.

Pero la verdad era que Ethel no tenia ningun plan. Excepto «otra parte». Lo que parecia una mentira…

– Me voy pero no se todavia donde… -era verdad. No sabia todavia lo que haria despues del dia siguiente por la manana. ?Como podia esperarse que el la creyera, si Ethel no era capaz de decir nada mas definido que eso?

La verdad no convencia. No servia. Ethel estaba tratando con un loco, de modo que ella debia expresarse con decision para ser creida.

Ademas, Ethel estaba tratando con un fanfarron. Ella se habia arrastrado por el. Y eso no habia dado resultado. Un fanfarron, concluyo Ethel, necesita otro fanfarron.

Abrio la puerta del cuarto de bano.

Costa estaba esperandola.

– Ahora voy a irme -dijo Ethel, encaminandose hacia la maleta-. Desearia que tu te marcharas. Ahora mismo, por favor.

– He tomado mi decision -respondio Costa.

– No importa. Vete, por favor.

?Que facilmente se cerro ahora el otro cierre!

– No voy a permitirte que hagas cosas malas otra vez -anuncio Costa-. Viviras en nuestra casa, serviras a tu familia de modo adecuado, utilizaras tu vida para pagar tu pecado, asi Dios te perdonara.

Ethel alzo la maleta apoyandola en el suelo sobre el fondo.

– No soy un maldito idiota -siguio diciendo Costa-. Ahora ya se tu idea. De nuevo correr lejos. ?Escuchame por tanto! Si lo intentas otra vez, vigila. Tomo al nino, que no es mi sangre, tomo el chico y lo doy a una familia, negra, viven rio arriba, tienen muchos hijos, uno mas, ?que importa? ?Que te parece eso, eh? Si no cuidas al nino y haces tu trabajo de madre, modo adecuado, eso hare yo.

– Me llevo el nino conmigo, Costa – dijo Ethel-. ?Esta noche!

– ?Donde lo llevas? ?El nino? No tienes adonde ir.

Ethel entonces comenzo a decir lo increible, pero era el unico plan que habia tenido en su vida y el unico que en aquel momento se le ocurrio.

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