– Nadie mas, Costa.
– ?Quien se preocupara de ti si yo no lo hago? ?Quien te cuidara ahora?
– Yo me cuidare. Yo voy a cuidarme de mi misma.
– ?Cuidar de ti misma! ?Mira lo que ha pasado cuando tu te has cuidado de ti misma! Como podias ir con todos esos hombres si tu te cuidabas de ti misma… ?Uno encima de otro! ?Como podias hacer eso!
– No creo que pueda explicartelo -dijo Ethel-, pero lo intentare. ?Puedes escucharme ahora? ?Un minuto solamente? Costa quedo silencioso.
– Teddy no puede tener hijos – dio Ethel-. Eso ya lo sabes tu.
– Solo Dios sabe eso.
– Y los medicos. Preguntale a Teddy. Bueno, entonces… ?los otros? Lo hice por ti. Entonces hubiera hecho cualquier cosa por ti. Y lo hice.
– Todos esos hombres. Uno encima de otro. ?Por mi?
Costa no estaba rinendola. Era una reprension de amante.
– ?No quieres al pequeno, Costa? -dijo Ethel-. ?No es eso lo que tu querias?
Costa no supo que responder.
– Fueron hombres decentes -prosiguio Ethel-. Todos ellos. Amigos. Todos de mi agrado. Pero tu eres el unico a quien quise.
Ethel se acerco mas a el, el cuerpo de ella entre las rodillas de el.
– Te di nueve meses de mi vida, Costa -dijo. Agotada, dejo caer la cabeza sobre la rodilla de el-. Ya no puedo seguir hablando de todo esto. -Sintio escalofrios y temblores en el cuerpo.- Maldita sea -dijo mientras comenzaba a llorar-, yo no queria que esto sucediera.
Costa le acerco mas a el y su voz era dulce.
– Ahora yo te protejo -dijo-. Tu haces lo que yo diga y yo te protejo. -Acaricio su cabello.- Quiza, corno dices, lo has hecho porque todos te gustaban. A lo mejor esta vez es la verdad.
Lo que hizo que Ethei llorase mas fuertemente, ante el intento de Costa de comprender lo que habia sucedido segun ella se justificaba.
– Quiza tu no eres chica en quien podamos confiar en ese aspecto -dijo Costa-. Quiza tu necesitas que alguien te vigile todo el tiempo.
– Quiza -confirmo ella, con el deseo de admitir cualquier cosa. Y anadio-: Tambien lo hice por mi. Para liberarme de todos vosotros. Y esto es lo que quiero hacer ahora. Por eso voy a marcharme. ?Me estas escuchando? He dicho que me voy a ir.
Si Ethel esperaba que esto llegara hasta el viejo, se equivoco.
– No entiendo lo que me dices -dijo Costa-. Pero ahora no importa. Estate quieta. Asi. Mirame.
Y ella lo hizo.
– No llores mas. Yo te cuidare ahora.
Costa le beso las mejillas, humedas por las lagrimas.
– Voy a marcharme -repitio Ethel-. Por favor, por favor, trata de entender eso.
– No vas a ninguna parte -dijo Costa. Y le cubria de besos todo el rostro-. No hay razon de huir. Yo estoy aqui. Tu estas conmigo. Segura. Me perteneces.
Ethel se dio cuenta de que el no la habia oido… o no habia podido… o no habia querido.
Fue en ese momento cuando se decidio.
Lo unico que podia hacer era lo que siempre habia hecho… no tratar de explicar lo que iba a hacer, sino hacerlo simplemente, desaparecer sin una explicacion, sin dejar ninguna pista sobre adonde iba, ni una nota explicando el porque.
No le quedaban fuerzas para hacer otra cosa sino desaparecer. En el rostro de Costa no habia comprension en aquel momento. Ethel vio en el unicamente lo que habia visto tantas veces en tantisimos otros rostros.
No tuvo que adivinar lo que estaba sucediendo a Costa. Ella lo supo antes que el.
Le vino la idea de que tenia que poner espacio entre los dos.
– Costa, querido -dijo, colocando las palmas de sus manos en las rodillas de el-. Es mejor que me levante ahora.
Comenzo a incorporarse sobre las rodillas. Pero las manos de Costa estaban sobre sus hombros, suave pero pesadamente, dulce pero inflexiblemente, impidiendoselo.
Costa sacudio la cabeza, expresando en sus ojos igualmente reproche y ansia. Costa queria decir algo, pero carecia de vocabulario para hacerlo.
Ethel se le acerco de nuevo, y ahora le pidio permiso para dejarlo, diciendo:
– Por favor, Costa, por favor, adios por ahora.
E intento alzarse de nuevo, pero el la retuvo en el mismo sitio.
Cuando Costa consiguio hablar, lo hizo dificultosamente. Con la cabeza baja, la respiracion jadeante, tuvo que hacer un esfuerzo para expresar las palabras.
– Modo adecuado. No temas. Yo explico todo. A Teddy. El te acepta No te preocupes.
– Muy bien -dijo Ethel-. De acuerdo. Gracias.
– Buen muchacho. Buen hijo. Obedece a su padre. Yo le digo lo que esta bien. Arreglo al muchacho Teddy. Sobre esto.
– Se que lo haras Costa, de acuerdo, de acuerdo.
Para que el creyera, Ethel le dio un rapido beso de despedida otra vez e intento incorporarse. Pero el la retuvo cerca de el.
Ethel se dio cuenta de su ereccion y trato freneticamente de liberarse de lo que habia provocado.
– Costa, querido, por favor. -Ethel ahora suplicaba.- Dejame levantar. Y te escribire desde alli donde vaya y tu me escribiras y me contaras como esta el chico, asi que ahora dejame ir. Y, durante mis vacaciones, vendre a veros y a estar con el nino y contigo, ya veras que bonito sera todo, y os traere regalos a los dos, y cada Navidad estare con vosotros, pero ahora tengo que marcharme, Costa, y en verano saldremos juntos a la mar, los tres, Costa, veras, ahora tengo calambre en una pierna, asi que, por favor, dejame ir, y tambien iremos a la tumba de tu padre y nos sentaremos alli los tres y tu le contaras al chico lo que solias contarme a mi, todo lo de la familia. ?Si? ?Si?
Pero cuando ella miro hacia arriba a Costa para suplicarle otra vez que la soltara, eso es todo lo que ahora podia hacer, suplicar, Costa la beso en los labios, los labios de el pesados y envolventes.
– Eres muy perversa -le dijo dulcemente.
Ethel percibio de nuevo aquel aroma que provenia de el, oriental y agradablemente acido.
– Pero no me importa -prosiguio Costa-. ?Maldito si me importa en absoluto!
Ethel no se movio cuando sabia que debia hacerlo.
Porque sabia tambien que si ahora le rechazaba, deberia empujarle con todas sus fuerzas, y le heriria de una manera que ella no deseaba hacer.
– Eres tan perversa -decia el-. Tan perversa.
Costa estaba temblando y la besaba una y otra vez en la boca, y eran sus besos esencia de la necesidad que surge al final de la vida, unicamente entonces.
– Llamame padre -decia-. Llamame padre, como antes.
– No hagas eso, Costa -suplicaba Ethel en un susurro-. Por favor, no lo hagas, no lo hagas… por favor, Costa, por favor.
– Dilo, di padre.
Cuando Ethel comenzo a luchar ya era demasiado tarde.
– Costa, no sigas. ?Yo no quiero eso!
Deslizandose de la butaca, Costa estaba en el suelo junto a ella.
– Costa -suplico Ethel-, no lo hagas. Por favor, no lo hagas. Costa la sujeto de modo que Ethel no podia escapar. -Yo no te quiero de esa manera, Costa -suplicaba Ethel. Encima de ella en aquel momento, Costa no la oia.
Todo lo que podia hacer Ethel ahora, era esperar, nada mas.
Costa no hizo lo que ella esperaba, no alargo la mano para alcanzar debajo las ropas de ella, no se libero a si mismo. Como un muchachito, se apreto contra ella con toda su fuerza.
Si lo necesita tanto… penso Ethel.
