Entonces Costa comenzo a vibrar.

– Jesus, ayudame -dijo finalmente.

Ethel cerro los ojos.

– Jesus -dijo el-, estoy muriendo.

25

Permanecieron inmoviles.

Ethel sintio un impulso de culpa: ella estaba tan serena, y el destrozado.

Costa aflojo su opresion y Ethel pudo respirar, pero seguia sobre ella todavia el peso muerto de Costa que ocultaba el rostro contra el cuello de Ethel.

Silencio.

Ethel dejo vagar el pensamiento.

?Hubiera podido quizas obtener mas dinero por el auto? El comerciante de coches usados le habia dicho que podia intentarlo en otras partes, pero ella tenia prisa por arreglar las cosas, de modo que estuvo de acuerdo en aceptar lo que el le ofrecia. Setecientos diez, mas lo que tenia en el Banco, menos el coste del billete de avion… llegaria a Nueva York con casi mil quinientos dolares. Con eso podria vivir algun tiempo.

?Que hora debia ser? Anthea habia dicho que llamaria a las siete. No, a las siete y media. Y en «Lazy Louie's Used Cars» el hombre habia dicho:

– Tenemos abierto hasta las nueve. Tendre el dinero contante a punto -habia prometido- y la llevare al aeropuerto.

Pero primero deberia ir a casa de Anthea para recoger al nino.

Necesitaba ver la hora en su reloj de pulsera.

– Costa -murmuro-, pesas mucho.

Lentamente, Costa alzo su voluminoso cuerpo, liberando el desordenado cuerpo de Ethel, y quedo de pie. Dando la espalda a la joven se dirigio hasta la butaca en donde habia dejado su chaqueta. Al sentarse, la coloco cruzando su regazo. De nuevo quedo silencioso, con la cabeza baja, los labios entreabiertos, respirando jadeante, un hombre desconcertado.

Todavia en el suelo, Ethel encogio las piernas tanto como pudo debajo la bata, y dio una ojeada rapida a su reloj: las siete y tres minutos. Habia dicho a Anthea que estaria en su casa a las ocho. Todavia le quedaba tiempo. Pero no mucho.

– ?Estas bien? -pregunto.

Costa no respondio.

Ethel recordo que Costa solo habia estado una vez en el lugar y le indico la puerta del cuarto de bano.

– Es alli -dijo.

Costa se subio mas arriba la chaqueta en el regazo, alzo la cabeza y la miro. En su rostro habia una extrana sonrisa, una sonrisa que ella nunca le habia visto anteriormente.

– ?Que estas pensando? -le pregunto.

Esa sonrisa, penso Ethel, era la de un muchacho pillado en una travesura.

– ?Yo tambien? -pregunto el.

– ?Que? ?Tu tambien, el que, Costa?

Costa hizo un gesto con las manos, alzandolas ligeramente y separandolas, las palmas hacia arriba.

– Ahora tambien me has cogido a mi -dijo-. Elevalo, bajalo.

Y siguio sacudiendo la cabeza, llegando, al parecer, a su comprension particular de lo que habia sucedido.

– Mi hijo -dijo Costa- es debil para estas cosas.

– ?Que quieres decir, Costa?

El indico el lugar en el suelo donde habian estado.

– Ahora ya se por que -dijo-. Tu le hiciste debil.

– No entiendo lo que quieres decir, Costa. Teddy no es debil.

– Oh, si. Si para estas cosas. Te deja ir por ahi, por aqui.

– Y yo no lo hice debil.

– A mi hijo y a Petros y Dios sabe, en toda tu vida, a cuantos mas hiciste caer. Y ahora tambien a mi, ?que crees?

– Costa -dijo ella-, no has hecho nada malo. Sucedio simplemente. Una de esas cosas.

– Entonces, ?por que tan nerviosa? ?Ahi sentada tan quieta?

– Estoy esperando nada mas que tu…

Casi lo habia dicho, que queria que el se fuese.

Alzandose, Ethei se acerco al escritorio y se miro en el espejo. Arqueo la espalda en donde sentia tension, echando atras los hombros y estirando los brazos. Se sentia bien, como si hubiera quedado atrapada en el fondo del mar, a una gran profundidad, y de pronto se hubiera liberado emergiendo en la superficie.

Se estudio el rostro en el espejo, se arreglo el cabello.

– ?Manana! -prometio a su amiga del espejo.

Alzo los ojos hasta Costa. Costa parecia avergonzado y enfadado.

?Que podia decirle ella para ayudarlo?

– Estoy contenta de que hicieras lo que has hecho -dijo. Y penso por que lo habia dicho. No era verdad.

Ante su propia sorpresa, se sentia hambrienta. Hacia mas de un dia que no comia.

– Esto me ha demostrado tus sentimientos -dijo mientras se dirigia al refrigerador-. Siempre conservare el recuerdo.

Lo que tampoco era verdad. Estaba diciendo cosas que no sentia.

– Seguro que siempre te acordaras -dijo Costa-. Porque ahora… -Vacilo.

Habia un poco de queso, un pedazo de cheddar, que Ethel partio y mordio.

– Me has hecho caer contigo -termino Costa.

– Oh, Costa -dijo Ethel-, dejalo. -Habia algunas manzanas en el compartimiento de verduras. Ethel escogio las mejores y cerro la puerta.- No es nada de eso -dijo.

– Si -dijo Costa-, me has hecho caer en el fango. Contigo.

– Costa, dejate de bobadas. Toma. Una buena manzana. Tomala. Y animate. Yo no estoy preocupada; ?por que has de estarlo tu?

Costa la miro fijamente, sin decir nada.

Realmente, penso Ethel, habia algo de verdad en lo que Costa habia dicho. De pronto el estaba tambien «caido en el fango» con todos los otros.

Y Costa lo sabia. Por eso estaba tan enfadado.

?Consigo mismo? ?O con ella?

Deseo estar vestida.

Cuando Costa la miro, ella le dio la espalda, pero se movio de modo que podia verlo en el espejo.

Sin darse cuenta de que ella le observaba, Costa levanto su chaqueta y miro rapidamente la mancha, e inmediatamente volvio la cabeza hacia Ethel.

Ella desvio los ojos justo a tiempo, cogio el cepillo del cabello que no habia guardado y lo paso entre su pelo.

A pesar de la amenaza contenida en el comportamiento del viejo, Ethel se sentia aliviada. Lo que fuese que la habia mantenido encogida durante todos aquellos meses, se habia soltado. Podia sentirlo en su cuerpo; ligero y elastico. Si Costa no hubiese estado en la habitacion, ella hubiera podido reir jubilosamente. Estaba a punto de ser libre.

– Ahora no puedo volver -dijo Costa-. Ahora no puedo volver a vivir en casa.

– Oh, naturalmente que puedes.

– Tu estropeaste las cosas, a Noola y a mi.

– Bobadas -dijo Ethel, cepillandose el pelo, produciendo hormigueos en las raices-. Noola me odia, pero

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