siempre te querra a ti, no importa lo que ella diga. -El cepillo era metalico y hacia un pequeno ruido cuando ella lo deslizaba entre su largo cabello fino.
Se volvio sin moverse.
– Costa, creeme. Noola siempre te…
– No la quiero -respondio Costa. Con tono de voz convincente.
Ethel tomo otro mordisco del queso y echo una mirada furtiva a su reloj de pulsera. Las siete y catorce minutos. Pronto tendria que irse. Anthea estaria esperandola. Fuera, estaba desvaneciendose la ultima luz del dia. Tan pronto como Costa se marchara, ella se vestiria y…
?Como podria hacerle marchar?
– Manana voy a irme de aqui, Costa -dijo.
– Tu no te vas -dijo el-. ?Olvidalo!
Ethel ahogo su reaccion dandole la espalda para concederse el momento que necesitaba. Podia verlo en el espejo, estirando el cuello hacia atras de la butaca, aliviando su tension y despues moviendo la cabeza de un lado a otro. Oyo el clic de las vertebras. Se le ocurrio -sin razon que ella comprendiera- que quiza tendria que correr.
Cogio la ultima manzana. Mientras masticaba descubrio una marca azulada en la parte interior de su brazo y profirio una pequena exclamacion en parte admirativa, en parte despreciativa.
– Eres tan fuerte -dijo, volviendose para ensenarle el cardenal.
La transformacion que Ethel vio en el rostro del viejo la alarmo. Tenia que acabar de hacer el equipaje. Pronto seria demasiado tarde.
Se encamino rapidamente a la pared en donde colgaba la fotografia del
– ?Con quien vas a encontrarte ahora? -pregunto Costa-. ?Con esa maleta lista?
– ?Encontrarme donde?
– ?Donde vas? -dijo el-. Ahora.
– No lo se.
– ?No sabes adonde vas?
– No. Pero no voy a encontrarme con nadie.
– Pero quiza manana. ?Alguien? Seguro.
– No tengo esos planes.
– Mientes otra vez -dijo Costa-. Puedo ver estas cosas, de la manera que tu… -Hizo una serie de gestos rapidos con la mano, agitandola de un lado a otro para describir los movimientos de Ethel, rapidos y nerviosos.
?Estaba ella moviendose de esa manera? ?Como un pez asustado?
– Puedo ver como mientes.
– No estoy mintiendo. *
– ?Me dices que no sabes adonde vas?
– Solo generalmente. Al Norte. Y ya no mentire mas. Ni a ti, ni a nadie.
– Bueno, si es verdad -dijo Costa-, ?que dices si yo voy contigo? Al Norte.
Una sugerencia que Ethel no habia previsto y no sabia que responder.
– ?Tu no quieres eso? -pregunto el.
– No -dijo Ethel-. No quiero que tu vayas conmigo.
– Si nadie te espera, ?por que te importa?
– Quiero estar sola. Sin nadie mas.
– Sientate -dijo Costa-. Porque no vas a ir a ninguna parte.
Ethel no supo que responder. Para romper el hechizo, Ethel se arrodillo junto a la maleta, plego la parte superior e intento unir las dos mitades para poder abrocharlas.
– La verdad es -insistio Costa- que vas a reunirte con alguien.
Ethel ya no tuvo paciencia para seguir negando. Junto las dos mitades de la maleta de Emma. Tenia el cuerpo en tension. Esta maldita maleta, penso, esta demasiado llena. La dejo caer de lado, y se sento en una esquina presionando con todo el peso de su cuerpo. Oyo como se rompia el cristal de la fotografia. Miro a Costa. No se habia dado cuenta. Tenia que meter las presillas y sujetarlas. Rapidamente.
– Mira fuera -Ethel le oyo decir. Costa estaba junto a ella, sosteniendo todavia la chaqueta frente a el. Puso la otra mano en la maleta.
– ?Por que cierras esto? -pregunto.
Ethel miro por la ventana. Ya era de noche.
– ?Donde crees que vas a ir, en medio de la noche, como una loca en camison?
Dios mio, era cierto, aun tenia que vestirse. Pero eso le llevaria exactamente dos minutos.
– Ethel, estoy hablandote.
Sono el telefono. Anthea. Debian de ser las siete y media. Sono de nuevo. Ethel no lo cogio. Y siguio sonando una y otra vez. Costa la observaba.
– ?Por que no respondes al telefono? -pregunto-. ?Eh? -Senalo el telefono, espero.- Yo se por que -dijo-. Ese es el tipo, que te llama, ?verdad?
El telefono sono nuevamente. Los ojos de Costa no dejaban de examinarla.
– Responde -dijo-. ?Responde! ?Por que no respondes al telefono?
Ethel siguio apretando la maleta.
El telefono quedo silencioso.
Con la mano que tenia libre, Costa le quito la maleta de las manos, la abrio y arrojo el contenido por el suelo, esparciendo vestidos y fragmentos de cristal.
Finalmente, Ethel se sintio aliviada, y supo por que. Ira. Estaba al borde como el.
Pero Costa no debia de darse cuenta. Podria ser la mecha.
Rapidamente, Ethel comenzo a recoger los vestidos que Costa habia esparcido.
– Dirne -le dijo Costa-, ?quien mas sabe lo que me has dicho?, que no es de Teddy. Estoy hablando del pequeno Costa.
– Teddy y tu.
– ?Estas segura de eso?
– Si.
– Petros, ?nada?
– Solo lo que sucedio con el.
– Teddy y yo y… ?tu solamente? ?Solamente? Dime la verdad.
– Esta es la verdad.
– ?Y como puedo saberlo?
– Porque yo te la digo.
– ?Como se si mas adelante, algun dia, no se lo cuentas a otro, quizas al nuevo hombre?
– No lo sabes.
– Deja esos vestidos. Sientate y di la verdad por una vez.
Nuevamente, Ethel se vio obligada a contener su ira.
– ?A quien podria contarlo? -pregunto-. ?Y por que?
– Al hombre con quien vas.
– No tengo nadie con quien ir.
– Mas pronto. Mas tarde. Algun dia.
– Asi lo espero. Voy a llevar una vida normal.
– ?Cual es tu idea de una vida normal? -
Todavia no lo se. Voy a tener que descubrirlo.
– Tu dices mentiras a veces, ?verdad?
– A veces.
– Muchas veces.
– Pero no sobre esto. Nunca contare a nadie que no es… Oh, ?al cuerno con todo esto!
