– ?Tienes ganas de galopar? -y sin esperar la respuesta, prosiguio: -Vamos al codo del rio, quiero ver los caballos; ya es tiempo de encerrarlos en los cuadros; esta helando fuerte.

– ?Como no, papa! -contesto Blanca y de pronto, recordando, pregunto: -Y Ruda, ?por donde anda?

– Se fue temprano a ver a sus indios Pastos Blancos, para seguir luego a la Loma Redonda. Esta intrigado por saber que le paso al que tenemos en el galpon y de donde viene. No lo cree de la zona. El se inclina a pensar que sea un araucano venido de Chile o del norte…

Los caballos estaban ya ensillados cuando llegaron al corral. Iban pisando la tierra humeda, de la que se elevaba un vaho frio, penetrante. De los palos del corral resbalaban las gotas pesadas de la escarcha. El sol, saliendo lento y perezoso, mostraba su anemico disco amarillento sobre los cerros, medio oculto entre las nubes mananeras que persistian en ahogar al astro entre celajes.

Blanca acaricio el cuello de su caballo con la mano desnuda, de largos dedos sensitivos. El animal se planto primero resoplando con fuerza, envuelto en el ancestral temor que subyugo el galopar errante de sus antepasados; sus belfos contraidos mostraron los grandes dientes. Los pelos de los ollares dilatados se cubrian de gotas de hielo cada vez que sus pulmones poderosos expedian el aire con jadeo de fuelle. Irradiaba su aspecto una fuerza indomable, pero en manos de Blanca, que lo manejaba con dulzura paciente pero firme, se convertia en un bruto docil e infatigable que batia la tierra con cuadruple retumbo.

– ?Hola, Mordiscon! ?Salimos a correr un poco?

– Pero muchacha… ?Dejate de charlar con el caballo! ?O queres ensenarle a hablar? -se burlo Lunder, riendo bondadosamente, mientras montaba el suyo, un alazan de gran alzada.

– ?Vos crees que no me entiende? Mira como se calma ahora -le contesto Blanca montando a su vez.

– Ya sos capaz de domesticar a un puma cebado si te lo propones… -le repuso su padre, mirandola entre admirado y burlon.

– Podes volverte si queres -recomendo al silencioso peon que cuidaba los animales, mientras emprendian un trote corto hacia el rio. Cuando se alejaban, el sol bano las grupas de las cabalgaduras y se enredo en los cabellos rubios de Blanca, tornandolos resplandecientes como una corona luminosa de reflejos dorados. Padre e hija se mantenian en sus monturas con la gallardia de viejos jinetes, sin quebrar un solo momento la elastica armonia de sus movimientos. Al contraluz sus figuras agrandadas eran como un simbolo de las gentes nuevas nutriendo y nutriendose de la tierra salvaje. Cada golpe sonoro de los cascos de los caballos contra el piso helado era un tambor que despertaba los ecos dormidos del valle; cada voz y cada grito un vibrante llamado a los campos no heridos todavia por el filo de la reja del arado, no henchidos por el grano fecundo, no florecidos por la constancia y el trabajo del hombre, pero aguardando con su muda espera proyectada al porvenir. Sobre ella iba a librarse aun la ultima batalla del odio y la codicia hasta rendirse en una luminosa aurora de progreso, abrirse en mil caminos hacia la conquista de sus entranables frutos.

Los dos jinetes empujaban a los potros con gritos y agiles evoluciones, llevandolos a los corrales entre los alamos. Algunos peones vinieron en su ayuda y al fin todos los animales quedaron encerrados en sus refugios invernales. Techados de jarillas y neneos les brindarian abrigo contra las heladas.

En medio del agitado revuelo de crines y cabezas nerviosas, de cascos quebrando el hielo de los charcos endurecidos, Blanca, erguida sobre su cabalgadura, se arrebolaba en una jubilosa exaltacion. La fina curva de sus labios eran una roja pulpa. Sus ojos se inundaban de luz y entusiasmo al conjunto de aquella fiesta de fuerza, en la que el coraje de la bestia se resistia a la voluntad del hombre. De pronto un grito de advertencia castigo el aire y enmudecio las voces de los que llamaban y azuzaban.

– ? Cuidado!… -y un soberbio potro negro cargo en linea recta sobre Blanca. Rechazado a coces por los que estaban en el corral, acosado por los perros barulleros y los gritos de los peones, huia enloquecido hacia el valle en desenfrenado galope; Blanca tomada de sorpresa, se quedo inmovil, mientras su caballo relinchaba aterrorizado. En el ultimo instante, Lunder atropellando de costado se lanzo a la carrera con el suyo, alcanzando a desviar el potro, que con las crines al viento y pateando en el vacio escapo al campo.

– ? Uff! Casi te alcanza… -exclamo Lunder, volviendo hacia su hija.

– ?Huijaaa!… -atronaron los peones, entusiasmados por la maestria del jinete.

– Con ese si que no te servian las palabras ?eh! -dijo Lunder, mirando sonriente a Blanca.

– Es cierto papa ?buen susto me lleve!… Pero mi gringo gaucho puede mas que un potro -subrayo con orgullo.

– Bueno, volvamos a casa que gaucho o no, ?tu madre se la toma conmigo si nos atrasamos!

De regreso y al pasar frente al galpon vieron al viejo Roque, el baqueano indio, ocupado en trenzar un lazo, cuyo cuero de guanaco habia ablandado con los dientes.

– ?Todavia sigue durmiendo tu paisano? -pregunto Lunder. El indio afirmo balanceando la cabeza.

– ?No estara muy enfermo, papa?

– No creo; estara agotado despues de la tremenda caminata, eso es todo.

– ?Y vamos pronto que mama nos espera!

Comian todos en la gran sala-cocina. Lunder, su hija, Maria y el capataz, hacian el honor a la humeante sopa que Frida servia en los floreados platos, orgullo de su tierra y milagrosamente conservados a traves de todas las mudanzas de la suerte. El pan casero se abria en tajadas sobre la panera de metal repujado. La escena familiar reflejaba la solidez tanto afectiva como economica de aquel hogar perdido entre las aridas mesetas patagonicas, tan distante de las ciudades populosas que la sola mencion de sus parajes, totalmente ignorados, sugerian rulas misteriosas acechadas por peligros innominados.

Despues del almuerzo cada uno volvio a sus tareas aprovechando las escasas horas de luz, pues al llegar el invierno los dias se acortan sensiblemente. La casa permanecia silenciosa y afuera el viento se calmaba. Apenas si breves rafagas, como jinetes rezagados, cruzaban los corrales y las dependencias para chocar sin impetu contra las puertas y ventanas hermeticas. Frida, observando el valle a traves de los vidrios de una ventana, tejia tranquila, mientras Blanca hojeaba un viejo libro apergaminado.

En un alamo cercano un pajaro oculto piaba alegremente, y el aire claro transportaba el canto con limpidas resonancias. Los alrededores de la casa, como contagiados del silencio de esta, se adormecian en la siesta. Un gallo elevo el clarin de su voz como un saludo y fue respondido por otro y otro hasta morir el canto enredado entre la cabellera languida de los sauces, que mirandose en la corriente del rio transparente ondulaban pausados. El sol otonal, calido y denso, acariciaba las hierbas, y el tenue bochorno de la tarde, que la atmosfera seca propagaba, hacia presa en las ovejas y carneros que pastaban parsimoniosos y graves. Todos los objetos enmarcados contra los cerros lejanos, se revestian de una serenidad casi sagrada y su tensa inmovilidad evocaban una pagina de egloga biblica, a la que no le faltaba siquiera el mistico pastor, pues cerca de los corrales y oteando el valle, un peon cenido en pieles, inmovil y de pie sobre una elevacion, vigilaba los ganados dispersos confundiendose con el paisaje silente. El mundo habia retrocedido en el tiempo, como una escena arrancada de un viejo manuscrito.

2

Promediaba aquella tarde singularmente calma, cuando Blanca se asomo a la galeria. Los hombres no habian regresado aun y solo un rato despues vio al viejo Roque salir del galpon. Lo llamo y el anciano indio se acerco a su patroncita.

– Buenas tardes, Quila -la saludo con su honda voz musical y pausada.

– Buenas tardes, abuelo, ?como sigue el enfermo?

– Y… asi no mas, amita, recien empieza a despertar ?mucho golpeado! -en la voz del indio flotaba una extrana reticencia temerosa al nombrar a su paisano.

– Quila -prosiguio despues de la pausa-. El es un jefe… caido, como un luan 1 en la batida, su brazo es fuerte todavia…

Blanca, aunque habituada a las usuales alegorias del anciano, no dejo de percibir sin embargo intensa majestad impresa en sus palabras. Admiradora de las almas fuertes, la grandeza la envolvia sintiendola latente en la suya como un torrente contenido. Llevada por una inexplicable solicitud, quiso saber mas detalles.

– Entonces, ?por que esta aqui? Lejos de su tierra, de su gente… en ese terrible estado… ?No es

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