extraordinario?
– No se, no se. Las rocas vuelven a veces de las montanas y llenan la tierra como mallines -se quedaron silenciosos, sumidos cada cual en sus pensamientos. Poco despues vieron al capataz que se dirigia a la entrada del galpon sin reparar en ellos. Blanca, sin titubear, se dirigio tambien alli y ya se encontraba a pocos metros cuando una sorda exclamacion la detuvo.
– Pero ?que le pasa! -era la voz de Juan la que se oia.
– ?Eh!… Loco del diablo. ?Todavia andas buscando que termine yo de romperte la cabeza?
Dominada subitamente por la inquietud, Blanca corrio hasta el interior del cobertizo, levantando con manos nerviosas el cuero que ocultaba la cama donde yacia el indio, en el preciso instante en que este se erguia contra la pared del galpon, blandiendo un nudoso palo. El capataz con el talero en actitud defensiva lo enfrentaba. La presencia de Blanca trunco la accion de los dos hombres y Llanlil la miro con ojos extraviados. Blanca, sintiendo florecer en ella todo el orgullo de su naturaleza acostumbrada a ser obedecida, sostuvo la mirada. Lentamente las contraidas facciones de Llanlil fueron distendiendose. Entonces Blanca exclamo suavemente:
– ?Que tiene? Nadie quiere hacerle dano -la voz de la mujer parecio arrancarlo de un sueno opresor y el garrote se deslizo de sus manos. Se quedo alli inmovil todavia y sin embargo altivo, como si el temor hubiese sido reemplazado por la conciencia de una dignidad antigua. Detras de Blanca, Roque murmuraba palabras ininteligibles. La hija de Lunder se volvio hacia el, diciendole:
– Digale a este hombre como ha llegado aqui, como lo hemos curado y que nadie quiere molestarlo.
La sonora voz del anciano parloteo un discurso en su lengua y sus graves tonalidades, semejaban por momentos los ecos de una cascada en el bosque. Sus palabras fueron contestadas brevemente por Llanlil, y a su termino Roque, dirigiendose a Blanca y al capataz, explico:
– Dice que sabe la lengua del huinca… pero no recuerda lo que le paso.
– Vea, senorita -interrumpio visiblemente molesto el capataz, pero Blanca le impidio continuar diciendole:
– Despues hablaremos… Ahora vamos a dejar tranquilo a este hombre. Me parece mas asustado que otra cosa. Le pidio entonces a Roque que se ocupara de su paisano y haciendo una sena a Juan, salio al patio.
La breve tarde se hundia ya en las primeras sombras nocturnas. La placidez del sol habia sido arrebatada por un viento
Al ver a su hija la saludo alegremente, yendo a su encuentro a grandes pasos, las barbas flotando al viento con patriarcal bonhomia; pero al aproximarse la observo tan demudada que exclamo sorprendido:
– ?Pero hija! ?Que te pasa?…
– ?Oh papa… ese hombre… ?ha despertado al fin y parece tan asustado de algo o de alguien que por poco mas ataca a Juan, creyendose el el atacado!
– ?Es cierto? -pregunto Lunder, volviendose al capataz.
– Asi es, patron -respondio Juan, siempre cachazudo y sin la menor alteracion en su voz impersonal.
– ?Yo le voy a ensenar! -grito Lunder encaminandose al galpon-. ?Lo unico que faltaba!
– ?Papa, por favor!… -lo atajo Blanca poniendose delante-. Ese pobre hombre esta aterrorizado y sale de su desmayo con alguna horrible impresion en su cerebro…
– ?Que estas diciendo? -interrumpio impaciente Lunder. Los hombres de la casa se habian reunido entretanto y los rodeaban. Una voz se elevo en el grupo, exclamando:
– Ahora si que estoy seguro, pues…
– ?Seguro de que? A ver, Blanca… ?que sabes de todo esto? -mientras hablaba se desasio suavemente de los brazos de su hija, que aun lo sujetaba-. Dejame y habla…
– Oh, solo presentimientos, pero algo me dice que los hombres de Sandoval son los responsables del estado del indio… pero oigamos a Antonio que recien hablo…
– ?A ver vos! ?Que sabes de este indio? -interrogo Lunder al fornido peon que lanzara la exclamacion.
– Este… vea… yo francamente, patron -se excuso el interpelado.
– Dejate de retaceos y habla de una vez -lo conmino Lunder con autoridad.
– Bueno, del indio no se nada… pero ayer le pregunte a Bernabe donde habia conseguido el caballo y los fardos y el me conto que los habia comprado a un indio cazador y… ahora ese…
– Ya veo -interrumpio Lunder-. Ustedes estan cavilando por cuenta propia… pueden irse y vos Blanca veni conmigo. Vamos a casa.
Cuando se acercaban a la casa, Lunder le dijo a su hija:
– Ahora no me cabe duda ?esos canallas! Y para peor este hombre aqui con los problemas que ya tengo con Sandoval…
– Pero, papa ?en que puede Sandoval danarnos con sus proyectos?
– En muchas formas, m'hija. Si alambra los campos, me priva de los valles de la cordillera para invernar… Y necesito de ellos para aumentar y conservar los caballos, para aclimatarlos y mejorar una raza capaz de soportar todos los rigores del clima. Esta tierra en la que pocos tienen fe, sera en su tiempo la esperanza mas grande de los hombres; es inmensamente rica, ?que diablos! Por nada la compania reclama leguas y leguas, ?ella quiere quedarse con todo! Me iran, poco a poco, arrebatando a la gente de trabajo, y lo mismo haran con los demas colonos del norte.
Desacreditaran nuestros esfuerzos, porque la lana viene pronto y se trabaja menos… ?comprendes ahora…? Y buscan contactos, porque ?claro!, con la fuerza de su parte poco les importa la ley; ellos van a imponer y aplicar a su antojo la que mas les convenga. Quieren obligarnos a depender de la compania y si lo consiguen haran lo que quieran desde la costa hasta la montana… Todos los pobladores estamos alarmados. Desde que el gobierno arreglo la cuestion de los limites, ellos se sienten seguros y obtienen concesiones enormes, pretextando su afan de colonizar… Entregas hay de doscientas leguas cuadradas en poder de particulares. Admito que ninguno, ni yo mismo, somos abnegados o desinteresados misioneros, pero tampoco todos somos forajidos, sino gente de paz y de trabajo dentro de la ley… -hizo una pausa, mientras veia encenderse las primeras estrellas.
– Mi conciencia en este caso me dice que ese indio, si de verdad ha sido despojado y maltratado por la gente del Paso, como presumimos, merece justicia, pero, ?quien ha de hacerla? Aqui manda Sandoval y a el le importan muy poco los indios, vengan de donde vinieran. Pedir ayuda a Rawson es imposible. El gobernador es un caballero, pero su fuerza no llega tan lejos y yo no puedo moverme de aqui… Yo no soy ni juez ni policia, sino un simple particular y extranjero por anadidura…
– Es verdad, pero nada ganaremos con preocuparnos inutilmente. Es de esperar que ese hombre, una vez curado, se olvide de todo y se aleje nuevamente.
El pensamiento de Blanca, indice de egoismo y hasta menosprecio por los derechos del indigena, era sin embargo comprensible, considerando que su existencia habia trascurrido en un ambiente de lucha aspera, donde dificilmente triunfaba la justicia y en el que el indio era apenas un objeto mas en el panorama, usado cuando convenia o, de lo contrario, explotado inicuamente. Por otra parte estaban aun frescos los recuerdos de las tropelias que muchos de ellos habian cometido, aunque era fundado sospechar que el cerebro que los dirigia no era precisamente el de los caciques. Las ideas de respeto al projimo eran en consecuencia relacionadas unicamente con la fuerza que este pudiera esgrimir, y los indios, mansos o alzados, escasamente entraban en el concepto de projimo.
3
Dos dias despues, los ultimos incidentes habian sido ya olvidados y refundidos en el diario acontecer de aquel pequeno mundo, y Llanlil, bastante mejorado, comenzo a realizar breves paseos que no llegaban mas alla de la orilla del rio. Se sentia extremadamente debil y en su cerebro los recuerdos comenzaban lentamente a reunirse, trayendole a la realidad de su situacion. Desconocia el destino final de sus atacantes, y el odio que lo animara en aquella portentosa marcha desafiando la muerte blanca, se habia amortiguado, dejandolo postrado en apatica indiferencia. Salia a caminar acompanado de su perro, que seguia tras el brincando. Llanlil veia a lo lejos
