verdad. No esta loca: lo que va a contarme es la verdad.

– Fue en aquella fiesta, a comienzos del verano de 2005, cuando tu y yo nos conocimos, ?recuerdas?

– ?La fiesta de inauguracion de los cursos de verano de Alighieri? -Cuando me conocio a mi y a Ric, penso-. Me acuerdo bien, pero… no sucedio nada en aquella fiesta…

Elisa lo miraba con los ojos muy abiertos. Su voz temblo:

– Esa fiesta fue el comienzo, Victor.

II EL COMIENZO

Todos somos muy ignorantes, pero no todos

ignoramos las mismas cosas.

ALBERT EINSTEIN

4

Madrid,

21 de junio de 2005,

18.35 h

Habia sido una tarde accidentada. Elisa casi no habia llegado a tiempo para tomar el ultimo autocar hacia Soto del Real debido a una discusion absurda (otra mas) con su madre, que le reprochaba el perenne estado de desorden de su cuarto. Llego a la estacion cuando el autocar se ponia en marcha, y al correr hacia el vehiculo una de sus zapatillas deportivas gastadas se quedo por el camino, por lo que tuvo que pedir que la esperasen. Los pasajeros y el conductor le dedicaron miradas de reproche al entrar. Penso que aquellas miradas no se debian tanto a los escasos segundos que habian perdido por su culpa como a su aspecto, ya que llevaba una camiseta de tirantes de bordes ennegrecidos y unos pantalones vaqueros rotos y deshilachados a diversas alturas. Ademas, su pelo mostraba un desaseo notable, incrementado por su longitud, que, con los extremos rozandole la cintura, resultaba muy llamativa. Pero su descuidada imagen no era del todo culpa suya: durante los ultimos meses habia sufrido una presion inconcebible, de esa clase que solo conoce y comprende el estudiante universitario de cursos superiores en epoca de examenes finales, y apenas habia podido pensar en alimentarse y dormir, no digamos mantenerse presentable. Sin embargo, nunca le habia preocupado su aspecto ni el de nadie. Le parecia completamente estupido otorgarle importancia a una simple apariencia.

El autocar se detuvo a cuarenta kilometros de Madrid, junto a un bello paraje proximo a la sierra de la Pedriza, y Elisa subio por el camino asfaltado y flanqueado de setos y almendros de la escuela de verano de Alighieri, el centro que, sin ella sospecharlo aun, la contrataria como profesora dos anos despues. El letrero de la entrada mostraba un borroso perfil del poeta Dante y, debajo, uno de sus versos: L'acquea ch’io prendo gia mai non si corse. En el folleto de los cursos Elisa habia leido la traduccion (hablaba ingles perfectamente, pero su provision de idiomas de repuesto se agotaba en el ingles): «Las aguas por las que navegare nadie las ha surcado». Era el lema de la universidad, aunque suponia que podia aplicarse a su caso, ya que el curso que estaba a punto de comenzar era unico en el mundo.

Atraveso el aparcamiento y llego a la explanada central, entre los edificios de docencia. Habia alli mucha gente congregada escuchando a alguien que hablaba desde una tarima. Se abrio paso como pudo hasta las primeras filas, pero no vio a la persona que buscaba.

– … dar la bienvenida a todos los matriculados, y tambien… -decia en aquel momento, frente al microfono, un hombre calvo de traje de lino y camisa azul (sin duda el director de los cursos), poseido por ese aire de importancia que adquieren todos los que saben que han de ser escuchados.

De repente alguien susurro junto a su oido:

– Perdona… ?Eres, por casualidad, Elisa Robledo?

Se volvio y vio a John Lennon. Es decir, uno de los millares de Lennons que pululan por las universidades de todo el mundo. Aquel clon en particular llevaba las gafas de rigor, redondas y metalicas, y una abundante mata de pelo completamente rizado. Miraba a Elisa con intensa concentracion y tan ruborizado como si su cabeza fuese producto de una inflamacion de su cuello. Cuando ella asintio, el chico parecio adquirir seguridad y realizo un timido intento de sonrisa con sus carnosos labios.

– Te han nombrado la primera de todas en la lista de los admitidos al curso de Blanes… Enhorabuena. -Elisa se lo agradecio, pese a que, como era natural, ya lo sabia-. Yo soy el quinto admitido. Me llamo Victor Lopera, vengo de la Complutense… Tu eres de la Autonoma, ?verdad?

– Si. -No le sorprendia que los desconocidos supieran cosas sobre ella: su nombre y su foto habian aparecido con cierta frecuencia en las revistas universitarias. Le traia sin cuidado su pequena fama de empollona, incluso le desagradaba, sobre todo porque parecia ser lo unico que a su madre le gustaba de ella-. ?Ha venido Blanes? - pregunto a su vez.

– No ha podido, segun parece.

Elisa hizo una mueca de contrariedad. Habia acudido a aquel estupido evento con el solo proposito de ver por primera vez en persona al fisico teorico vivo a quien mas admiraba junto a Stephen Hawking. Tendria que esperar al inicio del curso que el propio Blanes impartiria al dia siguiente. Estaba pensando si debia irse o quedarse cuando oyo de nuevo la voz de Lennon-Lopera.

– Me alegra que vayamos a ser companeros. -Volvio a sumirse en el silencio. Parecia pensar mucho las cosas antes de decidirse a soltarlas. Elisa supuso que seria timido, o quiza peor que eso. Sabia que casi todos los buenos estudiantes de fisica tenian rarezas, incluyendola a ella. Repuso cortesmente que tambien se alegraba y aguardo.

Tras otra pausa, Lopera dijo:

– ?Ves a ese de la camisa morada? Se llama Ricardo Valente, pero todo el inundo le llama Ric. Es el segundo admitido. Fue… Somos amigos.

Ah, vaya. -Elisa recordaba su nombre perfectamente porque lo habia leido justo debajo del suyo en el listado de calificaciones de la prueba, y porque se trataba de un apellido singular: «Valente Sharpe, Ricardo: 9,85». Ella habia sacado 9,89 sobre diez, de modo que aquel chico habia quedado tan solo a cuatro centesimas de ella. Eso tambien le habia llamado la atencion-. Asi que ese es el tal Valente Sharpe.

Era un muchacho flaco, de pelo corto y pajizo y perfil aguileno. En aquel momento parecia tan concentrado como cualquiera en las palabras del orador, pero era innegable que poseia un aire «distinto» a la media de estudiantes, y de eso se percato Elisa enseguida. Ademas de la camisa morada, vestia chaleco y pantalones negros, lo cual le hacia destacar en un mundo presidido por camisetas y vaqueros viejos. A no dudar, se creia «especial». Bienvenido al club, Valente Sharpe, penso con cierto desafio.

En ese instante el joven movio la cabeza y la miro. Tenia unos prodigiosos ojos azul verdosos, pero algo frios e inquietantes. Si reparo en Elisa de algun modo, no dio muestras de ello.

– ?Te quedas a la fiesta? -pregunto Lopera cuando Elisa hizo ademan de retirarse.

– No lo se aun.

– Bueno… Pues ya nos veremos.

– Claro.

En realidad, pensaba marcharse cuanto antes, pero cierta pereza la hizo demorarse cuando los breves aplausos tras el discurso dieron paso a la musica y a la desbandada de estudiantes en direccion al puesto de

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