domingo.
En medio del vestibulo, un guardia de seguridad comprobaba desde detras de su escritorio las tarjetas de los estudiantes; pero en aquel momento un nutrido grupo de corredores paso por delante del vigilante, unos agitaron la tarjeta, otros se olvidaron de hacerlo y el guardia de seguridad se encogio de hombros y continuo su lectura de
El extrano dio media vuelta y disimulo contemplando la coleccion de copas de plata expuestas en una vitrina, trofeos ganados por los atletas de la Jones Falls. Instantes despues irrumpia en el vestibulo un equipo de futbol, diez hombres y una mujer fornida, calzados con botas de tacos, y el intruso se apresuro a mezclarse con el grupo. Cruzo la pieza como si formara parte del conjunto y descendio con ellos por la amplia escalera que llevaba al sotano.
Los futbolistas iban tan entusiasmados discutiendo los lances del partido, celebrando con risotadas un gol de suerte y manifestando su indignacion por una falta que les pitaron injustamente, que no repararon en el entrometido.
Este caminaba con andar despreocupado, pero los ojos no perdian detalle. Al pie de la escalera habia un pequeno zaguan con una maquina de Coca-Cola y un telefono publico bajo una cubierta acustica. La mujer del equipo de futbol se alejo por el largo pasillo, presumiblemente hacia el vestuario femenino, que con toda probabilidad lo habria anadido al final un arquitecto al que, alla por las fechas en las que el termino ‹educacion mixta› debia representar un concepto escabroso, ni por asomo se le pasaria por la cabeza la idea de que pululasen muchas jovenes por la Jones Falls.
El intruso descolgo el telefono y simulo buscarse en el bolsillo una moneda. Los futbolistas masculinos entraron en su vestuario. El hombre observo que la mujer empujaba una puerta y desaparecia. Seguramente aquel era el vestuario de las mujeres. Alli estarian todas, penso el individuo, excitado, desnudas, duchandose, frotandose con la toalla. Tenerlas tan al alcance de la mano le provoco un calenton. Se enjugo la frente con el borde inferior de la camiseta.
Lo unico que tenia que hacer para rematar su fantasia era darles un susto de muerte, aterrorizarlas.
Hizo un esfuerzo para tranquilizarse. No era cosa de estropearlo todo dejandose llevar por la precipitacion. Necesitaba unos minutos para planearlo todo bien.
Una vez se perdieron de vista los miembros masculinos del equipo de futbol, el invasor echo a andar por el pasillo, en pos de la mujer. Habia tres puertas en el corredor, una a cada lado y otra en la pared del fondo. La mujer habia entrado por la de la derecha. Al probar la del fondo descubrio que daba a una habitacion de grandes proporciones, polvorienta y llena de maquinas voluminosas; supuso que se trataba de calderas y filtros para la piscina. Entro en el cuarto y cerro tras de si. Un zumbido electrico, leve y uniforme, ronroneaba en el aire. Se imagino a una de aquellas mozas delirante de pavor, en ropa intima -nada mas que el sujetador y las bragas con estampado de flores-, tendida en el suelo, mirandole con ojos aterrados mientras el se desabrochaba el cinturon. Saboreo la imagen durante unos segundos, mientras sonreia para sus adentros. Tenia a aquel pimpollo apenas a unos metros. En aquel momento, la chica puede que estuviera pensando en como iba a pasar la velada: quizas habia quedado con el novio y tenia intencion de dejarle llegar a todo aquella noche; o acaso fuese una estudiante novata de primer ano, timida y solitaria, sin otra cosa que hacer la noche del domingo mas que mirar el episodio de Colombo; o tal vez tuviera que entregar al dia siguiente un ejercicio y proyectaba pasarse la noche trabajando en su redaccion hasta acabarlo. Nada de eso, muneca. Ha sonado la hora de la pesadilla.
No era la primera vez que hacia esa clase de cosas, aunque nunca a tal escala. Que recordara, siempre le habia encantado asustar a las chicas. En el instituto nada le gustaba mas que encontrarse a solas con una muchachita, aislarla en un rincon mas bien apartado y aterrorizarla hasta que rompia a llorar e imploraba clemencia. Ese era el motivo por el que se veia obligado a cambiar de colegio continuamente. A veces salia con alguna moza, solo para ser como los demas alumnos y tener a alguien con quien entrar en el bar cogido del brazo. Si le parecia que la chavala en cuestion esperaba que se propasara, la complacia, pero eso siempre le parecio algo mas bien inutil.
Se figuraba que todo el mundo tenia un capricho especial: a algunos hombres les gustaba vestir a las mujeres, otros disfrutaban obligando a la companera a vestirse de cuero y a que les pisara con tacones de aguja. Conocio a un fulano que opinaba que la parte mas sensual de una mujer eran los pies: para que se le empinara no tenia mas que situarse estrategicamente en la seccion de zapateria de unos grandes almacenes y dedicarse a observarlas cuando se ponian zapatos y se los volvian a quitar.
El miedo era su capricho, su aberracion. Lo que hacia temblar de panico a una mujer. Sin miedo, no habia excitacion.
Al examinar metodicamente el lugar observo que fija en la pared habia una escala que ascendia hasta una trampilla de hierro que se cerraba por dentro. Trepo rapidamente por la escala, descorrio los pestillos del cerrojo y levanto la trampilla. Sus ojos tropezaron con los neumaticos de un Chrysler New Yorker estacionado en un aparcamiento. Se oriento: sin duda estaba en la parte de atras del edificio. Cerro de nuevo la trampilla y bajo.
Abandono el cuarto de maquinas de la piscina. Cuando marchaba por el pasillo, una mujer que iba en direccion contraria le dirigio una mirada hostil. Una angustia momentanea se apodero de el: la mujer podia preguntarle que diablos estaba haciendo por las proximidades del vestuario femenino. Ponerse a discutir no entraba en el guion. Aquel punto podia tirar por tierra todo su plan. Pero los ojos de la mujer subieron hasta la gorra, tropezaron con la palabra SEGURIDAD y desviaron la mirada. La mujer, por fin, entro en el vestuario.
El intruso sonrio. Habia comprado la gorra en una tienda de recuerdos; pago por ella ocho dolares y noventa y nueve centavos. La gente estaba acostumbrada a ver guardias de seguridad vestidos con vaqueros en conciertos de rock, detectives que parecian criminales hasta que sacaban a relucir su placa, policias de aeropuerto embutidos en sueter; era demasiado trastorno solicitar la credencial a cualquier gilipollas que se llame guardia de seguridad.
Probo la puerta situada enfrente de la del vestuario de mujeres. Daba a un pequeno almacen. El hombre acciono el interruptor de la luz y cerro la puerta a su espalda. En los estantes se amontonaban piezas de equipos de gimnasia anticuados y ajados: enormes balones de color negro, raidas colchonetas de goma, mazas de gimnasia, mohosos guantes de boxeo y sillas plegables de madera astillada. Tambien habia un potro con el tapizado reventado y una pata rota. El cuarto apestaba a cerrado. Una gran tuberia plateada cruzaba el techo y el hombre supuso que proporcionaria ventilacion al vestuario del otro lado del pasillo.
Alzo la mano y probo las tuercas que fijaban la tuberia a lo que parecia ser un ventilador. No pudo hacerlas girar con los dedos, pero en el Datsun llevaba una llave inglesa. Si lograba separar la tuberia, el ventilador tomaria e impulsaria aire del pequeno almacen en vez del exterior del edificio.
Encenderia su fogata justo debajo del ventilador. Se agenciaria una lata de gasolina, echaria un poco de combustible en una botella de Perrier vacia y volveria con ella, con la llave inglesa, unos cuantos fosforos y varios periodicos que utilizaria a guisa de astillas para encender la lumbre.
El fuego prenderia con rapidez y originaria gran cantidad de humo. Se cubriria la boca y la nariz con un trapo humedo y aguardaria hasta que la humareda llenase el almacen. Entonces separaria el tubo del ventilador. El conducto atraeria el humo y lo llevaria al vestuario de mujeres. Al principio, nadie lo notaria. Despues, una o dos olfatearian el aire y preguntarian: «?Alguien esta fumando?». Abriria la puerta del almacen y dejaria que el corredor se llenase de humo. Cuando las chicas comprendiesen que algo grave ocurria, abririan la puerta del vestuario, pensarian que todo el edificio estaba en llamas y cundiria el panico general.
Entonces entraria en el vestuario. Habria alli un mar de sostenes y bragas, senos, nalgas y vello pubico al aire. Algunas saldrian corriendo de las duchas, desnudas y empapadas, tantearian en busca de toallas; otras intentarian recuperar sus ropas; la mayoria tratarian de ganar la puerta, medio cegadas por el humo. Chillidos, sollozos y gritos de miedo sonarian por doquier. El continuaria fingiendo ser un guardia de seguridad y les ordenaria a voces: «?No perdiais tiempo en vestiros! ?Es una emergencia! ?Fuera! ?Todo el edificio esta ardiendo! ?Rapido! ?Rapido!». Les daria cachetes en las posaderas, las empujaria de un lado a otro, les quitaria la ropa de las manos, las magrearia a placer. Las chicas comprenderian que algo no encajaba, pero casi todas estarian demasiado nerviosas para discernir que podia ser. Si la fortachona de la capitana del equipo de hockey andaba todavia por alli era posible que tuviese suficiente presencia de animo para plantarle cara a el, pero entonces se la quitaria de en medio con un punetazo bien dado.
Se daria una vuelta por el vestuario y elegiria a su victima principal. Seria una chica preciosa y con aspecto vulnerable. La agarraria por un brazo, al tiempo que le diria: «Por aqui, haz el favor. Soy de seguridad». La
