peligroso. Las autoridades le permitieron ver a sus amigos y escribir su libro. De no haber pasado aquella temporada en Landsberg, es probable que el mundo no hubiera oido hablar de Hitler.
En 1946 los americanos le cambiaron el nombre de Prision Landsberg por el de Prision de Criminales de Guerra Numero Uno y, despues de los de Spandau y Berlin, era el centro penitenciario mas importante de Alemania, con mas de mil criminales de guerra procedentes de los juicios de Dachau, casi cien de los juicios de Nuremberg, y mas de una docena de los juicios de prisioneros de guerra japoneses en Shangai. En aquella carcel se habia ahorcado a mas de doscientos criminales de guerra, cuyos cuerpos habian sido enterrados en el cementerio cercano de Spottingen Chapel.
No resultaba sencillo entrar en Landsberg y visitar a Fritz Gebauer. Habia tenido que telefonear a ErichKaufmann y tragarme mis buenas dosis de humildad a fin de persuadirlo para que se pusiera en contacto con los abogados de Gebauer y los convenciera de que yo era un tipo de confianza.
– Oh, yo estoy seguro de que podemos confiar en usted, herr Gunther -me habia dicho Kaufmann-. He oido que hizo un buen trabajo para el baron Von Starnberg.
– Lo poco que hice me fue compensado -respondi-. Y de manera generosa, ademas.
– Seguro que disfruta un trabajo bien hecho, ?no?
– Hasta cierto punto, a veces si. Aunque en aquel caso no mucho. Ni la mitad de lo que disfrute trabajando en su caso.
– ?Cuando tuvo que demostrar que el soldado Ivanov no era de fiar? Crei que como usted tambien habia pertenecido a las SS le gustaria ver a uno de sus viejos companeros fuera de la carcel.
Aquel era el pie que habia estado esperando.
– Cierto -habia admitido, tratando de expurgar la charla que me habia dado en su oficina-. Estuve en las SS. Pero eso no implica que no me interese la justicia, herr doctor. Los hombres que matan a mujeres y a ninos merecen estar en la carcel. La gente tiene que saber que las malas acciones son castigadas. Esa es mi idea de una Alemania sana.
– Mucha gente le responderia que la mayoria de esos hombres se limitaron a cumplir con su obligacion, herr Gunther.
– Lo se. Soy un poco obstinado. Nado a contracorriente.
– Eso suena muy poco sano.
– Tal vez. Ademas, resulta facil ignorar a alguien como yo. Aunque tenga razon. Pero ignorar al obispo Neuhausler ya no es tan sencillo. Aunque se equivoque. Imaginese como me estropea la satisfaccion leer en el periodico sus declaraciones sobre los camisas pardas. Como si nadie le hubiera dicho que Ivanov era un estafador, un ladron movido por un interes personal.
– Neuhausler es producto de gente mucho mas inescrupulosa que yo, herr Gunther. Espero que se de cuenta de que no he tenido nada que ver con todo eso.
– Lo intento.
– Gente como Rudolf Aschenauer, por ejemplo.
Habia oido ese nombre en alguna otra ocasion. Aschenauer era un destacado abogado de Nuremberg, y el asesor legal de casi setecientos prisioneros de Landsberg, entre ellos el infame Otto Ohlendorf y un miembro del Partido Aleman de derechas.
– En realidad -continuo Kaufmann-, tendre que hablar con Aschenauer para conseguir que entre enLandsberg a ver a Gebauer. Es su abogado. Y fue el abogado de todos los acusados de la matanza de Malmedy.
– ?Es Gebauer uno de ellos?
– Por eso queremos sacarlo de una prision americana -dijo Kaufmann-. Podra imaginar el porque.
– Si. En este caso en particular lo imagino perfectamente.
Aparque el coche y camine por la explanada del castillo en direccion a la torre de entrada de la fortaleza, donde le mostre al americano negro de turno mi documentacion y la carta del despacho de Aschenauer. Mientras esperaba a que encontrara mi nombre en la lista en que constaban las visitas del dia, sonrei con amabilidad y trate de poner en practica mi ingles.
– Bonito dia, ?si?
– Que de ten por el culo, aleman de mierda.
Segui sonriendo. No tenia muy claro que me acababa de decir, pero su expresion delataba que no intentaba ser amable. Cuando encontro mi nombre en la lista me devolvio los documentos y senalo en direccion a un edificio blanco de cuatro plantas que tenia un tejado abuhardillado cubierto por tejas rojas. De lejos parecia una escuela. De cerca, sin embargo, parecia lo que era: una carcel. Por dentro no era distinto. Todas las carceles huelen a lo mismo. A comida pesima, cigarrillos, sudor, orina, aburrimiento y desesperacion. Otro policia militar de expresion petrificada me acompano a una habitacion desde la que se veia el valle de Lech. Tenia un aspecto verde y exuberante, rebosante de aquellos ultimos dias de verano. Era un dia espantoso para estar en la carcel, si es que algun dia podia ser bueno para estar alli metido. Me sente en una silla hortera a una mesa hortera y arrastre hacia mi un cenicero hortera. Entonces el americano salio y cerro la puerta tras de si, lo cual me provoco una dulce sensacion en la boca del estomago. Y comence a imaginar como me sentiria si fuera un miembro de la Uni dad de Malmedy, en la Pri sion de Criminales de Guerra Numero Uno.
Malmedy era una zona del bosque de las Ardenas de Belgica, en la que, en el invierno de 1944, durante la Ba talla del Bulge, una unidad de las Waffen-SS asesino a ochenta y cuatro prisioneros de guerra. Prisioneros de guerra americanos. Los integrantes de aquella unidad de las SS -setenta y cinco de ellos, en realidad-, se encontraban ahora en Landsberg, cumpliendo largas condenas de carcel. Muchos de esos hombres despertaban mi compasion. No siempre es posible capturar a rivales en medio de una batalla. Y si dejas que alguien se escape es probable que mas adelante vuelvas a encontrarte luchando contra el. La guerra no era ningun juego entre caballeros en el que se intercambiaran palabras de honor. Al menos no la guerra que nos toco a nosotros. Y teniendo en cuenta que aquellos hombres habian participado en algunas de las contiendas mas salvajes de la Se gunda Guerra Mundial, no me parecia que tuviera sentido acusarlos de crimenes de guerra. Hasta ahi le daba la razon a Kaufmann. De lo que no estaba ya tan seguro era que mi compasion se hiciera extensiva a Fritz Gebauer. Antes de servir en primera linea con las Waffen-SS, el Obersturmbannfuhrer Gebauer habia sido el comandante de Lemberg-Janowska. Supongo que en algun momento debio decidir ofrecerse voluntario para luchar en el frente occidental, para lo cual hacia falta mucho valor, tal vez incluso algo de rechazo por el trabajo que realizaba en el campo de trabajos forzados.
Una llave arano la cerradura y la puerta metalica se abrio. Volvi la cabeza y me encontre con un hombre de asombroso atractivo que rozaria los cuarenta. Alto y ancho de espaldas, Fritz Gebauer tenia cierto aire aristocratico y conseguia, de algun modo, que su chaqueta roja de prisionero pareciera mas bien un esmoquin. Me saludo con una leve reverencia y se sento frente a mi.
– Gracias por acceder a esta visita -comente, mientras colocaba un paquete de Lucky Strike y una caja de cerillas sobre la mesa, entre ambos-. ?Un cigarrillo?
Gebauer miro al soldado que se habia quedado con nosotros.
– ?Esta permitido? -pregunto en ingles.
El soldado asintio y Gebauer saco uno del paquete y comenzo a fumarselo con fruicion.
– ?De donde es usted? -pregunto Gebauer.
– Vivo en Munich -respondi-. Pero naci en Berlin. Vivi alli hasta hace un par de anos.
– Yo tambien -dijo-. He pedido que me trasladen a una prision de Berlin para que mi esposa pueda visitarme pero no parece posible. -Se encogio de hombros-. Aunque a ellos, ?que mas les da? A los yanquis. Para ellos no somos mas que escoria. No nos ven como soldados. Solo como asesinos, eso es lo que somos. Esjusto admitir que algunos de los que estan aqui lo son. Asesinos de judios. A mi nunca me importo demasiado ese asunto. Yo estaba en el frente occidental, y alli la matanza de los judios tenia mas bien poca importancia.
– En Malmedy, ?no? -pregunte, mientras me encendia un cigarrillo-. En las Ardenas.
– Asi es -respondio-. Fue una lucha desesperada. Estabamos acorralados. Hicimos cuanto pudimos por mantenernos a salvo, y no nos olvidemos de los cien americanos que nos rodeaban. -Dio una profunda calada y clavo la vista en el techo verde. Alguien se habia esmerado en que la pintura conjuntara con la de las paredes y el suelo-. Por supuesto los americanos no tienen en cuenta nuestra falta de recursos para capturar prisioneros. Y nadie se plantea ni por un minuto que los hombres que se rindieron fueran cobardes. Pero nosotros no podiamos rendirnos. Ni hablar. Cosas de las SS, ?no? «La lealtad es mi honor», ?no decian eso? Nada de instinto de supervivencia. -Dio otra calada-. Aschenauer me ha dicho que usted tambien estuvo en las SS. Supongo que
