– Quiero saber que sabe usted. Quiero indagar en su persona para saber si es grata o non grata. Minsk.

– ?Quiere los detalles o solo unas cuantas pinceladas?

– Pinte el cuadro entero, hagame el favor.

– Esta bien. Horas despues de la ocupacion de la ciudad, cuarenta mil hombres y ninos fueron detenidos y llevados a un campo, donde los vigilaban metralletas y reflectores. Estaban todas las razas. Judios, rusos, gitanos, ucranianos. Tras unos dias, los medicos judios, abogados y academicos tuvieron que identificarse. Miembros de la In teligencia los llamaban. Dos mil asi lo hicieron. Y creo que esos mismos dos mil fueron conducidos a un bosque cercano, donde los fusilaron.

– Y naturalmente usted no tuvo nada que ver con aquello -dijo el padre Gotovina, como si hablara con un llorica.

– A decir verdad, yo seguia en la ciudad, investigando otra atrocidad, en esa ocasion cometida por los Ivanes.

En el oficio que tenia lugar en la iglesia, el sacerdote dijo «Amen» y yo musite la misma palabra. Por alguna razon me parecio que encajaba en el relato de Minsk.

– ?Cuanto hacia que habia llegado cuando se establecio el gueto de Minsk?

– Menos de un mes. El 20 de julio.

– ?Y como se creo ese gueto?

– Lo formaban unas tres docenas de calles, creo, ademas del cementerio judio. Estaba cercado por gruesas hileras de alambre de espino y varias torres de vigilancia. Trajeron a cien mil personas procedentes de lugares tan alejados como Bremen o Francfort.

– ?Diria que en ese sentido el gueto de Minsk era algo fuera de lo normal?

– No se si entiendo la pregunta, padre. Nada de lo que sucedio alli fue normal.

– Lo que intento preguntarle es donde encontraron la muerte la mayoria de los judios de aquel gueto. ?En que campo?

– Ah, ya entiendo. No. Creo que la mayoria de los que estaban en Minsk murieron en Minsk. Si. Eso era poco habitual. Cuando el gueto fue desmantelado, en octubre de 1943, solo quedaban ocho mil. De los cien mil que habian llegado. No tengo ni idea de que ocurrio a aquellos ocho mil.

Aquello resultaba mucho mas dificil de lo que habia previsto. La mayor parte de lo que le contaba acerca de Minsk lo sabia por mi servicio en la Ofi cina de Crimenes de Guerra y, en particular, por el caso de Wilhelm Kube. En julio de 1943 Kube, comisario general de las SS en la Ru sia Blanca, a la que pertenecia Minsk, habia presentado una queja formal en la Ofi cina alegando que Eduard Strauch, comandante del SD en la zona, habia asesinado a setenta judios que trabajaban para Kube y se habia apropiado de sus pertenencias. Y me toco a mi hacerme cargo de la investigacion. Strauch, culpable de aquellos asesinatos -entre muchos otros-, habia presentado a su vez una queja contra Kube en la que afirmaba que su superior habia permitido que mas de cinco mil judios eludieran la muerte. Resulto que Strauch decia la verdad, pero no se quedo tranquilo hasta que se hubo vengado. Asi que lo mas probable es que fuera el quien colocara una bomba debajo de la cama de Kube en septiembre de 1943, sin darme tiempo a sacar ninguna conclusion. Pese a mis esfuerzos se inculpo del asesinato a la sirvienta rusa de Kube, que fue ahorcada de inmediato. Como sospechaba de la implicacion de Strauch en el asesinato de Kube inicie una investigacion, pero la Ges tapo se apresuro a ordenarme que abandonara el caso. Me negue. Y poco despues me mandaron al frente ruso. Pero no podia contarle nada de aquello al padre Gotovina. Seguro que no le gustaria oir que simpatizaba con el pobre Kube. Menos mal que Dios era misericordioso.

– Aunque ahora que lo pienso -dije-, si recuerdo que sucedio con esos ocho mil judios. Seis mil fuerontrasladados a Sobibor. Y dos mil fueron agrupados y asesinados en Maly Trostinec.

– Y desde entonces vivimos en paz -dijo Gotovina entre risas-. Para haberse ocupado solo de los crimenes de la NKVD esta muy informado de todo lo que sucedio en Minsk, herr Gunther. ?Sabe que me parece? Me parece que se hace el modesto. Creo que ha tenido que esconder la lampara debajo de una vasija, tal y como dice Lucas en el capitulo once del versiculo treinta y tres al treinta y seis.

– De modo que usted si ha leido la Bib lia -dije con admiracion.

– Por supuesto -respondio-. Y ahora estoy dispuesto a hacer de buen samaritano. Para ayudarle. Con dinero. Con un pasaporte. Con un arma, si la necesita. Y con un visado para escapar a donde quiera, siempre y cuando sea a Argentina. Casi todos nuestros amigos estan alli.

– Como ya le he dicho, padre, no quiero una nueva vida.

– Entonces, ?que quiere exactamente, herr Gunther? -dijo con tono de evidente tension.

– Se lo dire. Ahora soy detective privado. Trabajo para una mujer que esta buscando a su marido. Un hombre de las SS. A dia de hoy deberia haber recibido ya una postal de Buenos Aires, pero hace mas de tres anos y medio que no sabe nada de el. Asi que me ha contratado para que descubra que le ha sucedido. Lo vio por ultima vez en Ebensee, cerca de Salzburgo, en marzo de 1946. Aun estaba en la Com pania, escondido en un lugar seguro a la espera de documentacion y billetes. No quiere nada de el. Solo pretende descubrir si esta vivo o muerto. En el segundo de los casos, volvera a casarse. En el primero, no. Ya lo ve, el problema es que ella es como usted, padre. Una buena catolica.

– Una historia muy bonita -dijo.

– A mi me gusto.

– No, me lo diga. -Solto una carcajada que parecia de otra persona. Como la de un desequilibrado-. Usted es el botarate con quien se quiere volver a casar.

Espere a que dejara de reirse. Tal vez fuera por la impresion. Uno no se encuentra a diario con un sacerdote que pliega los labios hacia atras y los suelta de golpe como Peter Lorre.

– No padre, es tal y como se lo he contado. Al menos en eso soy como un sacerdote. La gente llega a mi consus problemas y yo trato de solucionarlos. La unica diferencia es que a mi no me ayuda el tipo del altar mayor.

– ?Tiene un nombre esta esposa?

– Se llama Britta Warzok. Y su marido Friedrich Warzok.

Le conte todo lo que sabia sobre el.

– Me cae bien ese hombre -dijo el padre Gotovina-. ?Tres anos sin noticias? Es muy probable que este muerto.

– Si le digo la verdad, no creo que ella quiera escuchar buenas noticias.

– ?Entonces por que no le dice lo que quiere escuchar?

– Eso no seria etico, padre.

– Hace falta mucho valor para contarme todo esto -dijo con calma-. Y eso es algo que admiro en un hombre. Podria decirse que la Com pania se alarma con facilidad. Todo lo que esta ocurriendo en Landsberg con los camisas pardas no ayuda. Hace ya cuatro anos que termino la guerra y los yanquis siguen intentando colgar a la gente, como si se creyeran estupidos sheriffs de peliculas del oeste chapuceras.

– Si, imagino que eso debe de poner nerviosos a unos cuantos companeros. Nada como la horca para hacer que un hombre se trague sus escrupulos.

– Vere que puedo averiguar. Acuda a la galeria de arte que hay junto a la Cruz Ro ja pasado manana. A las tres en punto. Si llego tarde, al menos alli estara distraido.

Comenzaron a oirse pasos junto al confesionario. El padre Gotovina descorrio la cortina y se mezclo con los fieles. Espere un minuto y sali santiguandome unicamente para no llamar la atencion. Me parecia una estupidez. Otro comportamiento peculiar de los humanos que incluir en los textos de antropologia. Como mecerse frente a una pared, arrodillarse en la direccion de una ciudad de Oriente Medio o levantar el brazo al frente y gritar «Sieg Heil». Ninguno de aquellos gestos significaba nada mas que problemas para otra gente. Si algo me ha ensenado la historia es que resulta peligroso creer en algo con demasiado fervor. Sobre todo en Alemania. Nuestro problema es que nos tomamos las creencias demasiado en serio.

14

Pasaron dos dias. Un viento del sur que habia atravesado una zona de alta presion empezaba a soplar en la ciudad. Por lo menos eso decia el meteorologo de Radio Munich. Anuncio que era el Fohn, lo que significaba que

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