Volvi a la oficina y marque el numero que frau Warzok me habia dado. Una voz suave, tal vez femenina y poco menos sigilosa que en la carcel de Spandau, contesto con un grunido y dijo que frau Warzok no estaba en casa. Deje mi nombre y mi numero. La voz me los repitio sin cometer errores. Le pregunte si hablaba con la empleada del hogar. Colgue el telefono e intente imaginarmela, y siempre aparecia como Wallace Beery con vestido negro, con un guardapolvo de plumas en una mano y el cuello de un hombre en la otra. Habia oido hablar de mujeres alemanas que se disfrazaban de hombres para evitar que los Ivanes las raparan. Pero era la primera vez que se me ocurria la idea de que un extravagante luchador pudiera disfrazarse de criada de una senora por la razon contraria.
Paso una hora con mucho trafico fuera de la ventana de mi oficina. Muchos coches, algunos camiones, una moto. Todos iban despacio. La gente entraba y salia de la oficina de correos, al otro lado de la calle. Tampoco nada iba muy rapido alli dentro, cualquiera que hubiera esperado una carta en Munich lo sabia muy bien. Para el taxista de la parada de enfrente el tiempo pasaba aun mas lento de lo que era. En cambio, por lo menos podia arriesgarse a ir a buscar tabaco y un periodico al quiosco. Yo sabia que si lo hacia me perderia la llamada. Un rato despues decidi hacer que el telefono sonara. Me puse la chaqueta, sali y me dirigi a los servicios. Cuando llegue a la puerta, me detuve unos segundos y solo me imagine haciendo lo que hubiera hecho alli dentro, y entonces el telefono empezo a sonar. Es un viejo truco de detective, pero por alguna razon nunca aparece en las peliculas.
Era ella. Despues de la criada, sonaba como un nino de coro. Tenia la respiracion un tanto agitada, como si hubiera corrido.
– ?Ha subido la escalera a zancadas? -pregunte.
– Estoy un poco nerviosa, eso es todo. ?Ha averiguado algo?
– Mucho. ?Quiere venir aqui otra vez? ?O voy a su casa?
Tenia su tarjeta en la punta de los dedos. Me la acerque a la nariz. Desprendia un ligero aroma a agua de lavanda.
– No -dijo con firmeza-. Prefiero que no venga, si no le importa. Tenemos a los decoradores aqui, ahora mismo resulta un poco dificil. Todo esta cubierto con sabanas polvorientas. No, ?por que no quedamos en el Walterspiel del hotel Vier Jahreszeiten?
– ?Esta segura de que aceptan marcos? -pregunte.
– De hecho, no -contesto-. Pero pago yo, asi que no se preocupe, herr Gunther. Me gusta ese sitio. Es el unico lugar de Munich donde saben hacer cocteles decentes. Y tengo la sensacion de que voy a necesitar un trago fuerte, me cuente lo que me cuente. ?Nos vemos dentro de una hora?
– Alli estare.
Colgue el telefono y me preocupo un poco la rapidez con que me habia prohibido ir a la casa de Ramersdorf. Me inquietaba que existiera otro motivo para no quererme alli no necesariamente relacionado con lo que tenia entre manos. Tal vez me ocultaba algo. Decidi comprobar su direccion de Bad Schachener Strasse en cuanto acabara nuestra reunion. Quiza la seguiria.
El hotel estaba a solo unas manzanas al sur, en Maximilianstrasse, cerca del Residenztheater, que todavia estaba en reformas. Por fuera era grande pero muy comun, llamaba la atencion porque el hotel habia sido casi reducido a cenizas despues de un bombardeo en 1944. Era para sacarse el sombrero ante los obreros de la construccion de Munich. Con ladrillos suficientes y horas extra, probablemente hubieran reconstruido Troya.
Entre por la puerta principal dispuesto a dar al lugar el beneficio de mi dilatada experiencia como hotelero. Dentro habia mucho marmol y madera, acorde con las caras y expresiones de los pinguinos que trabajaban alli. Un americano de uniforme se quejaba en un tono elevado muy escandaloso y en ingles al conserje, que me miro con la vana esperanza de que le diera un punetazo en la oreja al americano y le callara la boca. A juzgar por lo que costaba una noche, pense que no le quedaba mas remedio que aguantarlo. Un tipo funebre con chaque se me puso al lado con cara de merluzo y, tras una ligera inclinacion desde la cadera, pregunto si podia ayudarme en algo. Es lo que los grandes hoteles llaman servicio, pero a mi me parecio una impertinencia, como si preguntara por que alguien con unos hombros como los mios tendria el valor de pensar siquiera que podia rozarlos con la clase de gente que alojaban. Sonrei e intente disimular el enfado en la voz.
– Si, gracias -dije-. He quedado con una persona en el restaurante. El Walterspiel.
– ?Un cliente del hotel?
– No creo.
– Debe saber que en este hotel se usa divisa extranjera, senor.
Me gusto que me llamara senor, fue muy amable por su parte. Supongo que lo solto porque aquella manana me habia dado un bano. Tal vez porque yo era demasiado corpulento para vacilarme.
– Lo se, senor. No me gusta, ya que lo menciona. Pero lo se. La persona con la que he quedado tambien esta al tanto. Se lo recorde cuando sugirio este lugar por telefono. Y cuando me opuse y le dije que conocia cien sitios mejores, me dijo que no habria ningun problema. Asi que supuse que dispone de divisa extranjera. En realidad todavia no he visto el color de su dinero, pero cuando llegue, ?que le parece si le registramos el bolso para que usted tenga la conciencia tranquila cuando nos bebamos su alcohol?
– Estoy seguro de que no sera necesario, senor -comento con frialdad.
– Y no se preocupe -dije-. No pedire nada hasta que ella aparezca.
– A partir de febrero del ano que viene, el hotel aceptara marcos alemanes -aclaro.
– Bueno, esperemos que llegue antes -conteste.
– El Walterspiel esta por ahi, senor. A la izquierda.
– Gracias, agradezco su ayuda. Yo tambien trabajaba en el negocio de la hosteleria. Regente el Adlon de Berlin una temporada. Pero, ?sabe?, creo que este lugar le gana en eficacia. Nadie en el Adlon hubiera tenido la sensatez de preguntar a alguien como yo si se lo podia permitir o no. No se les hubiera ocurrido. Siga asi, esta haciendo un buen trabajo.
Me dirigi al restaurante. Habia otra salida a Marstallstrasse y una fila de sillas cubiertas de seda para la gente que esperaba coches. Eche un vistazo a la carta y los precios y luego me sente en una de las sillas a esperar llegada de mi cliente con los dolares, o cupones de cambio de divisa o lo que fuera que pretendiera utilizar cuando entregara el rescate que pedian en el Walterspiel. El maitre me lanzo una mirada durante un segundo y me pregunto si cenaria aquella noche. Le dije que esperaba que si y asi se acabo todo. La mayoria de la rabia que trasmitia su mirada estaba reservada para una mujer gruesa sentada en otra silla. He dicho gruesa, pero en realidad quiero decir gorda. Eso es lo que pasa cuando llevas casado un tiempo: dejas de decir lo que piensas. Es el unico motivo por el que la gente sigue casada. Todos los matrimonios de exito se basan en algunas hipocresias necesarias. Solo en los fracasados la gente siempre se dice la verdad.
La mujer sentada enfrente estaba gorda. Tambien tenia hambre. Lo sabia porque no paraba de comer cosas que sacaba del bolso cuando pensaba que el maitre no la veia: una galleta, una manzana, una onza de chocolate, otra galleta, un pequeno bocadillo. Salia comida de su bolso igual que algunas mujeres sacan una polvera, un pintalabios y un lapiz de ojos. Tenia la piel muy palida y blanca, y la carne rosa flaccida por debajo, parecia que la acabaran de desplumar. Unos grandes pendientes de ambar colgaban del craneo como dos caramelos de toffee. En caso de emergencia seguramente tambien se los comeria. Verla comer un bocadillo era como observar a una hiena que devora una pata de cerdo. Su hocico parecia atraer la comida.
– Estoy esperando a alguien -explico.
– Que coincidencia.
– Mi hijo trabaja para los americanos -dijo la gorda-. Me va a llevar a cenar, pero no me gusta entrar hasta que venga. Es tan caro…
Asenti, no porque estuviera de acuerdo, sino para hacerle saber que podia hacerlo. Se me ocurrio que si dejaba de moverme un rato incluso me comeria a mi tambien.
– Tan caro… -repitio-. Como ahora para no comer tanto cuando entre. Es malgastar el dinero, creo. Solo por cenar. -Empezo a devorar otro bocadillo-. Mi hijo es el director de American Overseas Airlines, en Karlsplatz.
– Lo se -dije.
– ?A que se dedica?
– Soy detective privado.
Se le ilumino la mirada, y por un instante pense que me iba a contratar para buscar un pastel perdido. Asi que tuve suerte de que fuera el momento que Britta Warzok eligio para atravesar la puerta de
