mas que generosa. Le dije que era demasiado generosa.
– Al fin y al cabo, las pruebas no ayudan mucho a su causa -comente.
– Al contrario, me ayuda mucho. -Se dio un golpecito en la frente con una una inmaculada-. Aqui dentro. Aunque no ayude a mi causa, como dice, no tiene ni idea del peso que me quita de encima. Saber que no volvera. -Me agarro de la mano, la levanto y la beso con lo que parecia sincera gratitud-. Gracias, herr Gunther. Muchas gracias.
– Ha sido un placer -dije.
Puse el sobre en el bolsillo de dentro y lo cerre para mas seguridad. Me gusto como me beso la mano. Tambien me gustaba la bonificacion, y el hecho de que me la pagara en billetes de cien marcos, bonitos y nuevos, con esa senora leyendo un libro junto a un globo terraqueo. Incluso me agradaba su sombrero, y las tres cicatrices de la cara. Todo en ella me gustaba bastante, excepto la pistolita del bolso.
Me desagradan las mujeres que llevan pistola casi tanto como los hombres. El arma y el pequeno incidente con herr Klingerhoefer, por no hablar de su evasiva para que no volviera a su casa, me hacian pensar que habia mucha mas Britta Warzok de lo que parecia a simple vista. Y como a simple vista parecia Cleopatra, eso me provoco un calambre en un musculo que de repente senti que debia estirar.
– Es usted una catolica bastante estricta, frau Warzok -dije-. ?Tengo razon?
– Por desgracia, si. ?Por que lo pregunta?
– Porque hable con un cura sobre su dilema y me recomendo que empleara el viejo recurso de la evasiva de los jesuitas -conteste-. Significa decir una cosa mientras piensa otra, por una buena causa. Al parecer lo recomendaba el fundador de los jesuitas, Ulrich Zwingli. Segun este cura con el que hable, Zwingli escribe sobre el tema en un libro llamado Ejercicios espirituales. Tal vez deberia leerlo. Dice que seria un pecado mas grave que la mentira en si misma la accion malvada que resultaria de no decirla. En este caso, usted es una jovenatractiva que quiere casarse y fundar una familia. El cura cree que si se olvidara usted del hecho de que vio a su marido vivo en la primavera de 1946 solo tendria que declarar oficialmente que estaba muerto, y asi no habria necesidad de implicar a la Ig lesia. Y ahora que sabe que realmente esta muerto, ?que tiene de malo?
Frau Warzok se encogio de hombros.
– Es interesante lo que dice, herr Gunther -dijo-. Tal vez hablemos con un jesuita para ver que nos recomienda. Pero no podria mentir en algo asi, y menos a un cura. Me temo que, para una catolica, no hay atajos faciles.
Termino su copa y luego se dio unos toquecitos con la servilleta.
– Solo es una sugerencia -dije.
Volvio a echar mano del bolso, dejo cinco dolares sobre la mesa y luego hizo un amago de irse.
– No, por favor, no se levante -dijo-. Me siento fatal por haberle estropeado la cena. Quedese y pida algo. Hay suficiente para pagar mas o menos lo que quiera. Por lo menos acabese la copa.
Me puse en pie, le bese la mano y la vi marchar. Ni siquiera miro a herr Klingerhoefer, que volvio a ruborizarse, jugueteando con la cadena, y luego dedico una sonrisa forzada a su madre. Una parte de mi queria seguirla. La otra queria quedarse y ver que podia sonsacarle a Kingerhoefer. Gano Kingerhoefer.
«Todos los clientes son unos mentirosos», me dije. Todavia no he conocido a ninguno que no tratara la verdad como algo que dosificar. Y el detective que sabe que su cliente es un mentiroso conoce toda la verdad que le corresponde, porque luego jugara con ventaja. No era asunto mio conocer la verdad absoluta sobre Britta Warzok, en caso de que existiera algo asi. Como cualquier otro cliente, tendria sus motivos para no contarmelo todo. Por supuesto, habia perdido un poco la practica. Era solo mi tercer cliente desde que empece el negocio en Munich. Aun asi, me dije, no deberia haberme dejado encandilar tanto por ella. Asi no me habria sorprendido tanto, no el hecho de pillarla mintiendo de forma tan flagrante, sino descubrir que mentia sin mas. Era tan catolica estricta como yo. Un catolico estricto no necesariamente hubiera sabido que Ulrich Zwingli fue el liderdel protestantismo suizo en el siglo XVI, pero con toda seguridad sabria que fue Ignacio de Loyola quien fundo la orden de los jesuitas. Y si estaba dispuesta a mentir en lo de ser catolica, me parecia dispuesta a mentir en todo lo demas. Incluido el pobre herr Klingerhoefer. Agarre los dolares y me acerque a su mesa.
Frau Klingerhoefer parecia haber superado todas sus reservas anteriores sobre el precio de la cena en el Walterspiel y estaba dando cuenta de una pierna de cordero como un mecanico que revuelve en unas bujias oxidadas con una llave inglesa y un martillo de goma. No dejo de comer ni un momento, ni siquiera cuando les salude. Probablemente no hubiera parado si el cordero balara para preguntar donde estaba Maria. Su hijo, Felix, iba de pareja con la ternera, cortaba triangulitos ordenados como esas vinetas de periodico que siempre veiamos de Stalin cortando en rodajas un mapa de Europa.
– Herr Klingerhoefer -dije-. Creo que le debemos una disculpa. No es la primera vez que ocurre algo asi. Sabe, la chica es demasiado presumida para llevar gafas. Es bastante probable que se conocieran de antes, pero me temo que veia demasiado mal para reconocerle de donde fuera que se conociesen. ?Creo que dijo en un avion?
Klingerhoefer se levanto, educado.
– Si -contesto-. En un vuelo desde Viena. Voy a menudo por negocios. Ahi vive, ?no? ?En Viena?
– ?Eso le dijo?
– Si -respondio, con una evidente consternacion ante mi pregunta-. ?Esta en apuros? Mi madre me ha dicho que es usted detective.
– Es cierto. No, no tiene problemas. Me encargo de su seguridad personal. Como una especie de guardaespaldas. -Sonrei-. Ella vuela, yo voy en tren.
– Que mujer mas guapa -dijo frau Klingerhoefer, mientras arrancaba el tuetano del hueso de cordero con la punta del cuchillo.
– Si, ?verdad? Frau Warzok se esta divorciando de su marido -anadi-. Por lo que yo se, no acaba de decidir si instalarse en Viena o vivir aqui, en Munich. Por eso me sorprendio un poco oir que le hablo de vivir Viena.
Klingerhoefer parecia pensativo y sacudia la cabeza.
– ?Warzok? No, estoy seguro de que no utilizo ese nombre -dijo.
– Supongo que uso su apellido de soltera -sugeri.
– No, seguro que era frau no se que -insistio-. Y no fraulein. Ya me entiende, con una mujer tan atractiva es lo primero que quieres oir, si esta casada o no. Sobre todo si eres un soltero con ganas de casarse como yo.
– Encontraras a alguien -dijo su madre, que lamia el tuetano del cuchillo-. Hay que tener paciencia, nada mas.
– ?Era Schmidt? -pregunte.
Era el nombre que utilizo la primera vez que se puso en contacto con herr Krumper, el abogado de mi ultima esposa.
– No, no era Schmidt -contesto-. Eso tambien lo recordaria.
– Mi apellido de soltera es Schmidt -explico su madre, amable.
Me quede quieto un segundo con la esperanza de que recordara el nombre que utilizo. Pero no lo hizo. Pasado un rato, volvi a disculparme y me dirigi a la puerta.
El maitre aparecio presuroso a mi lado, con los codos en alto dandole impulso como un bailarin.
– ?Todo bien, senor? -pregunto.
– Si -dije, y le entregue sus dolares-. Digame una cosa. ?Habia visto antes a esa mujer?
– No, senor -contesto-. La recordaria en cualquier parte.
– Me ha dado la sensacion de que tal vez se conocian de antes -dije. Hurgue en el bolsillo y saque un billete de cinco marcos-. ?O quizas era esta la mujer que usted reconocio?
El maitre sonrio y casi parecia timido.
– Si, senor -dijo-. Creo que era ella.
– No tiene de que temer. No muerde, esta mujer no. Pero si jamas vuelve a ver a esa otra mujer, me gustaria saberlo.
Meti el billete y la tarjeta en el bolsillo superior del chaque.
– Si, senor. Por supuesto, senor.
Sali a Marstallstrasse con la vaga esperanza de alcanzar a ver a Britta Warzok subiendo a un coche, pero se habia ido. La calle estaba desierta. Decidi pasar de ella y me dirigi hacia donde habia dejado el coche.
Todos los clientes son unos mentirosos.
