Marstallstrasse.

Llevaba una falda larga negra, una chaqueta blanca a medida ajustada en la cintura, guantes negros y largos, zapatos de tacon blancos y un sombrero que parecia prestado de un trabajador asiatico bien vestido. Cubria las cicatrices de la mejilla con mucha eficacia. Iba envuelta en un collar de perlas de cinco vueltas y llevaba enganchado al brazo un bolso con el mango de bambu, lo abrio mientras todavia me estaba saludando y rescato un billete de cinco marcos. Este fue a parar al maitre, que la saludo con una sumision digna de un miembro de la corte de la archiduquesa de Hannover. Mientras el se humillaba aun mas, mire por encima de su antebrazo el contenido del bolso. Tenia la longitud suficiente para contener una botella de Miss Dior, un talonario de cheques del Hamburger Kreditbank y una automatica del calibre 25 que parecia la hermana pequena de la que llevaba yo en el bolsillo del abrigo. No sabia que me preocupaba mas, el hecho de que tuviera la cuenta en Hamburgo o la carraca cubierta de niquel que llevaba.

La segui al restaurante dejando una estela de perfume, saludos deferentes y miradas de admiracion. No culpaba a nadie por mirar. Ademas del Miss Dior, desprendia un aire de seguridad y elegancia, como una princesa camino de ser coronada. Supuse que era la altura lo que la convertia automaticamente en el centro de atencion. Es dificil parecer majestuoso cuando apenas llegas al pomo de las puertas. Pero tambien podria ser su cuidadosa forma de vestir lo que llamaba la atencion. Eso y su belleza natural. En efecto, no tenia nada que ver con el chico que caminaba tras ella y se agarraba al ala del sombrero como si fuera la cola del vestido.

Nos sentamos. El maitre, que parecia conocerla, nos dio una carta del tamano de la puerta de la cocina. Ella dijo que no tenia mucha hambre. Yo si, pero por ella dije que yo tampoco. Es dificil decirle a una clienta que sumarido esta muerto con la boca llena de salchicha y chucrut. Pedimos la bebida.

– ?Viene mucho por aqui? -le pregunte.

– Bastante, antes de la guerra.

– ?Antes de la guerra? -Sonrei-. No parece que tenga edad para eso.

– Oh, pues si -dijo-. ?Adula a todos sus clientes, herr Gunther?

– Solo a los feos. Lo necesitan, usted no. Por eso no la estaba adulando, constataba un hecho. No parece mayor de treinta anos.

– Tenia solo dieciocho anos cuando me case con mi marido, herr Gunther -dijo-. En 1938. Ahi lo tiene, ya le he dicho mi edad. Y espero que se averguence de haberme puesto un ano de mas, sobre todo a esta edad. Durante cuatro meses mas, todavia estoy en la veintena.

Llego la bebida. Ella tomo un conac Alexander que combinaba con el sombrero y la chaqueta. Yo tome un Gibson para comerme la cebollita. La deje beber un poco de la copa antes de contarle lo que habia averiguado. Se lo dije sin tapujos, sin eufemismos ni evasivas por educacion, directo a los detalles sobre la brigada de asesinos judios que obligaron a Willy Hintze a cavar su propia tumba y arrodillarse en el borde antes de dispararle en la nuca. Despues de lo que me habia explicado en la oficina de que ella y su prometido esperaban que si Warzok estaba vivo fuera arrestado y extraditado a un pais donde colgaran a la mayoria de criminales de guerra nazis, estaba bastante seguro de que lo podia soportar.

– ?Y cree que eso fue lo que le sucedio a Friedrich?

– Si. El hombre con el que hable esta mas o menos seguro de ello.

– Pobre Friedrich -comento-. No es una muerte muy agradable, ?verdad?

– Las he visto peores -conteste. Encendi un cigarrillo-. Diria que lo siento pero no parece muy adecuado. Por muchos motivos.

– Pobre, pobre Friedrich -volvio a decir.

Acabo la bebida y pidio otra ronda. Tenia los ojos llorosos.

– Lo dice casi como si lo pensara de verdad -dije-. Casi.

– Digamos que tenia sus momentos, ?de acuerdo? Si, al principio, no cabe duda de que tenia sus momentos. Y ahora esta muerto.

Saco el panuelo y, con gran parsimonia, se seco el contorno de los ojos.

– Saberlo es una cosa, frau Warzok. Probarlo para convencer a un tribunal eclesiastico es muy distinto. Los de la Com pania, la gente que intento ayudar a su marido, no son de los que juran encima de nada excepto tal vez un punal de las SS. El hombre que conoci me lo dejo muy claro en terminos inequivocos.

– Repugnante, ?eh?

– Como una verruga comun.

– Y peligroso.

– No me sorprenderia en absoluto.

– ?Le amenazaron?

– Si, supongo que si -dije-. Pero yo no me preocuparia por eso. Las amenazas son gajes del oficio para alguien como yo. Casi ni me di cuenta.

– Por favor tenga cuidado, herr Gunther -rogo-. No me gustaria cargar con usted en la conciencia.

Llego la segunda ronda de bebidas. Me acabe la primera y coloque la copa vacia en la bandeja del camarero. La senora gorda y su hijo que trabajaba para las American Overseas Airlines entraron y se sentaron en la mesa de al lado. Me comi la cebolla rapido, antes de que me la pidiera. El hijo era aleman, pero la gabardina color burdeos que llevaba parecia sacada de la revista Esquire. O tal vez de un club nocturno de Chicago. Le iba grande, tenia las solapas amplias y hombros aun mas anchos, llevaba unos pantalones holgados, con el tiro bajo y muy ajustados al tobillo, como para resaltar los zapatos marrones y blancos. La camisa era de color blanco puro y la corbata una sombra electrica rosa. Remataba el conjunto una cadena doble para las llaves de una longitud exagerada que colgaba de un estrecho cinturon de piel. Suponiendo que no se la hubiera comido, pense que para su madre era la nina de sus ojos. El no se habria dado ni cuenta, ya que repasaba a Britta Warzok con la mirada como una lengua invisible. Al instante retiro su silla, tomo la servilleta del tamano de una funda de almohada, se levanto y se acerco a nuestra mesa como si la conociera. Sonriendo como si le fuera la vida en ello y con una vehemente reverencia, que no encajaba con el traje informal que llevaba, dijo:

– ?Como esta, senorita? ?Le gusta Munich?

Frau Warzok lo miro sin comprender. El volvio a inclinarse casi como si esperara que aquel movimiento le refrescara la memoria.

– ?Felix Klingerhoefer? ?No se acuerda? Nos conocimos en el avion.

Ella empezo a sacudir la cabeza.

– Creo que me confunde con alguien, herr…

Casi suelto una carcajada. La idea de que a Britta Warzok la confundieran con alguien, excepto tal vez con una de las tres Gracias, era demasiado absurda. Sobre todo con esas tres cicatrices en la cara. Eva Braun habria sido mas facil de olvidar.

– No, no -insistio Klingerhoefer-. No me equivoco.

Por dentro estaba de acuerdo, pense que era una torpeza por parte de ella fingir haber olvidado un nombre asi, sobre todo cuando el acababa de mencionarlo. Me quede en silencio, a la espera del desenlace.

Entonces, sin hacerle caso, Britta Warzok me miro y dijo:

– ?De que hablabamos, Bernie?

Me parecio raro que escogiera aquel preciso instante para utilizar mi nombre de pila por primera vez. No la mire. En cambio, mantuve la vista clavada en Klingerhoefer con la intencion de que eso lo animara a decir algo mas. Incluso le sonrei, creo. Solo asi descartaria la idea de que me iba a envalentonar con el. Pero se habia quedado atascado como un perro en un tempano de hielo. Tras una tercera reverencia, murmuro una disculpa y volvio a su mesa con la cara del mismo color que su extravagante atuendo.

– Creo que le estaba hablando de la gente extrana con la que me pone en contacto este trabajo -dije.

– ?Verdad que lo es? -susurro, al tiempo que lanzaba una mirada nerviosa en direccion a Klingerhoefer-. Sinceramente, no se de donde ha sacado la idea de que nos conociamos. Nunca lo habia visto.

Sinceramente. Me encanta cuando los clientes hablan asi, sobre todo las mujeres. Todas mis dudas sobre su honestidad se disiparon al instante, claro.

– Con ese traje, creo que lo recordaria -anadio, redundante.

– Sin duda -dije, mientras observaba a aquel hombre-. Seguro que lo recordaria.

Ella abrio el bolso, saco un sobre y me lo dio.

– Le prometi una bonificacion. Aqui esta.

Vi algunos billetes en el interior del sobre. Habia diez, todos rojos. No eran cinco mil marcos. Aun asi, era

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