verdad. Aun sentia el estomago como si lo tuviera pegado a la columna vertebral.

El hombre mas pequeno llevaba una chaqueta Trachten gris con solapas de color verde cazador a juego con los bolsillos, punos y codos en forma de hoja de roble. Los pantalones eran de franela gris, los zapatos marrones, parecia el Fuhrer listo para pasar la noche en su residencia de Berchtesgaden. Tenia la voz suave y civilizada, algo que habria supuesto un cambio agradable si la experiencia no me hubiera ensenado que normalmente los mas tranquilos eran los peores sadicos de todos, sobre todo en Alemania. La carcel de Landberg estaba llena de tipos civilizados con la voz suave como el hombre de la chaqueta Trachten.

– Es usted un hombre afortunado, herr Gunther -dijo.

– A mi tambien me lo parece -conteste.

– De verdad estuvo en las SS, ?no?

– Intento no hacer alarde de ello -dije.

Estaba perfectamente quieto, casi en posicion de firmes, con los brazos a los lados, como si hubiera estado dirigiendo un desfile. Tenia el porte y las maneras de un oficial superior de las SS, asi como la mirada y la forma de hablar. Un tirano, como Heydrich o Himmler, uno de esos psicopatas anormales que solia estar al mando debatallones de policia en los rincones mas remotos del gran Reich aleman. No era un tipo para hacerse el displicente, me dije. Un autentico nazi. El tipo de hombre que odiaba, sobre todo ahora que se suponia que nos ibamos a deshacer de ellos.

– Si, le hemos investigado -dijo-. En nuestras listas de batallones. Tenemos listas de antiguos hombres de las SS, ya sabe, y usted figura en ellas. Por eso digo que es usted muy afortunado.

– Podria ser -replique-. Tengo una fuerte sensacion de pertenencia desde que me cogisteis.

Durante todos aquellos anos habia mantenido la boca cerrada sin decir nada, como todo el mundo. Tal era el fuerte olor a cerveza y su comportamiento de nazi, pero de repente recorde a algunos hombres de las SA que entraron en un bar, dieron una paliza a un judio y yo sali fuera y les deje hacer. Debia de ser 1934. Tendria que haber dicho algo. Y ahora que sabia que no iban a matarme, de repente quise compensar aquello. Queria decirle a ese pequeno tirano nazi lo que de verdad pensaba de el y de la gente como el.

– Yo no me lo tomaria a la ligera, herr Gunther -dijo con amabilidad-. El unico motivo por el que sigue vivo es que esta en esa lista.

– Es un placer saberlo, herr general.

Se estremecio.

– ?Me conoce?

– No, pero conozco su estilo -dije-. La tranquilidad con que espera ser obedecido. Esa sensacion absoluta de la superioridad de la raza elegida. Supongo que no es de extranar, dado el calibre de los hombres que trabajan para usted. Pero siempre era asi con los generales de las SS, ?verdad? -Mire con asco a los hombres que me habian llevado hasta alli-. Buscar algunos sadicos debiles mentales para hacer el trabajo sucio o, mejor aun, a alguien de otra raza. Un leton, ucraniano, rumano, incluso un frances.

– Aqui todos somos alemanes, herr Gunther -dijo el generalito-. Todos. Todos viejos companeros. Incluso usted, lo que convierte su reciente conducta en todavia mas inexcusable.

– ?Que he hecho? ?Olvidar pulir las nudilleras?

– Deberia ser mas inteligente y no hacer preguntas sobre la Te larana y la Com pania. No todos tenemos tanpoco que esconder como usted, herr Gunther. Algunos podriamos enfrentarnos a la pena de muerte.

– Dada la compania actual, es facil de creer.

– Su impertinencia no le hace ningun favor a usted ni a su organizacion -dijo, casi con tristeza-. «Mi honor es mi lealtad.» ?Significa algo para usted?

– En lo que a mi respecta, general, solo eran palabras inscritas en la hebilla de un cinturon. Otra mentira nazi como «Fuerza a traves de la alegria».

Otro motivo por el que dije lo que dije al generalito, por supuesto, era que nunca habia tenido la In teligencia suficiente para hacer de general yo mismo. Tal vez no fuera a matarme, pero quiza deberia haber tenido en cuenta el hecho de que todavia podian herirme. Creo que sabia que siempre era eso lo que estaba en juego. Y en aquellas circunstancias supongo que pense que no tenia nada que perder al dar mi opinion.

– O la mejor mentira de todas. Mi favorita. Aquella en que las SS sonaban con hacer que la gente se sintiera mejor con su situacion. «El trabajo os hace libres.»

– Veo que tendremos que reeducarle, herr Gunther -dijo-. Por su propio bien, por supuesto. Para evitar mas situaciones desagradables en el futuro.

– Puede disfrazarlo como quiera, general. Pero la gente como ustedes siempre preferia pegar a la gente a…

No acabe la frase. El general asintio a uno de sus hombres, el de la porra, y fue como soltar a un perro de la correa. De inmediato, sin dudarlo un segundo, el hombre dio un paso adelante y me golpeo fuerte con ella en los brazos, y luego en los hombros. Senti que todo mi cuerpo se arqueaba en un espasmo involuntario mientras, todavia esposado, intentaba bajar la cabeza entre los omoplatos.

Disfrutando de su trabajo, se rio suavemente cuando el dolor me hizo caer sobre las rodillas, se puso detras de mi y golpeo cerca de la parte superior de la columna, un golpe terrible que me dejo la boca con sabor a Gibson y sangre. Eran golpes de experto, diria, con el objetivo de causarme el maximo dolor.

Me desplome sobre el costado y quede en el suelo junto a sus pies. Pero si pensaba que seria demasiado vagopara agacharse y seguir pegandome, estaba equivocado. Se quito la chaqueta y se la entrego al hombre del bombin. Luego empezo a golpearme de nuevo. Me pego en las rodillas, los tobillos, las costillas, las nalgas y las espinillas. Con cada golpe la porra sonaba como si alguien azotara una alfombra con el mango de una escoba.

Incluso mientras rezaba para que cesaran los golpes alguien empezo a soltar palabrotas, como si la violencia de los golpes en mi cuerpo fuera considerable, y yo tarde muchos mas segundos terribles en darme cuenta que era yo quien proferia esos insultos. Ya me habian pegado antes, pero nunca tan a conciencia. Y probablemente la unica razon por la que me parecio que durara tanto fue que evito pegarme en la cara y la cabeza, lo que me habria llevado a un feliz estado de inconsciencia. Lo mas angustioso de todo fue cuando empezo a repetir los golpes y me pego donde ya lo habia hecho y solo habia ya un moraton doloroso. Entonces fue cuando empece a gritar, como si estuviera enfadado conmigo mismo por no perder la conciencia para huir del dolor.

– Es suficiente de momento -dijo el general, por fin.

El hombre que empunaba la porra se retiro, con la respiracion agitada, y se seco la frente con el antebrazo.

Luego el tipo del bombin se rio y, tras devolverle la chaqueta, dijo:

– Es el trabajo mas duro que has hecho en toda la semana, Albert.

Me quede inmovil. Sentia el cuerpo como si me hubieran apedreado por adulterio sin el placer del recuerdo del adulterio. Tenia todo el cuerpo dolorido. Y todo por diez senoras rojas. Me habian dado mil marcos y me dije que habria otros mil marcos rojos cuando me mirara por la manana. Suponiendo que todavia tuviera el estomago de volver a mirarme en la vida. Pero todavia no habian acabado conmigo.

– Recogelo -dijo el general-. Y traelo aqui.

Entre bromas y maldiciones de mi peso, me arrastraron hasta donde estaba ahora, junto a un barril de cerveza. Encima habia un martillo y un cincel. No me gustaba la pinta que tenian el martillo y el cincel. Y todavia me gustaron menos cuando el hombre grande los cogio con la mirada de quien esta a punto de empezar trabajar una escultura. Tuve la horrible sensacion de ser la pieza de marmol escogida por ese deleznable Miguel Angel. Me levantaron hacia el barril y colocaron plana una de las manos esposadas sobre la tapa de madera. Empece a resistirme con las fuerzas que me quedaban y ellos se rieron.

– Resiste, ?no? -dijo el grandullon.

– Es un autentico luchador -admitio el hombre de la porra.

– Callaos, todos -ordeno el general. Luego me agarro de la oreja y la retorcio contra la cabeza, me dolio mucho-. Escucheme, Gunther -dijo-. Escucheme. -El tono era casi amable-. Ha estado metiendo sus enormes narices en cosas que no le incumben. Como aquel estupido holandes que metio el dedo en el agujero de la zanja. ?Sabe una cosa? Nunca cuentan toda la historia de lo que le ocurrio. Y, lo mas importante, que paso con su dedo. ?Sabe lo que paso con su dedo, herr Gunther?

Proferi un alarido cuando alguien me sujeto la mano y la apreto contra la tapa del barril. Luego separaron el menique de los demas con lo que parecia el cuello de una botella de cerveza. Entonces senti el borde afilado del

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