Paso otra semana, un largo fin de semana en Kassel, durante el cual no sucedio nada en absoluto y no habia nada que mirar. Ni siquiera mis enfermeras eran entretenidas. Eran macizas amas de casa alemanas, con maridos, ninos, papada, antebrazos imponentes, piel de naranja y el pecho como una almohada. Con sus delantales y gorras blancos y rigidos, tenian aspecto y se comportaban como si estuvieran blindadas. No es que hubiera cambiado mucho de haber sido mas atractivas. Me sentia debil como un recien nacido. Y la libido de un hombre se frena cuando el objeto de su atencion es quien va a buscar, lleva y, era de suponer, vacia su orinal. Ademas, reservaba toda mi energia mental para pensamientos que no tenian nada que ver con el amor. La venganza era mi constante preocupacion. La unica pregunta era: ?vengarse de quien?

Aparte de la certeza de que los hombres que me hicieron picadillo eran enviados del padre Gotovina, no sabia nada de ellos. Excepto que eran antiguos miembros de las SS como yo, y posiblemente policias. El cura era mi unica pista real y, poco a poco, decidi vengarme en la persona del padre Gotovina.

Sin embargo, no subestimaba la gravedad y dificultad de dicha tarea. Era un hombre grande y poderoso y, en mi estado de extrema debilidad, sabia que no era capaz de acometer la tarea de eliminarlo. Una nina de cincoanos con una bolsa de caramelos en el puno y un buen derechazo hubiera limpiado el suelo de la guarderia conmigo. Pero, aunque hubiera sido lo bastante fuerte para enfrentarme a el, seguro que me reconoceria y luego les diria a sus amigos de las SS que me matasen. No me parecia el tipo de cura con escrupulos para algo asi. Asi que, fuera lo que fuera a hacerle al cura, requeriria un arma de fuego y, en cuanto lo comprendi, tambien me di cuenta de que tenia que matarlo. No parecia haber alternativa. Una vez apuntara la pistola hacia el, no habria lugar para medias tintas. Lo mataria o seguro que lo haria el.

Matar a un hombre porque ha instado a otros hombres a hacerme dano puede parecer desproporcionado, y tal vez lo fuera. Mi equilibrio mental podia haberse visto perjudicado por todo lo sucedido. Pero tal vez habia otro motivo. Despues de lo que habia visto y hecho en Rusia, tenia menos respeto a la vida humana que antes, la mia incluida. Tampoco habia sido nunca un cuaquero. En tiempos de paz mate a muchos hombres. No disfrute con ello, pero una vez has matado, luego resulta mas facil volver a hacerlo. Incluso a un cura.

Una vez resuelto quien, las preguntas se centraron en el cuando y el como. Y eso me llevo a percatarme de que si lograba matar al padre Gotovina, me convendria irme de Munich una temporada. Tal vez para siempre. Por si uno de sus amigos cortadedos de la Com pania sumaban dos mas dos y me atrapaban. Fue mi medico, el doctor Henkell, quien me ofrecio una solucion al problema de donde ir si me iba de Munich.

Henkell era alto como una farola, con el pelo gris propio de la Weh rmacht y la nariz como las charreteras de un general frances. Tenia los ojos de un tono azul lechoso, con el iris del tamano de puntos de lapiz. Parecian bolitas de caviar sobre platos de porcelana Meissen. Tenia una arruga en la frente tan pronunciada como los railes de una via, y un hoyuelo hacia que el menton pareciera la insignia de un Volkswagen. Era un rostro solemne e imponente que podria perfectamente pertenecer a un duque de bronce del siglo XV, montado sobre un caballo hecho de canones fundidos y colocado frente a un palacio con salas de tortura de frio y calor. Llevaba unas gafas con la montura de acero que la mayoria del tiempo estaban en la frente y pocas veces en la nariz y, alrededor del cuello, una llave Evva del botiquin de mi habitacion y muchas otras como esa para otros lugares del hospital. Se robaban medicamentos con frecuencia en el hospital estatal. Estaba bronceado y tenia un aspecto saludable, algo que no era de extranar, ya que tenia un chale cerca de Garmisch-Partenkirchen al que acudia casi todos los fines de semana: en verano para hacer senderismo y alpinismo, en invierno para esquiar.

– ?Por que no va y se queda ahi? -dijo, mientras hablaba de aquel lugar-. Es justo lo que necesita para recuperarse de una enfermedad como la suya. Un poco de aire puro de la montana, buena comida, paz y tranquilidad. Volveria a recobrarse enseguida.

– Es usted muy generoso, ?no? -comente-. Para ser medico, me refiero.

– Tal vez usted me guste.

– Lo se. Es facil cogerme carino. Duermo durante todo el dia y la mitad de la noche. En realidad, ha visto mi mejor cara, doctor.

Me enderezo la almohada y me miro a los ojos.

– Puede ser que haya visto mas de Bernie Gunther de lo que el se cree -dijo.

– Oh, ha encontrado mi cualidad oculta -conteste-. Despues de todas las molestias que me tome para esconderla.

– No esta tan bien escondida -dijo-. Siempre que uno sepa lo que busca.

– Esta empezando a preocuparme, doctor. Al fin y al cabo, me ha visto desnudo. Ni siquiera llevomaquillaje, y debo de llevar el pelo hecho un desastre.

– Tiene suerte de estar tumbado boca arriba, debil como un gatito -dijo, meneando el dedo hacia mi-. Otro comentario como ese y mis atenciones en el hospital pueden convertirse en cuidados de cuadrilatero. Sepa que en la universidad me consideraban un boxeador con mucho futuro. Creame, Gunther, puedo abrir un corte con la misma rapidez que lo coso.

– ?Eso no iria en contra del juramento hipocratico, o como lo llameis vosotros, los administradores de pastillas, cuando os haceis los importantes? En cualquier caso, algo griego.

– Quizas haga una excepcion en su caso y lo estrangule con mi estetoscopio.

– Entonces no llegaria a saber por que le gusto -dije-. ?Sabe? Si de verdad le gustara me conseguiria un cigarrillo.

– ?Con sus pulmones? Olvidelo. Si sigue mi consejo, jamas volvera a fumar. Es muy probable que la neumonia haya dejado una cicatriz en el pulmon. -Se detuvo un momento y anadio-: Una cicatriz tan pronunciada como la que tiene bajo el brazo.

Fuera de la habitacion alguien empezo a perforar. Estaban de reformas en el hospital, igual que en el hospital femenino donde murio Kirsten. A veces parecia que no hubiera un solo lugar en Munich donde no hicieran obras. Sabia que el doctor Henkell tenia razon. Un chale en Garmisch-Partenkirchen seria mucho mas apacible y tranquilo que el deposito de obreros donde me encontraba ahora. Lo que ordenara el medico, aunque este empezara a sonar sospechosamente como un viejo companero.

– Tal vez nunca llegue a hablarle de los hombres que me pusieron las garras encima -dije-. Ellos tambien tienen cualidades ocultas. Ya sabe, como el honor y la lealtad. Y solian llevar sombrero negro con unas senalespequenas muy divertidas porque querian parecer piratas y asustar a los ninos.

– De hecho, me dijo que eran policias -intervino-. Los que le dieron la paliza.

– Policias, detectives, abogados y medicos -dije-. Una lista interminable de profesiones a las que los viejos companeros pueden dedicarse.

El doctor Henkell no me contradijo.

Cerre los ojos. Estaba cansado, hablar me agotaba. Todo me hacia sentir exhausto. Parpadear y respirar al mismo tiempo me cansaba. Dormir me agotaba, pero nada me extenuaba tanto como los viejos companeros.

– ?Que era usted? -pregunte-. ?Inspector de campos de concentracion? ?O solo otro tipo que obedecia ordenes?

– Yo estaba en la 10? Division Panzer SS Frundsberg -respondio.

– ?Como demonios acaba un medico en un tanque? -pregunte.

– ?Sinceramente? Pense que estaria mas seguro dentro de un tanque. Y, en la mayoria de casos, era cierto. Estuvimos en Ucrania de 1943 hasta junio de 1944, cuando nos enviaron a Francia. Entonces estuvimos en Arnhem y Nimegen. Luego Berlin, despues Spremberg. Yo fui afortunado. Consegui entregarme a los yanquis, en Tangermunde. -Se encogio de hombros-. No me arrepiento de haberme unido a las SS. Los hombres que sobrevivieron conmigo seran mis amigos para el resto de mis dias. Haria cualquier cosa por ellos. Cualquier cosa.

Henkell no me pregunto por mi servicio en las SS. Sabia que era mejor no preguntar. Era algo de lo que hablabas o no. Yo nunca queria volver a hablar de eso. Me daba cuenta de que sentia curiosidad, pero eso solo reforzaba mi determinacion de no decir nada. Que pensara lo que quisiera, en realidad no me importaba.

– De hecho -dijo-, me haria un gran favor. Si fuera a Monch, es el nombre de mi casa en Sonnenbichl. Un amigo mio esta viviendo alli ahora, podria hacerle compania. Esta en silla de ruedas desde la guerra y tiende a deprimirse. Podria ayudarle a mantenerse con la moral alta. Seria bueno para ambos, ya ve. Hay una enfermera y una mujer que va a cocinar. Estaria muy comodo.

– Ese amigo suyo…

– Eric.

– No sera tambien un antiguo companero, ?verdad?

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