– Estuvo en la 9? Division Panzer SS -contesto Henkell-. Hohenstaufen. Tambien estuvo en Arnhem. Su tanque fue atacado por una pistola de 77 milimetros britanica en septiembre de 1944. -Henkell hizo una pausa -. Pero no es un nazi, si es eso lo que le preocupa. Ninguno de los dos fuimos jamas miembros del Partido.

Sonrei.

– Para lo que importa -dije-, yo tampoco lo fui. Pero dejeme que le de un consejo: jamas le diga a la gente que nunca fue miembro del Partido. Pensaran que tiene algo que esconder. No logro entender adonde huyeron todos esos nazis. Supongo que los tendran los Ivanes.

– Nunca lo he pensado asi -dijo.

– Yo solo fingire no haber oido lo que ha dicho y luego no me sentire tan decepcionado cuando resulte ser el hermano listo de Himmler, Gebhard.

– Le gustara -dijo Henkell.

– Seguro que si. Nos sentaremos junto al fuego y nos cantaremos el uno al otro la cancion de Horst Wessel antes de acostarnos por la noche. Le leere algunos capitulos de Mein Kampf y el me deleitara con Treinta articulos de guerra para el pueblo aleman del doctor Goebbels. ?Que le parece?

– Que he cometido un error -dijo Henkell en un tono grave-. Olvide que lo he mencionado, Gunther. Acabo de cambiar de opinion. Al fin y al cabo, no creo que usted le hiciera ningun bien. Esta usted incluso mas amargado que el.

– Levante el pie del acelerador Panzer, doctor -dije-. Ire. Cualquier sitio sera mejor que este. Necesitare un sonotone si me quedo aqui.

19

Una de las enfermeras era de Berlin. Se llamaba Nadine, nos llevabamos bien. Vivia en Guntzelstrasse, en Wilmersdorf, muy cerca de mi antiguo domicilio, en Trautenaustrasse. Practicamente habiamos sido vecinos. Habia trabajado en el Charite Hospital, donde la violaron veintidos Ivanes en el verano de 1945. Despues de aquello, perdio el entusiasmo por la ciudad y se mudo a Munich. Tenia un rostro mas bien refinado, casi noble, el cuello erguido, los hombros anchos, la espalda larga y fuerte y las piernas correctamente formadas. Era corpulenta como una yegua de Oldenburg. Era tranquila, con un temperamento agradable y, por algun motivo, yo le gustaba. Despues de unos dias ella tambien me gustaba. Nadine llevo un mensaje al pequeno Faxon Stuber, el taxista solo de extranjeros, donde le pedia que me visitara en el hospital.

– Dios mio, Gunther -exclamo-. Pareces un chucrut de la semana pasada.

– Lo se. Deberia de estar en el hospital. Pero ?que puedo hacer? Uno tiene que ganarse la vida, ?no?

– No podria estar mas de acuerdo. Y espero que por eso este yo aqui.

Sin mas preambulos, le indique el armario donde colgaba mi ropa, la cartera en el bolsillo interior y las diez senoras rojas que esperaban ahi.

– ?Las has encontrado?

– Senoras rojas. Mis chicas favoritas.

– Hay diez y son tuyas.

– Yo no mato a gente -declaro.

– He visto como conduces y solo es cuestion de tiempo, chaval.

– Pero que sepas que cuentas con mi ayuda.

Le conte lo que queria hacer. Tuvo que sentarse cerca de mi cama para oir lo que le decia porque a veces hablaba muy bajo. Sonaba como una rana en la garganta del Holandes Errante.

– Dejame que lo aclare -dijo-. Igual que la otra vez, te saco fuera, te llevo a donde quieras ir y te devuelvo aqui, ?correcto?

– Sera durante la hora de visitas, asi que nadie sabra que me he ido -le dije-. Ademas, llevaremos monos de obreros. Me lo pondre encima del pijama. Los obreros son invisibles en esta ciudad. ?Que ocurre? Pareces un gato dando vueltas alrededor de la leche.

– Si suena raro es porque no te veo saliendo de aqui en otra cosa que no sea una caja de madera, Gunther. Estas enfermo. He visto insectos con pinta de tener mas fuerzas. No llegarias ni al aparcamiento.

– Eso ya lo he pensado -replique, y le ensene una botellita de liquido rojo que tenia escondida bajo las sabanas-. Metanfetamina. La robe.

– ?Y crees que eso te hara tenerte en pie?

– Lo suficiente para hacer lo que quiero hacer -respondi-. Se lo daban a los pilotos de la Luf twaffe durante la guerra. Cuando estaban extenuados. Volaban sin necesidad de avion.

– De acuerdo -dijo, al tiempo que se guardaba las senoras rojas-. Pero si te escapas o te caes no esperes que yo me encargue de transportarte. Enfermo o no, todavia eres un hombre grande, Gunther. Ni Josef Manger podria levantarte si su medalla de oro olimpica no dependiera de ello. Y otra cosa. Por lo que he oido, esa drogatiene tendencia a convertir a la gente en charlatana. Pero yo no quiero saber nada, ?de acuerdo? Sea lo que sea lo que estes tramando, no quiero saberlo. Y en cuanto me lo digas, me sentire con derecho a no hacerte caso. ?Queda claro?

– Claro como media botella de Otto -conteste.

Stuber sonrio.

– De acuerdo -dijo-. No lo he olvidado. -Saco medio litro de Furst Bismarck del bolsillo y lo deslizo debajo de mi almohada-. Pero no bebas demasiado. El aguardiente y un punado de matones no deben de ser una buena combinacion. No quiero que vomites en mi taxi como un Popov apestoso.

– No te preocupes por mi, Faxon.

– No me preocupo por ti. Si parece que estoy preocupado es porque me preocupo por mi. No lo parece, pero hay una gran diferencia, ?ves?

– Claro, lo entiendo. Es lo que los loqueros llaman Gestalt.

– Si, bueno, tu lo sabras mejor que yo, Gunther. Por lo que he oido hasta ahora, probablemente quieras que te examinen la cabeza.

– Todos queremos, Faxon, amigo. Todos queremos. ?No has oido hablar de la culpa colectiva? Tu eres igual de malvado que Joseph Goebbels, y yo, igual que Reinhard Heydrich.

– ?Reinhard que?

Sonrei. Era cierto, Heydrich llevaba muerto mas de siete anos. Pero era un poco desconcertante descubrir que Stuber nunca habia oido hablar de el. Tal vez fuera mas joven de lo que imaginaba.

O eso, o era mucho mayor de lo que me parecia. Y eso era muy poco probable.

20

La metanfetamina en las venas me hacia sentir como si fuera mi vigesimo primer aniversario. Era facil entender por que les daban esa sustancia a los pilotos de la Luf twaffe. Con la cantidad suficiente de ese jugo acelerador en la sangre no te lo pensarias dos veces para aterrizar un Messerschmitt en el tejado del Reichstag. Me sentia mejor de lo que parecia, por supuesto. Y sabia que ni me acercaba siquiera a la fuerza que me hacia sentir la droga. Caminaba como si aprendiera a andar de nuevo. Sentia como si hubiera tomado prestadas las piernas y manos de uno de los juguetes descartados de Geppetto. Con la cara palida, un mono negro sucio y demasiado grande, el pelo sudoroso y unos zapatos inexplicablemente pesados, me dije que solo me faltaba un tornillo en el cuello para hacer el casting final de una pelicula de Frankestein. Era peor cuando hablaba. Mi voz hacia que el monstruo sonara como Marlene Dietrich.

Camine hasta el ascensor y luego me sente en una silla de ruedas. El hospital estaba lleno de visitas y nadie nos prestaba atencion, mucho menos los medicos y enfermeras que, por lo general, aprovechaban la hora de visitas para hacer una pausa o ponerse al dia con el papeleo. Todos tenian sobrecarga de trabajo y estaban mal pagados.

Stuber me llevo rapido a su taxi Volkswagen. Me coloque en el asiento de atras, ahorre energias y deje que

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