por el que entraba en esa iglesia con el asesinato en mente. No se trataba solo de una dura paliza y la perdida de mi dedo menique. Era algo mucho mas importante. En todo caso, la paliza me habia despertado los sentidos en cuanto quien era esa gente y lo que habian hecho, no solo a millones de judios, sino a millones de alemanes como yo. A mi. Valia la pena matar por eso.

21

Me sente en la nave lateral de la iglesia del Espiritu Santo, del siglo xv, cerca del confesionario, y espere a que estuviera libre. Estaba mas o menos seguro de que Gotovina estaba dentro porque tenia a la vista a los otros dos curas que habia visto en mi visita anterior. Uno de ellos, un autentico cura comprensivo con una sonrisa de aguantar a los ninos pequenos, mantenia una discreta conversacion con una mujer grandecita que iba al mercado justo en el interior de la puerta principal. El otro, de aspecto delicado, con el pelo oscuro y bigote de proxeneta, que sujetaba un baston con el mango de plata, renqueaba hacia el altar mayor como un insecto de solo tres patas, como si algo le hubiera dado un fuerte manotazo y se encaminara a rezar por ellos.

En aquel lugar reinaba un fuerte olor a incienso, madera recien cortada y mortero de construccion. Un hombre con un parche afinaba un piano esplendido de una forma que hacia pensar que probablemente perdia el tiempo. Unas seis o siete filas delante de mi, habia una mujer arrodillada rezando. Una gran cantidad de luz entraba por las altas ventanas arqueadas y, por encima de ellas, las ventanitas redondas. El techo parecia la tapa de una caja de galletas muy elaborada. Alguien movio una silla y, en el cavernoso interior de la iglesia, sono como un asno que soltaba un fuerte rebuzno de discrepancia. Ahora que volvia a verlo, el altar, de marmol negro y oro, me recordaba a una sofisticada gondola funeraria veneciana. Era de ese tipo de iglesias donde casi esperas que haya un botones que te ayude a llevar el cantoral.

El efecto de la anfetamina empezaba a pasarse un poco. Queria estirarme. El banco de madera pulida en el que estaba sentado comenzaba a tener un aspecto muy comodo y tentador. Entonces la cortina verde del confesionario se movio, la corrieron del todo y salio una mujer atractiva de unos treinta anos. Sujetaba un rosario, se santiguaba mas como formalidad que por otra cosa. Llevaba un vestido rojo ajustado y era facil ver por que habia pasado tanto tiempo en el confesionario. Por su mirada, ninguno de los pecados veniales la hubiera retenido. Estaba hecha para un solo tipo de pecado, el pecado mortal que proferia un fuerte grito a los cielos cuando conseguias tocarla en el lugar adecuado. Cerro los ojos un momento e inspiro hondo de tal manera que disparo mi libido hasta realcanzar la cuspide de las columnas rococo y la volvio a calmar. Los guantes de terciopelo iban a juego con el bolso, que a su vez conjuntaba con los zapatos, que iban a conjunto con el pintalabios, que combinaba con el velo del sombrerito que cumplia con su funcion. El escarlata era un color muy adecuado para ella. Parecia la palabra hecha carne, mientras la palabra fuera «sexo». Una especie de epifania. La campeona de peso pesado de todas las mujeres de vida disoluta vestidas de escarlata. Cuando la veias, pensabas que el Libro de las Revelaciones probablemente tenia un nombre adecuado. Era Britta Warzok.

Ella no me vio. No hizo ningun acto de contricion ni penitencia. Solo se volvio sobre sus tacones altos, camino rapido por la nave lateral y salio de la iglesia. Por un momento me quede demasiado sorprendido parareaccionar. Si no me hubiera asombrado tanto, hubiera llegado al confesionario a tiempo para volarle los sesos al padre Gotovina. Pero para cuando hube recobrado la compostura, el cura estaba fuera del confesionario y caminaba hacia el altar. Hablo un momento con el cura de mirada timida y luego desaparecio por una puerta en la parte trasera de la iglesia.

No me habia visto. Por un momento pense en perseguir al cura croata hasta la sacristia, si es que iba hacia alli, y matarle. Pero ahora habia preguntas que necesitaban una respuesta, para las que todavia no tenia la fuerza suficiente. Preguntas sobre Britta Warzok, que tendrian que esperar hasta que me sintiera con fuerzas. Preguntas que requerian un poco mas de reflexion antes de formularlas.

Recogi mi bolsa de herramientas y sali lentamente de la iglesia hacia Viktualienmarkt, donde el aire fresco me hizo revivir un poco. La campana de la iglesia tocaba la media hora. Di unos pasos y luego me apoye en la chica de Nivea que adornaba una columna de posteres.

Podria haber usado todo un bote de Nivea en mi alma. Aun mejor, un bote entero de la chica.

El escarabajo de Stuber vino rapido hacia mi. Durante un minuto pense que iba a atropellarme. Pero se detuvo con brusquedad, se inclino sobre el asiento del copiloto y abrio la puerta. Me preguntaba por que tenia tanta prisa. Luego recorde que probablemente estaba trabajando con la hipotesis de que habia disparado y matado a alguien en la iglesia. Sujete la puerta del coche.

– No pasa nada -dije-. No hay prisa, no lo he hecho.

Puso el freno y salio, mas calmado, para ayudarme a entrar en el coche como si fuera su anciana madre y me encendio otro cigarrillo cuando por fin me acomodo. De nuevo en el asiento del conductor, acelero el coche, espero que un pequeno grupo de ciclistas pasara pedaleando, y luego nos pusimos en camino.

– ?Por que has cambiado de opinion? -pregunto.

– Una mujer.

– Supongo que eso buscan -dijo-. Suena a que era una enviada de Dios.

– Esta no -conteste. Di una calada al cigarrillo y esboce una mueca de dolor cuando el calor golpeo en la cicatriz mas reciente-. No se quien demonios la envia, pero voy a descubrirlo.

– Una mujer misteriosa, ?eh? Sabes, tengo una teoria: el amor es solo una forma transitoria de enfermedad mental. En cuanto lo sabes, puedes enfrentarte a el. Enfrentarte a el, medicarte contra el.

Stuber continuo hablando sobre una novia que tuvo que lo trato mal y yo deje de escucharlo un rato. Estaba pensando en Britta Warzok.

Una pequena parte de mi cerebro me decia que tal vez era mejor catolica de lo que yo pensaba. En tal caso, su reunion con el padre Gotovina podria haber sido una mera coincidencia. Tal vez la suya fuera una autentica confesion y siempre habia sido trigo limpio. Preste atencion a esta parte de mi cerebro un minuto o dos y luego lo deje. Al fin y al cabo, esa parte aun creia en la capacidad de perfeccion del ser humano. Gracias a Adolf Hitler, todos sabemos de que sirve.

22

Pasaban los dias. Me recupere un poco. Llego el fin de semana y el doctor Henkell dijo que estaba listo para viajar. Tenia un Mercedes sedan nuevo de color granate, de cuatro puertas, habia recorrido todo el camino hasta la fabrica de Sindelfingen para recogerlo, y estaba muy orgulloso de el. Me dejo sentarme en la parte de atras para que estuviera mas comodo en el trayecto de noventa kilometros a Garmisch-Partenkirchen. Salimos de Munich por la autovia numero 2, una carretera bien trazada que nos llevo por Starnberg, donde le hable a Henkell sobre el eponimo baron y la fantastica casa donde vivia en el Maybach Zeppelin, que usaba para agotar las tiendas. Y, como le gustaban mucho los coches, tambien le hable de la hija del baron, Helene Elisabeth, y del Porsche 356 que conducia.

– Es un coche bonito -dijo-. Pero a mi me gustan los Mercedes.

Y procedio a hablarme de otros coches guardados en su garaje de Ramersdorf. Ahora incluia mi Hansa, que Henkell habia tenido la amabilidad de quitarlo del lugar donde lo deje la noche en que me atraparon los companeros.

– Los coches son como una aficion para mi -me confeso mientras ibamos hacia Traubing y los Alpes-. Igual que el alpinismo. He subido todos los grandes picos de los Alpes Ammergau.

– ?Incluido el Zugspitze?

El Zugspitze, la montana mas alta de Alemania, era el motivo principal por el que la mayoria de la gente iba a Garmisch-Partenkirchen.

– Eso no es alpinismo -contesto-. Es un paseo. Tu lo estaras subiendo en unas semanas. -Sacudio la cabeza-. Pero mi verdadero interes es la medicina tropical. En Partenkirchen hay un pequeno laboratorio que los americanos me dejan usar. Mantengo una buena relacion con uno de los oficiales de alto rango. Viene a jugar al ajedrez con Eric una o dos veces por semana. Te gustara. Habla aleman a la perfeccion, y juega muy bien al

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