cerrara la puerta. Corrio hacia delante, entro de un salto y ya estaba acelerando el motor de cortacesped antes de que le dijera adonde ibamos. Encendio dos cigarrillos, me coloco uno entre los labios, solto el embrague y luego se dirigio rapido hacia la rotonda de Maximilianstrasse, desde donde podriamos haber ido en cualquier direccion.

– Bueno, ?donde vamos? -pregunto, al tiempo que sujetaba el volante con fuerza a la izquierda para seguir dando vueltas.

– Cruza el puente -dije-. Al oeste por Maximilianstrasse y luego por Hildegard Strasse, hacia Hochbruchen.

– Solo dime donde vamos -gruno-. Soy taxista, ?recuerdas? Esa pequena licencia que ves ahi de laOficina Municipal de Transporte significa que conozco esta ciudad como el conejo de tu mujer.

Mi metanfetamina dejo pasar esa. Ademas, le preferia asi. Una disculpa o muestra de rubor lo hubiera aplacado. Necesitaba velocidad y eficacia, antes de que el zumo de anfeta y mi malicia se agotaran.

– La iglesia del Espiritu Santo, en Tal -anuncie.

– ?Una iglesia? -exclamo-. ?Para que quieres ir a una iglesia? -Lo penso un momento mientras cruzabamos el puente como un rayo-. ?O te estas arrepintiendo? ?Es eso? Porque si es asi, la de Santa Ana esta mas cerca.

– Pues vaya unos conocimientos de ginecologia -comente-. La de Santa Ana todavia esta cerrada. – Mientras pasabamos por el Forum, vi de reojo la esquina de la calle donde los companeros me habian dado un aperitivo de porra antes de meterme a empujones en su coche-. Y no me estoy arrepintiendo. Ademas, ?no me dijiste que no debia ser charlatan? ?Que te importa lo que me interesa de una iglesia? No es asunto tuyo. Mejor que no lo sepas, eso dijiste.

Se encogio de hombros.

– Pense que te estabas arrepintiendo de esto. Eso es todo.

– Cuando me arrepienta, seras el primero en saberlo -dije-. Bueno, ?donde esta la carraca?

– Alli abajo. -Hizo un gesto con la cabeza. Habia una bolsa de herramientas de piel en el suelo. Estaba tan colocado que no la habia visto-. En la bolsa. Hay llaves inglesas y destornilladores dentro para darle un poco de compania decente. Por si alguien se poner nervioso.

Me incline poco a poco hacia delante y levante la bolsa hasta el regazo. En un lado estaba el escudo de armas de la ciudad y ponia «Oficina de Correos de Motorbus Services, Luisenstrasse».

– Pertenecia a un mecanico de autobus, supongo -dijo-. Alguien se lo dejo en el taxi.

– ?Desde cuando los mecanicos de autobus toman taxis para extranjeros? -pregunte.

– Desde que empezaron a tirarse a enfermeras americanas -contesto-. Ella tambien era un verdadero bombon. No me extrana que se olvidara las herramientas, no podian despegar las caras. -Sacudio la cabeza-. Yo les observaba por el retrovisor. Era como si ella buscara con la lengua la llave de su casa en la oreja de el.

– Estas dibujando un cuadro muy romantico -comente, y abri la bolsa.

Entre todas las herramientas habia una Colt automatica por cortesia del gobierno estadounidense. Una del calibre 45 de antes de la Gran Gu erra. El amortiguador del sonido adjunto a la boca de la pistola era casero, como casi todos. Y la Colt era la pistola ideal para un silenciador. El unico problema era la longitud. Con el canon, en total media casi treinta centimetros de largo. Stuber habia tenido una buena idea al proporcionar una bolsa de herramientas. Un aparato como ese puede ser silencioso, pero pasaba tan desapercibido a la vista como llevar la espada Excalibur en la mano.

– Esa pistola es fria como la Na vidad -dijo-. La consegui de un sargento de color mierda que hace guardia en el Club de Oficiales Americanos de la Ca sa del Arte. Jura por la vida de su mamita negra que la pistola y el canon los utilizo por ultima vez un ranger del ejercito estadounidense para asesinar a un general de las SS.

– Entonces es una pistola de la suerte -dije.

Stuber me miro de reojo.

– Eres un tipo extrano, Gunther.

– Lo dudo.

Recorrimos Hochbruchen viendo la Hof brauhaus donde, poco habitual para esa hora del dia, habia mucho ajetreo. Un hombre con pantalones de cuero se tambaleaba borracho por la acera y esquivo por poco un carrito de galletitas pretzel. El olor a cerveza pendia en el aire, mas de lo normal, incluso para Munich. Una partida de soldados americanos paseaba sin ninguna prisa por Brauhstrasse con un aire arrogante de amo y senor del lugar, tinendo de azul el aire con su tabaco dulce Virginia. Parecian demasiado grandes para sus uniformes, susrisotadas de borrachines resonaban en la calle como proyectiles de armas de bajo calibre. Uno de ellos empezo a bailar una especie de claque y, en algun lugar, una banda de metales empezo a tocar la Mar cha de los viejos companeros. La melodia parecia apropiada para lo que tenia en mente.

– ?Que es todo este escandalo? -gruni.

– Es el primer dia de la Ok toberfest -contesto Stuber-. Un monton de americanos esperando taxis y yo aqui, llevandote.

– Has recibido un buen pago por el privilegio.

– No me quejo -replico-. Solo ha sonado asi. He elegido el tiempo equivocado para contarte lo que estaba pensando. El gerundio, creo.

– Cuando quiera que me cuentes lo que estas pensando, hijo, te retorcere la oreja. Futuro. -Llegamos a la iglesia-. Gira a la izquierda hacia Viktualienmarkt y para en la puerta lateral. Luego puedes ayudarme a salir de esta cascara de nuez. Me siento como un guisante en un juego de cartas.

– Ese es el movimiento que estas describiendo, Gunther -dijo-. Cuando yo saco el guisante y nadie se da cuenta.

– Callate y abre la puerta, escarabajo.

Stuber detuvo el coche, salio, rodeo corriendo la parte de delante y abrio la puerta. Me canse solo de verlo.

– Gracias.

Husmee el aire como un perro hambriento. En la plaza del mercado habia almendras tostadas y pretzels calentitas. Otra banda de metales se lanzaba con Polca para clarinete. Con una sola pierna no podria tener menos ganas de bailar una polca. Escucharla me daba ganas de sentarme y tomarme un respiro. En el prado del festival, en Theresienwiese, los que se divertian estarian ya muy animados. Chicas de pechos grandes con faldas y petos demostraban las lecciones de culturismo de Charles Atlas levantando cuatro jarras de cerveza en cada mano. Los cerveceros desfilaban con su mezcla habitual de grandilocuencia y vulgaridad. Ninos pequenos comian galletas de jengibre en forma de corazon. Estomagos enormes se llenaban de cerveza mientras la gente intentaba olvidar la guerra y otros trataban de recordarla, nostalgicos.

Yo me acuerdo de la guerra demasiado bien. Por eso estaba ahi. Sobre todo recordaba el horrible verano de 1941. Recuerdo la Ope racion Barbarroja, cuando tres millones de soldados alemanes, yo incluido, y mas de tres mil tanques cruzaron la frontera de la Uni on Sovietica. Recuerdo con una dolorosa claridad la ciudad de Minsk. Me acuerdo de Lutsk. Recuerdo todo lo que sucedio alli. Pese a mis esfuerzos, al parecer jamas seria capaz de olvidarlo.

El ritmo de avance cogio a todo el mundo por sorpresa, tanto a nosotros como a los Popov. Asi llamabamos a los Ivanes en aquella epoca. El 21 de junio de 1941 nos reunimos en la frontera sovietica, aterrorizados por lo que pudiera pasar. Pasados cinco dias, habiamos recorrido unos asombrosos doscientos kilometros y estabamos en Minsk. Bombardeado por una enorme descarga de artilleria y acribillado por la Luf twaffe, el Ejercito Rojo sufrio un ataque masivo y muchos pensamos que la guerra estaba mas o menos concluida en aquel momento. Pero los rojos seguian luchando donde otros, los franceses, por ejemplo, con toda seguridad se habrian rendido. Su tenacidad se debia, como minimo en parte, a que los destacamentos de seguridad de la NKVD habian hecho cundir el panico radical con la amenaza de ejecuciones sumarias. Sin duda, los rojos sabian que aquello no era una fanfarronada, eran muy conscientes del destino que habian tenido miles de prisioneros politicos ucranianos y polacos en Minsk, Lvov, Zolochiv, Rivne, Dubno y Lutsk. Tan rapido habia sido el avance de la Weh rmacht en Ucrania, que los sovieticos en retirada no tuvieron tiempo de evacuar a los prisioneros retenidos en las celdas de la NKVD. Y no querian dejar que cayeran en nuestras manos porque podrian convertirse en ayudantes de las SS, o partisanos alemanes. Asi que antes de abandonar esas ciudades a su suerte, la NKVD prendio fuego a las carceles, con todos los prisioneros todavia encerrados. No, no es cierto. Se llevaron a los alemanes consigo. Supongo que pretendian canjearlos por rojos mas tarde, pero no acabo asi. Los encontramos mas tarde, en un

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