ajedrez.
– ?Como os conocisteis?
Henkell se echo a reir.
– Yo era su prisionero. Habia un campo de prisioneros de guerra en Partenkirchen. Yo dirigia el hospital, ellaboratorio formaba parte de el. Los americanos tienen su propio medico, por supuesto. Un buen tipo, pero no hace mucho mas que endosar pastillas. Nada quirurgico, normalmente me lo piden a mi.
– ?No es un poco extrano investigar la medicina tropical en los Alpes? -comente.
– Al contrario -dijo Henkell-. Ya ves, el aire es muy seco y puro. Como el agua. Eso lo convierte en el lugar ideal para evitar la contaminacion de las muestras.
– Eres un hombre de muchas caras -le dije.
Parecia que le gustaba.
Justo despues de Murnau, nuestra carretera atraveso la zona pantanosa de Murnauer. Mas alla de Farchant, la ensenada de Garmisch-Partenkirchen se abria y vimos por primera vez el Zugspitze y el resto de las montanas de Wetterstein. Natural de Berlin, mas bien me desagradaba la montana, sobre todo los Alpes. Siempre parecian medio derretidas, como si alguien las hubiera dejado por descuido al sol demasiado tiempo. Tres o cuatro kilometros mas adelante la carretera se dividio, yo agudice el oido, y estabamos en Sonnenbichl, a poca distancia al norte de Garmisch.
– La verdadera accion esta abajo, en Garmisch -explico-. Todas las instalaciones son olimpicas, por supuesto del 36. Hay algunos hoteles, la mayoria requisados por los americanos, algunas boleras, el club de los funcionarios, uno o dos bares y restaurantes, el Teatro Alpino, y la estacion de teleferico hacia el Wank y el Zugspitze. Todo lo demas esta bajo control del Comando del Sudeste del 3.er Ejercito de Estados Unidos. Incluso hay un hotel que lleva el nombre del general Patton. De hecho hay dos, ahora que lo pienso. A los yanquis les gusta esto. Vienen aqui de toda Alemania para lo que llaman un D and R, descanso y recreo. Juegan al tenis, al golf, practican el tiro al plato y en invierno esquian y patinan sobre hielo. Vale la pena ver la pista de patinaje de Wintergarten. Las chicas del lugar son simpaticas, e incluso proyectan peliculas americanas en dos de los cuatrocines. Asi que, ?como no les iba a gustar? Muchos son de ciudades de Estados Unidos no muy distintas de Garmisch-Partenkirchen.
– Con una diferencia fundamental -dije-. Esas ciudades no tienen un ejercito de ocupacion.
Henkell se encogio de hombros.
– No son tan malos cuando los conoces.
– Tampoco lo son algunos perros policia -dije, con amargura-. Pero no me gustaria tener a uno rondando la casa todo el dia.
– Por fin hemos llegado -anuncio, mientras salia de la carretera.
Fue por un camino de grava que llevaba entre dos grupos de majestuosos pinos y por un campo verde vacio al final del cual habia una casa de madera de tres plantas con el techo tan alto como el famoso salto de esqui de noventa metros de Garmisch. Lo primero en lo que me fije es que una pared estaba cubierta con un enorme escudo de armas heraldico. Era una insignia de oro con manchas negras, y tres emblemas principales: una luna decreciente, un canon con algunas balas y un cuervo. Todo significaba que a la armadura de la que probablemente descendia Henkell le gustaba disparar a los cuervos, a la luz de la luna plateada, con un arma de artilleria. Bajo todo este sinsentido decorativo habia una inscripcion. Decia «Sero sed serio», en latin, que significaba «Somos mas ricos que tu». La casa gozaba de una ubicacion agradable en el limite de otro campo que descendia de forma abrupta hacia el valle y proporcionaba a sus habitantes magnificas vistas. Eran lo importante en esta zona, y esta casa en concreto gozaba de ese tipo de vistas que normalmente solo se obtienen desde el cuello de un aguila. Nada las entorpecia, a excepcion de una nube o dos. Y tal vez el extrano arco iris.
– Supongo que tu familia jamas padecio de acrofobia -dije. Ni pobreza, tuve ganas de anadir.
– Es una bonita imagen, ?verdad? -contesto, al tiempo que tiraba de la puerta principal-. Nunca me canso de contemplar esas vistas.
Montanas ordenadas de troncos enmarcaban la puerta principal, ademas de multitud de cigarrillos. Encima dela puerta habia una version mas pequena del escudo de armas de la pared exterior. La puerta era robusta, como si la hubieran tomado prestada del castillo de Odin.
Se abrio y dejo al descubierto a un hombre en silla de ruedas con una manta en el regazo y una enfermera uniformada a su lado. Ella parecia mas calida que la manta, y supe por instinto cual de las dos habria preferido tener en el regazo. Me estaba recuperando.
El hombre de la silla era grande, con el pelo largo y rubio y una barba que hacia pensar que mantenias una charla importante con Moises. Llevaba el bigote encerado y hacia que la cara pareciera la incrustacion de un sable. Llevaba una chaqueta de ante azul Schliersee con botones de coral, una camisa de estilo rural, y un collar de edelweiss hecho de trozos de cuerno, peltre y perla. Calzaba unos zapatos negros Miesbacher, tipicos de Baviera, de tacon alto y la lengueta doblada. Era el tipo de calzado que llevas cuando quieres pegar a alguien que lleva pantalones cortos. Fumaba una pipa de madera de brezo que desprendia un fuerte olor a vainilla y me recordaba a helado quemado. Parecia el abuelo de Heidi.
Si Heidi hubiera crecido, podria parecerse un poco a la enfermera del hombre de la silla de ruedas. Llevaba una falda rosa con peto hasta las rodillas, una blusa blanca escotada de manga corta ancha, un delantal blanco de algodon, calcetines de encaje hasta las rodillas, y el mismo tipo de zapatos comodos que su carga barbuda. Sabia que se suponia que era enfermera, porque tenia un pequeno reloj del reves en la blusa y una gorrita blanca en la cabeza. Era rubia, pero no de ese rubio soleado, o dorado, sino ese rubio enigmatico, nostalgico que encontrarias perdido en un claro nemoroso. Tenia la boca ligeramente enfurrunada, y los ojos de una especie de color lavanda. Intente no fijarme en sus pechos. Y luego lo volvi a probar, pero seguian llamandome como si estuviera posada en una roca del Rin y yo fuera un pobre marinero tonto con oido para la musica. Todas las mujeres sonenfermeras en el fondo. Su naturaleza les lleva a cuidar. Algunas parecen mas enfermeras que otras. Y algunas mujeres consiguen parecer enfermeras como la ultima tactica de Dalila. La enfermera de casa de Henkell era del segundo tipo. Con un rostro y una silueta como la suya haria parecer mi viejo abrigo del ejercito un camison de seda.
Henkell me pillo lamiendome los labios y sonrio mientras me ayudaba a salir del Mercedes.
Te dije que te gustaria esto -dijo. Entramos en la casa, donde Henkell me presento. El hombre de la silla de ruedas era Eric Gruen. La enfermera se llamaba Engelbertina Zehner. Engelbertina significa «angel brillante». En cierto modo le encajaba. Ambos parecian muy nerviosos de verme. Luego, una vez mas, la casa no era exactamente un lugar donde entrarias sin mas sin ser anunciado. A menos que llevaras un paracaidas. Probablemente estaban contentos de tener nueva compania, aunque esta estuviera recluida en si misma. Todos nos dimos un apreton de manos. Gruen tenia las manos finas y un poco humedas, como si algo lo pusiera nervioso. Engelbertina tenia la mano fuerte y aspera como una hoja de papel de lija, lo que me sorprendio un poco y me hizo pensar que el ejercicio de la enfermeria privada tenia su lado duro. Me sente en un gran sofa muy comodo y deje escapar un gran suspiro de comodidad.
– Ha sido un buen paseo -dije, mirando el enorme salon.
Engelbertina ya estaba colocandome un cojin en la espalda. Entonces divise el tatuaje en la parte superior del antebrazo izquierdo. Algo que aclaraba mucho por que tenia las manos tan asperas. El resto de su cuerpo tambien debia de ser bastante aspero, pero de momento lo aparte de mis pensamientos. Intentaba escapar de cosas como esa. Ademas, en la cocina se estaba guisando algo bueno y, por primera vez en semanas, tenia hambre. Aparecio otra mujer en el umbral. Tambien era atractiva, con el mismo atractivo de mujer madura, mas grande y un poco mas desgastada que yo. Se llamaba Raina, era la cocinera.
– Herr Gunther es detective privado -dijo Henkell.
– Eso tiene que ser interesante -dijo Gruen.
– Cuando se pone interesante, normalmente es el momento de coger una pistola -conteste.
– ?Como llega uno a desempenar ese tipo de trabajo? -pregunto Gruen, al tiempo que volvia a encender su pipa.
A Engelbertina no parecia gustarle el humo y se lo apartaba de la cara. Gruen no le hacia caso y pense que yo no debia hacerlo, sino fumar fuera un rato.
– Era policia en Berlin. Detective en la brigada criminal, antes de la guerra.
– ?Alguna vez atrapo a un asesino? -pregunto ella.
Por lo general me hacia el sueco ante una pregunta asi, pero queria impresionarla.
– Una vez -respondi-. Hace mucho tiempo. Un estrangulador llamado Gormann.
