– ?Esta seguro? -pregunto-. Apesta a conac.

– Me dieron un trago. Para hacerme sentir mejor despues de cortarme el dedo.

Agite el puno sangriento en su cara a modo de declaracion jurada.

– Mmm… -Sonaba como si todavia no estuviera convencido-. Nos llegan muchos borrachos que se autolesionan y vienen aqui -dijo-. Creen que estamos solo para arreglar sus desastres.

– Mire, senor Schweitzer -susurre-. Me han hecho papilla. Si me dejara estirado en el suelo podria imprimir el periodico de manana en mi cuerpo. Bueno, ?me va a ayudar o no?

– Tal vez. ?Me puede decir su nombre y domicilio? Solo para no sentirme como un idiota cuando encuentre la botella en su bolsillo. ?Como se llama el nuevo canciller?

Le dije mi nombre y direccion.

– Pero no tengo ni idea de como se llama nuestro nuevo canciller. Todavia estoy intentando olvidar el ultimo.

– ?Puede caminar?

– A lo mejor hasta una silla de ruedas, si me senala una.

Fue a buscar una al otro lado de la puerta doble y me ayudo a sentarme.

– Por si la enfermera de sala pregunta -dijo, mientras me empujaba hacia dentro-. El nuevo canciller aleman es Konrad Adenauer. Si le huele antes de que podamos cambiarle de ropa, tiene tendencia a preguntar. No le gustan los borrachos.

– A mi no me gustan los cancilleres.

– Adenauer era el alcalde de Colonia -dijo el hombre de la chaqueta blanca-. Hasta que los britanicos despidieron por incompetente.

– Entonces lo hara bien.

Arriba encontre a una enfermera que me ayudo a desnudarme. Era una chica atractiva, incluso en un hospital debia de haber cosas mas agradables de ver que mi cuerpo blanco. Tenia tantas franjas azules que parecia la bandera de Baviera.

– Jesus -exclamo el medico cuando volvio para examinarme. Tras lo ocurrido, ahora me hacia una mejor idea de como se habia sentido despues de que los romanos acabaran con el-. ?Que le ha pasado?

– Se lo dije -respondi-. Me han dado una paliza.

– ?Pero quien? ?Y por que?

– Dijeron que eran policias. Pero podria ser que solo quisieran que les recordara con carino. Siempre pensando lo peor de la gente. Es un defecto de mi caracter. Ademas de no ocuparme de mis asuntos ni controlar mi lengua viperina. Leyendo entre moratones, diria que eso es lo que intentaban decirme.

– Tiene bastante sentido del humor -comento el medico-. Me da la sensacion de que lo necesitara por la manana. Estos moratones tienen mala pinta.

– Lo se.

– Ahora mismo vamos a hacerle radiografias, para ver si tiene algo roto. Luego lo atiborraremos de calmantes y le echaremos otro vistazo a ese dedo.

– Ya que pregunta, esta en el bolsillo de la chaqueta.

– Supongo que se refiere al munon. -Le deje que retirara el panuelo y examinara los restos de mi dedo menique-. Habra que poner puntos. Y algun antiseptico. Dicho esto, es un trabajo limpio para una herida traumatica. Las dos articulaciones superiores han desaparecido. ?Como lo hicieron? Quiero decir, ?como lo cortaron?

– Con un martillo y un cincel -respondi.

Tanto el medico como la enfermera se estremecieron por empatia. Yo tenia escalofrios. La enfermera me puso una manta sobre los hombros. Seguia temblando, tambien sudaba y tenia mucha sed. Cuando empece a bostezar, el medico me dio un pellizco en el lobulo de la oreja.

– No me diga -dije, con los dientes apretados-. Me encuentra adorable.

– Esta en estado de shock -dijo, me levanto las piernas hacia la cama y me ayudo a estirarme. Ambos apilaron algunas mantas mas encima-. Tiene suerte de estar aqui.

– Esta noche todo el mundo cree que soy afortunado -replique. Empezaba a sentirme palido y gris como el papel. Tambien nervioso, incluso ansioso. Como una trucha que intenta nadar sobre una mesita de cafe de cristal -. Digame, doctor. ?De verdad la gente puede pillar la gripe y morir en verano?

Respire hondo y expulse una bocanada de aire, casi como si hubiera corrido. En realidad me moria por un cigarrillo.

– ?La gripe? ?De que habla? No tiene la gripe.

– Que raro. Me siento como si la tuviera.

– Y no se va a morir.

– Cuarenta y cuatro millones murieron de gripe en 1918 -dije-. ?Como puede estar tan seguro? La gente muere de gripe continuamente, doctor. Mi esposa, por ejemplo. No se por que, pero habia algo que no me gustaba. Y no me refiero a ella, aunque no me gustaba. Ultimamente no, al principio si. Me gustaba mucho. Pero no desde el final de la guerra. Y seguro que no desde que llegamos a Munich. Probablemente por eso merecia la paliza de esta noche. ?Lo entiende? Lo merecia, doctor. No importa lo que hicieran, se veia venir.

– Tonterias.

El medico dijo algo mas. Me hizo una pregunta, creo. No la entendi. No entendia nada. Volvio la niebla, llego como el humo de una cocina de salchichas un dia frio de invierno. Aire de Berlin. Inconfundible, como volver a casa. Pero solo una minima parte de mi sabia que nada de eso era cierto y que por segunda vez aquella noche me habia desmayado. Que es un poco como estar muerto, pero mejor. Cualquier cosa es mejor que estar muerto. Quiza tuve mas suerte de lo que pensaba. Mientras pudiera distinguir entre ambas cosas, todo iba mas o menos bien.

18

Era de dia. La luz del sol se colaba por las ventanas. Las motas de polvo flotaban en brillantes haces de luz como diminutos personajes de un proyector celestial. Tal vez solo eran angeles enviados para guiarme hacia la idea de cielo de alguien. O pequenos hilos de mi alma, deseosa de alcanzar la gloria, que exploraban intrepidos el camino hacia las estrellas por delante del resto de mi, intentando darse prisa. Entonces el haz de luz se movio, casi de forma imperceptible, como las agujas de un reloj gigante, hasta que rozo la parte inferior de la cama e, incluso a traves de la sabana y las mantas que la cubrian, calento los dedos de los pies, como si me recordara que todavia no habia hecho mis tareas mundanas.

El techo era rosa. Un gran bol de cristal colgaba de el con una cadena de laton. En el borde inferior del bol habia cuatro moscas muertas, como un escuadron de combatientes abatidos en una espantosa guerra de insectos.

Cuando acabe de observar el techo, mire las paredes. Eran del mismo tono rosa. En una de ellas habia un botiquin lleno de botellas y gasas. Al lado habia un escritorio con una lampara, donde a veces se sentaban las enfermeras. En la pared opuesta habia una enorme fotografia del castillo de Neuschwanstein, el mas famoso de los tres palacios reales construidos para Luis II de Baviera. A veces se le llamaba «el Rey Loco», pero, desde que ingrese en este hospital, creo que lo comprendo mejor que la mayoria de la gente. Sobre todo porque habia estado delirando durante una semana o mas. En multitud de ocasiones me encontre encerrado en la torre mas alta de aquel castillo, aquella con la veleta y una vista panoramica de cuento de hadas. Incluso habia recibido visita de los siete enanitos y un elefante con las orejas grandes. Rosa, por supuesto.

Nada de eso era de extranar, en absoluto. O eso me dijeron las enfermeras. Tenia neumonia porque miresistencia a la infeccion habia sido baja debido a la paliza recibida, y porque era un fumador empedernido. Se manifesto como una gripe muy fuerte y, durante un tiempo, eso pensaban que tenia. Lo recuerdo porque me parecio muy ironico. Luego empeoro. Durante unos ocho o nueve dias estuve a 42 grados, que debio de ser cuando me fui a Neuschwanstein. Desde entonces he tenido una temperatura casi normal. Digo casi normal, pero, a juzgar por lo que sucedio despues, debia de estar de cualquier manera menos normal. Por lo menos esa es mi excusa.

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