Sali, atravese la calle y encontre el coche. En el asiento trasero habia un grueso abrigo de piel. Me lo puse y me sente en el asiento del piloto. El coche era un Mercury negro y el deposito estaba casi lleno. Era un vehiculobueno y rapido, con un motor de cinco litros y una velocidad punta de casi cien kilometros por hora. Mas o menos la velocidad a la que tendria que ir si queria llegar a Rin-Meno antes de medianoche.
Retrocedi hasta el laboratorio, en Garmisch. Jacobs habia vaciado los archivadores, pero no eran los archivos lo que me interesaba. Baje al sotano para recoger un par de paquetes y documentos que me permitirian -o esa era mi esperanza- entrar en la base estadounidense. Como plan no era brillante, pero recorde que Timmermann, el repartidor de Stars and Stripes que me habia llevado de Viena al monasterio de Kempten, me habia dicho que la vigilancia en las bases era practicamente nula. Esa era mi baza. Eso y un par de paquetes urgentes para el mayor Jacobs.
Despues de pedir por telefono una ambulancia para Aaron, conduje hacia el oeste y hacia el norte en direccion a Francfort. No sabia gran cosa acerca de la ciudad, excepto que estaba a quinientos kilometros y llena de americanos. Por lo visto, a los americanos les gustaba mas Francfort que Garmisch. Y viceversa. ?Quien podia culparles? Los americanos habian traido empleo y dinero, y la ciudad -hasta entonces modesta- era ahora una de las mas prosperas de la Re publica Federal. La base aerea de Rin-Meno, unos pocos kilometros al sur de la ciudad, era para los estadounidenses la principal terminal de transporte aereo de Europa. Fue gracias a Rin-Meno que Berlin pudo abastecerse durante el famoso bloqueo de junio de 1948 a septiembre de 1949. De no ser por el puente aereo, Berlin se hubiera convertido en una mas de la ciudades de la zona rusa. Dada la importancia estrategica de Rin-Meno, todas las carreteras desde y hacia Francfort habian sido reparadas apenas terminada la guerra y eran las mejores de Alemania. Avance a buen ritmo hasta Stuttgart, entonces bajo la bruma, un verdadero oceano de niebla. Me puse a jurar a voz en cuello como si fuera una sirena de barco, hasta que recorde que los aviones no pueden volar con la niebla. Por poco no me pongo a gritar de puro entusiasmo.Con la niebla aun tenia alguna oportunidad de llegar a tiempo. Pero ?que haria cuando llegara? Tenia la 45 automatica, cierto, pero mi sed de gatillo habia menguado ligeramente tras lo ocurrido en Monch. Ademas, disparar a cuatro, tal vez cinco personas a sangre fria tampoco era el colmo de las tentaciones. Antes de llegar a la base justo pasada medianoche, ya habia llegado a la conclusion de que no seria capaz de disparar a las dos mujeres. En cuanto a los demas, todo seria mas sencillo si ofrecian resistencia. Intente quitarme todas esas ideas de la cabeza en cuanto llegue al acceso principal del aeropuerto. Apague el motor, cogi la documentacion, me aprete la corbata y me acerque al puesto de guardia. Era de esperar que mi ingles estuviera a la altura del embuste que habia tramado durante el curso de las seis horas de viaje.
El vigilante parecia estar demasiado caliente y bien alimentado para permanecer alerta. Llevaba una gabardina verde, boina, bufanda y gruesos guantes de lana verde. Era rubio, de ojos azules y debia de medir un metro ochenta. En la placa del abrigo ponia: «Schwarz», y por un momento pense que se habia equivocado de ejercito. Parecia mas aleman que yo. Sin embargo, hablaba el aleman tan bien como yo el ingles.
– Traigo unos paquetes urgentes para el mayor Jonathan Jacobs -dije-. Tenia un vuelo para Estados Unidos programado para esta medianoche, para la base de las Fuerzas Aereas de Langley, en Virginia. El mayor esta destacado en Garmisch-Partenkirchen y los paquetes han llegado cuando el ya habia partido para coger el avion.
– ?Viene conduciendo desde Garmisch? -El vigilante parecia sorprendido. Se quedo escrutando mi cara. Me acorde del golpe que me habia propinado Shlomo-. ?Con esta niebla?
– Asi es -asenti-. Me he salido de la carretera hace un rato, de ahi el golpe en la cabeza. Por suerte, no ha habido danos mayores.
– Menudo paseo.
– Y que lo diga -dije en tono modesto-. Echeles un vistazo a estos papeles y a los paquetes. Es urgente deveras. Son productos medicos. Le prometi al mayor que, si llegaban despues de marcharse, por lo menos intentaria asegurarme de que los recibiera antes de despegar. -Sonrei nerviosamente-. ?Podria usted comprobar si el vuelo ya ha salido?
– No hace falta. Esta noche no hay vuelos -dijo Schwarz-. Hasta los pajaros se han quedado en tierra. Es por la maldita niebla, lleva asi desde esta tarde. Esta de suerte, tiene tiempo de sobra para encontrar al mayor. No habra vuelos hasta manana. -Se puso a comprobar unos papeles y anadio-: Parece que hay cuatro supernumerarios en el avion para Langley.
– ?Supernumerarios?
– Pasajeros civiles.
– El doctor Braun y su esposa y el doctor Hoffmann con la suya -dije-. ?Correcto?
– Correcto -dijo el vigilante-. El mayor Jacobs ha llegado con ellos hara unas cinco o seis horas.
– Si su vuelo no va a salir, ?donde pueden estar? -pregunte.
Schwarz senalo la pista.
– Desde aqui lo tapa la niebla, pero si conduce en esa direccion y gira a la izquierda llegara hasta un edificio de cinco plantas, la terminal. En una de las paredes pone: «Rhein-Main». Detras hay un hotelito adosado al cuartel de la Fu erza Aerea. Lo mas probable es que el mayor este ahi. Cada dos por tres ocurre lo mismo con el vuelo de medianoche para Langley, siempre por culpa de la niebla. Creo que esta noche la pasaran aqui, acurrucados y calentitos para que no les piquen los mosquitos.
– Acurrucados y calentitos… -repeti, divertido por la aficion de los anglofonos a la rima facil. Entonces, de repente, me asalto una macabra idea-. Bueno, entonces mejor no los molesto, ?no? Podrian estar durmiendo. ?Seria tan amable de indicarme donde esta el muelle de carga? Dejare los paquetes ahi.
– Al lado del cuartel, no tiene perdida. Las luces estan encendidas.
– Gracias -dije, volviendo al coche-. Ah, por cierto. Yo soy berlines, gracias por lo que hicieron ahi durante el bloqueo. La verdad es que, en parte, si me he molestado en venir hasta aqui esta noche es por lo deBerlin.
Schwarz sonrio.
– No hay de que -dijo.
Subi al coche y entre en la base con la esperanza de que ese atisbo sentimentaloide acabara con cualquier sospecha que el yanqui todavia pudiera albergar sobre mi. Ese truco me lo ensenaron en el servicio de Inteligencia durante la guerra: a la hora de enganar, lo importante no es la mentira, sino las verdades que se dicen para sustentarla. Y lo que habia dicho sobre Berlin era la verdad.
La terminal del aeropuerto de Rin-Meno era blanca y del estilo Bauhaus que tanto detestaban los nazis, lo que posiblemente fuera lo unico que podia decirse a favor del edificio. Yo solo veia ventanas enormes, paredes desnudas y aire caliente. Al mirarlo pense que a Walter Gropius le hubiera gustado instalar un apartamento en el piso superior y que le hubiera hecho pintar a Paul Klee las paredes del cuarto de bano. Deje el coche y mi filisteismo cultural en el aparcamiento y saque los paquetes del maletero. Entonces lo vi. El Buick Roadmaster de Jacobs, con sus neumaticos blancos, estaba aparcado a pocos metros de donde yo habia dejado el Mercury. Estaba en el sitio correcto. Me puse los paquetes bajo el brazo y fui hacia la terminal. Detras de mi, medio borrosos por la niebla, habia varios aviones C-47 y un Lockheed Constellation. Todos parecian estar acostados para pasar la noche.
Entre por una puerta lateral y me encontre con una zona de carga del tamano de una fabrica. Una cinta transportadora cubria los cincuenta o sesenta metros que tenia de largo y habia varias puertas de acordeon que daban a la pista. Habia varios toros de carga aparcados y por todas partes se veian decenas de carros portaequipajes y contenedores de carga con petates, maletas, mochilas militares, talegos, zapateros, paquetes y embalajes, como si el trabajo hubiera quedado interrumpido a medio hacer. Habia envios para varios lugares de Estados Unidos, desde la base de las Fuerzas Aereas de Bolling, Washington, a Vandenberg, California. En alguna parte sonaba una radio. Junto a la puerta de un pequeno despacho habia un soldado estadounidense con bigote a lo Clark Gable, peto grasiento y un ridiculo gorrito de lana con boria fumando un cigarrillo. Estaba sentado sobre una caja en la que se leia «Fragil» y parecia cansado y aburrido.
– ?Puedo ayudarle? -pregunto.
– Traigo unos paquetes de ultima hora para el vuelo de Langley -dije.
– Solo estoy yo, a esta hora no hay nadie mas. Ese vuelo no sale hasta manana por la manana. La niebla… Joder, no me extrana que no ganarais la guerra, vaya una leche para despegar y aterrizar en este pais…
– Buena explicacion, pero dicho asi parece que el hijo de puta de Goring no tuvo parte en ello -dije a modo de halago-. Como si todo hubiera sido merito del tiempo.
– Bien dicho -dijo, y senalando los paquetes que llevaba bajo el brazo anadio-: ?Son esos?
