– Si.

– ?Algun certificado?

Le ensene los documentos que habia cogido en Garmisch y repeti la explicacion que le habia dado al vigilante de la entrada. Los observo un instante, garabateo una firma y a continuacion senalo con el pulgar detras de su hombro.

– A unos cincuenta metros hay un contenedor en el que pone «Langley» escrito con tiza. Dejalo ahi. Lo cargaremos manana por la manana.

Dicho esto entro en el despacho y cerro la puerta tras de si.

Tarde apenas cinco minutos en encontrar el muelle de carga de Langley, pero algo mas en dar con los equipajes que andaba buscando. Junto a uno de los contenedores habia dos baules de Vuitton en posicion vertical, como dos rascacielos neoyorquinos. Estaban oportunamente etiquetados: «Doctor y frau Doctor Braun» y «Dr. y frau Hoffmann». Los candados eran baratos y cualquiera con un buen cortaplumas hubiera sido capaz de abrirlos. Como yo llevaba un buen cortaplumas, en un par de minutos habia abierto los dos baules. Muchos de los mejores ladrones del mundo son ex policias. De todos modos, esa era la parte facil.

Abiertos, los baules parecian muebles mas que equipajes. En una mitad habia una barra con colgadores y una cortina de seda; en la otra, cuatro cajones. Habia sido el vigilante quien me habia dado la idea, diciendo aquellode los mosquitos.

Abri uno de los paquetes y saque el insectario del nido de paja. A continuacion saque las jaulas con los mosquitos, que a su vez parecian baules de madera en miniatura. Se oia como en el interior los mosquitos zumbaban y silbaban irritados, como si se quejaran por llevar tanto tiempo encerrados. Aunque los adultos no sobrevivieran al viaje, no tenia ninguna duda, por lo que el propio Henkell me habia dicho, de que los huevos y las larvas si lo harian. No habia tiempo para utilizar los tubos de succion. Introduje una jaula en uno de los cajones y parti la fina red protectora con el cortaplumas antes de apartar rapidamente la mano y cerrar el cajon primero y el baul despues. Hice lo mismo con el segundo insectario y el segundo baul. Ninguno me pico. Ellos no tendrian tanta suerte. Me pregunte si unas docenas de picaduras serian el incentivo que Henkell y Gruen necesitaban para dar de una vez con su vacuna contra la malaria. Por el bien de todos, era de esperar que si.

Volvi al coche y, al ver de nuevo el Buick de color verde, pense que seria una verdadera pena dejar escapar a Jacobs. Llevado por el habito, comprobe la puerta que, como la otra vez, estaba abierta. La ocasion era demasiado tentadora para dejarla pasar. Saque uno de los insectarios del segundo paquete y lo coloque en el suelo, debajo del asiento del conductor. Como con los otros, rompi la proteccion y cerre de golpe la puerta del coche.

No era exactamente la venganza que habia imaginado. Para empezar, yo no iba a estar alli para verlo. Sin embargo, se trataba de la clase de justicia que Aristoteles, Horacio, Plutarco y Quintiliano habrian aprobado. A su manera, quizas incluso la habrian celebrado. Las pequenas cosas tienen algo de lo que las grandes carecen. Con eso me daba por satisfecho.

Regrese en coche al monasterio, donde a Carlos Hausner le esperaban una bolsa llena de dinero y, mas tarde, un pasaporte nuevo y un pasaje para Sudamerica.

Epilogo

Pase varios meses en el monasterio de Kempten. Se unio a nosotros otro fugitivo de la justicia aliada y, a finales de la primavera de 1950, los cuatro cruzamos la frontera de Austria y desde alli alcanzamos Italia. El cuarto hombre desaparecio en extranas circunstancias y no volvimos a verlo. Quiza cambio de idea respecto a lo de ir a Argentina. O quiza cayo en manos de otro escuadron de la muerte del Nakam.

Nos quedamos en una casa franca en Genova, donde conocimos a otro religioso catolico, el padre Eduardo Domoter. Creo que era franciscano. Fue Domoter quien nos entrego los pasaportes de la Cruz Ro ja. Pasaportes de refugiado los llamaban. Una vez los tuvimos, hicimos la solicitud de inmigracion a Argentina. El presidente de Argentina, Juan Peron, admirador y simpatizante de Hitler, habia puesto en marcha en Italia una organizacion conocida como DAIE, la De legacion Argentina de Inmigracion en Europa. La DA IE gozaba de consideracion cuasidiplomatica y disponia de oficinas en Roma, donde se tramitaban las solicitudes, y Genova, donde a los futuros inmigrantes se les hacia una revision medica. Todo esto, no obstante, era poco mas que una formalidad. La DA IE estaba dirigida por monsenor Karlo Petranovic, un sacerdote catolico croata y tambien el criminal de guerra buscado por la justicia; estaba protegido por el obispo Alois Hudal, director espiritual de la comunidad catolica alemana de Italia. Otros dos sacerdotes catolicos tambien tuvieron parte en nuestra huida. Uno fue el arzobispo de Genova en persona, Giuseppe Siri, y el otro monsenor Karl Bayer. Con todo, fue con el padre Domoter con quien mas contacto tuvimos en la casa franca. Domoter era hungaro y oficiaba en la parroquia deSant Antonio, no muy lejos de las oficinas de la DA IE.

A menudo me he preguntado por que razon tantos sacerdotes catolicos simpatizaban con los nazis. Se lo pregunte tambien al padre Domoter, quien me dijo que el propio Papa estaba al corriente de la ayuda que se les prestaba a los criminales de guerra nazis para escapar. Es mas, decia el padre Domoter, el propio Papa la promovia.

– Ninguno de nosotros ayudaria si no fuera por el Santo Padre -me dijo-. Pero hay un punto importante que hay que tener en cuenta: ni el Papa odia a los judios ni ama a los nazis. De hecho, fueron muchos los sacerdotes catolicos que sufrieron persecucion a manos de los nazis. Todo es politica. El Vaticano comparte con Estados Unidos el miedo y el aborrecimiento del comunismo. He aqui la razon.

Y con esto lo justificaba.

Todas las solicitudes de entrada en el pais despachadas por la DA IE debian ser aprobadas por la Ofi cina de Inmigracion de Buenos Aires, lo que significa que tuvimos que pasar en Genova casi seis semanas, durante las cuales llegue a conocer bastante bien la ciudad. Me gusto mucho, sobre todo la parte antigua y el puerto. Eichmann no se atrevia a salir de la casa por miedo a que alguien lo reconociera, pero Pedro Geller me acompanaba habitualmente y juntos exploramos las infinitas iglesias y los museos de la ciudad.

Geller se llamaba en realidad Herbert Kuhlmann y habia sido Sturmbannfuhrer de la 12.a Joven Division Panzer Hitler de las SS. Eso explicaba su edad, aunque no la necesidad de huir de Alemania. No fue hasta losultimos dias que pasamos en Genova que se decidio a hablar de su pasado.

– Mi regimiento estaba en Caen -dijo-. Alli los combates eran brutales, te lo digo yo. Teniamos orden de no hacer prisioneros, entre otras cosas porque no teniamos sitio para encerrarlos. Ejecutamos a treinta y seis canadienses, aunque en honor a la verdad debo decir que ellos hubieran hecho lo mismo con nosotros si se hubieran vuelto las tornas. En fin, el caso es que el Brigadefuhrer esta cumpliendo cadena perpetua por lo ocurrido con los canadienses, aunque en un principio los Aliados lo condenaron a muerte. Un abogado de Munich me advirtio de que yo correria su misma suerte si me juzgaban.

– ?Erich Kaufmann? -pregunte.

– Si. ?Como lo sabes?

– Da igual.

– Dice que las cosas mejoraran -comento Kuhlmann-, pero dentro de un par de anos. Tal vez incluso cinco. Pero no estoy dispuesto a correr ese riesgo. Tengo solo veinticinco anos. Mayer, mi Brigadefuhrer, lleva entre rejas desde diciembre de 1945. Cinco anos. No pienso pasarme cinco anos encerrado, y mucho menos el resto de mi vida. Por eso me marcho a Argentina. Por lo visto, hay muchas oportunidades para hacer negocios en Buenos Aires. ?Quien sabe? Quiza tu y yo podriamos ser socios.

– Si -dije yo-. Quien sabe.

Al oir de nuevo el nombre de Erich Kaufmann casi me alegre de abandonar la Re publica Federal Alemana. Me gustara o no, yo representaba la vieja Alemania tanto como Goring, Heydrich, Himmler y Eichmann. No hay lugar para alguien que se gana la vida haciendo preguntas incomodas. No en Alemania, donde las respuestas son a menudo mayores que las preguntas. A medida que leia cosas sobre la nueva Republica, me entraban mas ganasde emprender una nueva vida en un clima mas calido.

El 14 de junio de 1950, con las solicitudes ya aprobadas, Eichmann, Kuhlmann y yo nos personamos en el consulado argentino, donde nos pusieron el sello de visado permanente en el pasaporte y nos entregaron los certificados que tendriamos que presentar a la policia de Buenos Aires a fin de obtener un documento de identidad

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