cafe creme en la Rotonde. Podia ir a cualquier sitio de Paris con un peinado asi.

– ?Dios mio! -exclamo Odette-. ?Estas despampanante! ?Espera a que te vea mi tio!

En el exterior, el cielo se habia encapotado y estaba empezando a caer aguanieve.

– Cogeremos un taxi -dijo Odette, haciendo un gesto con la mano para llamar a uno.

El coche se detuvo y me subi a el despues de Odette.

– A las Galerias Lafayette -le dijo Odette al conductor.

– ?Por que vamos a las Galerias Lafayette? -le pregunte.

Odette puso los ojos en blanco.

– A buscar el vestido nuevo que necesitas para que vaya a juego con tu peinado.

Si algo quedo claro aquel dia fue que Odette y yo eramos tal para cual en cuanto a la falta de sentido practico. Yo vivia en una habitacion sin calefaccion y con un fino colchon. Necesitaba una alfombra en el suelo y cortinas en las ventanas para evitar que entrara si frio exterior o pronto me moriria de una pulmonia. Pero, en lugar de eso, pague todo el dinero que tenia por un vestido negro, sabiendo que si se lo hubiera ensenado a mi madre y a tia Yvette habrian contemplado su corte recto, el cuello de pico, el terciopelo de las mangas y la elegante tela de crepe de Chine y me habrian preguntado: «?De quien es el funeral?».

Capitulo 1 0

La entrada del Cafe des Singes era una puerta a nivel del sotano bajo una tienda de camas. Presione el timbre y espere a que me respondieran, mirandome el pelo en el reflejo de la placa de cobre. Nadie respondio, asi que llame al timbre de nuevo. Como seguian sin abrirme, gire el pomo de la puerta y me sorprendio comprobar que estaba abierto.

– ?Hola? -exclame, empujando la puerta y mirando hacia la oscuridad.

Vacile junto a la maceta de una palmera y arrugue la nariz: el aire estaba congestionado por un deje de olor a tabaco, menta y anisete. El unico foco de luz natural provenia de unos paneles esmerilados a cada lado de la puerta, y el decorado del club de moqueta marron, sillas de cuero y paredes de planchas de madera conspiraba para absorber la poca iluminacion que los paneles de cristal proporcionaban. El club era lo que se denominaba una boite de nuit: tenia una barra sin banquetas arrinconada en una zona y un espejo recorria la pared de detras de la barra. En la esquina opuesta a la puerta estaba la plataforma del escenario y un piano. Dispersas frente a ella habia un par de mesas para grupos de seis y una docena de mesas para dos. Mas alla de las mesas vi una puerta giratoria que supuse que conducia a la cocina. Hable en aquella direccion:

– ?Hola?

Habia un cartel que informaba a los clientes de que, aunque se pudiera consumir comida y bebida durante las actuaciones, solo se admitian pedidos durante los descansos entre numeros. Claramente, aquel era un club en el que se respetaba a los musicos. Me pase la lengua por los labios, contenta y nerviosa a la vez. Monsieur Etienne debia de estar tomandome muy en serio para sugerir que hiciera una audicion alli. Esperaba no decepcionarle.

Habia un menu sobre una mesa. Le eche un vistazo. «Cassoulet: 15 francos.» Me quede boquiabierta. Yo habia pagado tres francos por una comida completa con pan, cassoulet de cordero y vino en el cafe para estudiantes. Me alise el vestido, contenta de que Odette me hubiera hecho comprarlo, y me estremeci al pensar que podria haber acudido con mi viejo vestido a un lugar en el que la gente pagaba quince francos por un solo plato.

Examine el menu otra vez: «Pate de foie gras truffe: 25 francos; coq au riesling: 20 francos». Mi estomago emitio un grunido. Abri la solapa y vi que habia otro menu en el interior. «Menu Americain. Asado de ternera: 15 francos; pollo frito: 16 francos.»

Una voz de mujer bramo en la oscuridad:

– ?Tienes hambre?

Levante la vista. La mujer se encontraba junto a la puerta de la cocina, ataviada con una larga falda de tubo adornada con lentejuelas. Se mantenia plantada en el suelo sobre unas piernas firmes, con tacones tan altos como largos eran sus pies. Llevaba el cabello rojizo corto a la altura de unos marcados pomulos y remataba el peinado con una cinta del pelo adornada con cuentas.

– Si. Quiero decir… ?No! -tartamudee, dejando caer el menu.

La mujer me dedico una sonrisa ladeada.

– Pronto te alimentaremos -me aseguro, con un tono socarron pero bienintencionado-. Cuando Eugene termine de atiborrarse en la cocina, escucharemos tu cancion.

Por su risa aspera y su presencia imponente, supe que tenia que ser madame Baquet. Me dijo que me quitara el abrigo y me sentara en una mesa. Se sento al lado contrario y la silla crujio bajo su peso.

– ?Has visto algo que te guste? -me pregunto, senalando el menu.

Aunque era la carta mas lujosa que habia visto en mi vida, me pudieron los nervios. Lo unico que acerte a decirle fue que una tortita estaria bien.

Echo la cabeza hacia atras y emitio una carcajada que resono por toda la habitacion.

– Tendriamos que ir al otro lado de la calle para conseguir una de esas. ?Cuantos anos tienes? Eres mas joven de lo que yo pensaba.

Por un segundo considere la posibilidad de mentir, pero me lo pense mejor. Madame Baquet era demasiado perspicaz para eso. Decirle la verdad era lo mas adecuado.

– Tengo casi dieciseis -respondi.

– Un bebe, justo lo que yo pensaba. -Emitio con la lengua un sonido parecido a una risa ahogada-. Ha pasado mucho tiempo desde que yo tuve tu edad. Y aun asi, monsieur Etienne dice que eres excepcional, y si alguien sabe lo que significa esa palabra esta claro que es el.

De la cocina surgio un estruendo de sartenes cayendose al suelo. Madame Baquet se giro sobre si misma y grito:

– ?Eugene! ?Vienes ya o solo estas destrozando el establecimiento?

– ?Ya voy! -contesto una voz de hombre desde detras de la puerta giratoria.

Sono el timbre y madame Baquet se levanto para abrir la puerta. Senti alivio al ver a monsieur Etienne y a Odette, que esperaban en el rellano.

– Bonjour! -les saludo madame Baquet-. Justo estaba charlando con su cantante. Eugene esta esforzandose por provocarse una indigestion en la cocina, pero saldra en un minuto.

Poco despues de que monsieur Etienne y Odette me saludaran, la puerta de la cocina se abrio bruscamente sobre sus goznes y un hombre negro entro a toda prisa en la estancia mientras se limpiaba la boca con una servilleta. La arrojo sobre una de las mesas.

– ?Hola! -saludo, alargando una mano pegajosa y cogiendome la mia-.

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