hombro y sirvio platos de pate de foie gras y cocteles de gambas a una mesa junto al piano. Se percato de mi presencia y me guino un ojo.

– Este es mi hermano Charlie -me aclaro, senalando con la barbilla al joven del piano-. Nos turnamos para atender las mesas y tocar. Asi descansamos. ?Quieres algo?

Negue con la cabeza.

– No me gusta comer antes de cantar.

Asintio, acariciandose el estomago.

– Es lo bueno de ser pianista: puedes comer siempre que quieras.

Aunque es cierto que Vera me habia dicho que un cantante no debia cantar con el estomago lleno, que no quisiera comer tenia mas que ver con los nervios. Me habia sentido comoda cantando en la audicion, pero tan pronto como me meti en el taxi de camino al club me sobrevinieron una serie de temblores y sudores. Ver a aquel sofisticado publico tan de cerca no ayudaba. ?Seria lo bastante buena para ellos? ?Que esperaban de mi? Claramente, yo no cantaba tan bien como Florence, cuya encantadora voz lograba entonar cualquier nota sin desafinar. Por lo menos, de momento yo aun no podia. Me pregunte si el estomago revuelto, las nauseas y la tirantez que sentia en la garganta desaparecerian cuando me convirtiera en una artista experimentada o si tendria que convivir eternamente con todo aquello.

Madame Baquet interpreto una estrafalaria cancion sobre un hombre cuya amante lo sorprende tratando de seducir a su madre y despues anuncio que los clientes debian pedir sus bebidas y ponerse comodos porque era hora de que «la fabulosa Anke» subiera al escenario. «Esta es la alemana», pense.

Un hombre vestido de frac con un sombrero de copa se abrio paso entre la multitud para subir al escenario. El foco le ilumino la espalda. Charlie toco la primera nota y el hombre se giro sobre si mismo. Yo parpadee. Tenia la piel lisa y los ojos azules maquillados con perfilador negro. El cantante era en realidad una mujer. Habia adquirido un aspecto masculino peinandose su corto cabello hacia atras y por el modo en el que se movia por el escenario. Se oyo un murmullo que provenia del publico y la mujer comenzo a cantar. Su voz era tan androgina, discordante y extrana como su aspecto. Apoyo el rostro sobre las manos ahuecadas, moviendo rapidamente unas unas pintadas de verde que eran como garras. Hice una mueca. Su actuacion resultaba perturbadora. Las palabras en aleman que pronunciaba se alargaban interminablemente como aranas: Vernicbtung. Warnung. Todesfall. Tras la tercera cancion, senti una comezon por toda la piel y apenas pude mantenerme quieta en el asiento. Y, sin embargo, el resto del publico estaba hechizado: no se oia ni el tintineo de un vaso, ni un murmullo, ni una tos.

Cuando Anke termino, no saludo ni agradecio los aplausos de sus espectadores. Bajo rapidamente del escenario y se abrio paso a empujones hasta la puerta, como si la hubieran enojado. Cuando no volvio para aceptar sus propinas, el publico se puso en pie y aplaudio freneticamente, y yo me quede preguntandome que podria hacer para igualar su actuacion.

Hubo una oleada de actividad alrededor de la chica del guardarropa, que estaba metida en una cabina no mucho mas grande que un armario. Las mesas se vaciaron, igual que el espacio alrededor de la barra. «Nadie se queda a ver mi actuacion», pense. No me lo podia tomar de manera personal. Yo apenas tenia «un nombre» en Paris y el publico probablemente se apresuraba a asistir a algun otro espectaculo o a juntarse con sus amistades para cenar o beber mas copas. Asi es como funcionaban las cosas en Paris. Habia tantos restaurantes, teatros de variedades, cafes, bares y espectaculos teatrales, tantas distracciones en una misma ciudad, que quedarse en un solo establecimiento durante toda la noche no era una opcion.

Pero tan pronto como el cafe se vacio, comenzo a llenarse otra vez. Los nuevos espectadores corrieron hacia la barra, saludandose a gritos unos a otros y pasandose las bebidas por un mar de manos. Madame Baquet saludo a los recien llegados en ingles y se paro un momento para charlar con una chica ataviada con un vestido purpura con rosas en la manga y en el escote. Eugene se cambio el sitio con Charlie al piano y calento el ambiente con unos compases de jazz. Habian llegado los estadounidenses.

Eugene se inclino a lo largo del piano.

– Esta noche tienes un buen publico. Ahi esta Scott Fitzgerald, con su esposa, Zelda -me explico, senalandome con la barbilla a un hombre y una mujer muy juntos que llevaban los brazos entrelazados. Estaban tratando de bailar en el atestado espacio, y caian salpicaduras de whisky desde sus vasos. Las facciones del hombre eran finas y su boca parecia tan delicada que tenia un aspecto casi femenino. El rostro de su acompanante era mas severo. Llevaba un vestido de color salmon con tiras plateadas a lo largo de la espalda que se ensanchaban a la altura de las caderas formando una falda acampanada. Me pregunte si un vestido de cuatro mil francos tendria ese aspecto.

– Siempre se codean con la elite -explico Eugene, sin fallar ni una nota a pesar de estar hablando conmigo mientras tocaba-. Si les gustas, correran la voz.

Me frote las manos contra el vestido, tratando de alisar unas arrugas imaginarias. El temblor de mis piernas empeoro.

– ?Comienza el espectaculo! -me dijo Eugene y sonrio.

Para ponerme en pie tuve que intentarlo dos veces. Contemple las caras radiantes. Por alguna razon, pensaba que la multitud que viniera a cenar estaria menos animada, pero aquellos espectadores eran como un arbol de Navidad con todas las luces encendidas.

Me encarame a la plataforma y casi perdi el equilibrio. Observe la mesa de seis situada en el extremo mas alejado y me pregunte por que no me habia fijado en ellos antes. Todo en ellos -los claveles en los ojales de los hombres, el oscuro carboncillo que perfilaba los ojos de las mujeres, la circunspeccion con la que paladeaban sus bebidas- los delataba como parisinos. El hombre en el extremo de la mesa me llamo la atencion. Su piel tenia un tono dorado que no era comun entre los habitantes de ciudad y parecia miel en contraste con el color negro del pelo y los ojos. Estaba sentado junto a una mujer con un lunar en la comisura de la boca. Ella me recordo a un elegante gato siames, zalamero y de curvas perfectas, con facciones regulares y la piel cremosa. Yo pensaba que tenia buen aspecto con mi vestido, pero en comparacion con ella estaba tan desalinada como un gato callejero.

Los ojos oscuros del hombre se volvieron hacia mi y cruzamos una mirada. El corazon me dio un salto, como si hubiera ido a encender el interruptor de la luz y en su lugar hubiera tocado un cable cargado de electricidad. ?Le conocia? No, no le habia visto nunca antes, y sin embargo algo en mi interior si que lo reconocio. Me olvide de donde estaba, y me hubiera quedado alli de pie para siempre si madame Baquet no se hubiera inclinado junto a la mesa para darles la bienvenida y no se hubiera interpuesto entre el hombre y yo, de manera que deje de verlo. Aproveche para pararme a pensar sobre algo que el pianista de los ensayos me habia recomendado para conquistar a un publico inquieto: «Cante como si lo hiciera para sus compatriotas», me dijo. Con esto, se referia a que debia cantarle a una cara amiga entre el publico, y gradualmente atraer a los demas tambien.

?Aquel hombre de ojos oscuros era mi «cara amiga»? Madame Baquet se deslizo de nuevo entre la multitud y vi que el hombre se inclinaba sobre la mesa para admirar la pulsera que una de sus acompanantes femeninas le estaba mostrando. Quiza mis canciones no fueran lo bastante refinadas para el. Por su parte, los estadounidenses estaban listos para pasarselo bien. ?Para quien debia cantar? Eugene me miro, esperando mi senal. Trague saliva, pero no fui capaz de deshacerme del nudo que tenia en la garganta. De repente, vi a Zelda Fitzgerald. Estaba tendida sobre su marido y flirteaba con otro hombre que se encontraba a su lado, con la boquilla del cigarro colgada de los labios. Algo en sus fragiles brazos y en la despiadada expresion de su boca indicaba que no duraria demasiado tiempo en este mundo.

– La bouteille est vide -le indique a Eugene-, empezaremos con la cancion sobre el champan.

Eugene me presento y yo inicie la cancion con entusiasmo, pero mi esfuerzo fue recibido con indiferencia. Parpadee a la oscuridad. Nadie me estaba prestando atencion, ni siquiera el hombre de ojos oscuros. ?A quien iba a cantarle para atraer a los demas, si nadie demostraba interes? La mesa de franceses se concentraba en admirar los entrantes variados que les acababan de servir, los estadounidenses estaban encendiendose mutuamente los cigarrillos y contandose unos a otros sus historias. Madame Baquet iba serpenteando entre ellos, tratando de atraer la atencion hacia mi, pero era labor del

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