Pero no por eso America podra decir que ha entregado al resto del mundo la sagrada llama de la civilizacion, ?no lo cree usted asi?

– Quiza no; pero en este caso hemos de convenir en que ha desarrollado sus propias civilizaciones antiguas mediante su propio descubrimiento de los cereales; y estos fueron los primeros.

– ?Cree usted en la teoria de la Atlantida, profesor?

– ~ Algunas veces me recreo con esta idea, senor conservador.

– ?Bien, bien! ?Puedo preguntarle si se siente usted satisfecho por el ataque que hizo a mi sobrino?

– Bueno, la verdad es que cuando escribi el libro estaba muy resentido. Su sobrino y yo no nos entendiamos.

– Me parece que esto podria ser suficiente para hacerle dudar a usted de haber sido completamente justo.

– Si retirara mis criticas, no diria lo que realmente pienso.

– ?Esta usted convencido de no tener responsabilidad alguna en el fracaso al no alcanzar su objetivo?

El gigante fruncio el ceno con una expresion de perplejidad.

«En todo caso es un hombre honrado», penso Adrian.

– No veo adonde quiere usted llegar – dijo Hallorsen, lentamente.

– Fue usted quien escogio a mi sobrino, segun creo. – Si, entre otros veinte.

Exactamente. Entonces ?eligio usted mal? – Desde luego.

– ?Error de juicio? Hallorsen rio.

– Es usted muy agudo, senor conservador. Pero yo no soy hombre que haga publicas sus propias equivocaciones.

– Lo que usted queria- dijo Adrian secamente – era un hombre con el corazon de piedra; pues bien, debo admitir que no lo encontro usted.

Hallorsen se sonrojo.

– No coincidimos en nuestras apreciaciones, senor. Voy a llevarme mi pequena coleccion de craneos y le agradezco su cortesia.

Pocos minutos despues salio.

Adrian se abandono a una meditacion bastante confusa. El individuo era mejor que el recuerdo que de el le quedara. Fisicamente, era_ un magnifico ejemplar; mentalmente, no era de despreciar; espiritualmente… bueno, era el tipico exponente de un nuevo mundo en donde cada objetivo inmediato es la cosa mas importante que existe hasta que es alcanzado, y el alcanzarlo es mas importante que los metodos usados para conseguirlo.

«Lastima – penso – que haya que disputar. No obstante, no tiene razon; uno deberia ser mas caritativo y no publicar un ataque como el suyo. Demasiado 'yo' en el amigo Hallorsen».

Y mientras pensaba todo esto, puso el maxilar dentro de un cajoncito.

CAPITULO V

Dinny continuo su camino hacia la parroquia de St. Agustine-in-the-Meads. En aquel dia tan hermoso, la pobreza del distrito en que habia entrado adquiria a sus ojos, acostumbrados al campo, un aspecto de intensa sordidez. Lo que mas la sorprendia era la alegria de los ninos que jugaban por las calles. Le pidio a uno de ellos que le indicara la direccion de la Vicaria, y la escoltaron cinco. No la abandonaron ni cuando hubo -tocado el timbre, lo que la llevo a la conclusion de que los ninos no estaban enteramente impulsados por el altruismo. Efectivamente, procuraron entrar con ella y solo se marcharon cuando les hubo dado algunos peniques. Fue introducida en una simpatica habitacion que parecio alegrarse al ver entrar a alguien. Estaba contemplando una reproduccion de la Fran cesca de Castelfranco, cuando una voz exclamo

.- ?Dinny!

Se volvio y vio a su tia May. La esposa de Hilary Cherrell tenia su acostumbrado aspecto de haber superado la necesidad de encontrarse al mismo tiempo en tres lugares distintos. Parecia hallarse a sus anchas, sin preocupaciones y contenta…, no sin razon, pues su sobrina le era muy simpatica.

– ?De compras, querida?

– No, tia May. He venido para arrancarle a tio Hilary una presentacion.

– Tu tio esta en el tribunal.

Una burbuja subio a la superficie de Dinny. – ?Por que? ?Que ha hecho, tia May?

La senora Cherren sonrio.

– De momento, nada; pero no respondo de el en caso de que el magistrado se muestre insensible. Han detenido a una de nuestras jovenes bajo la acusacion de insinuarse a los transeuntes.

– ?No se trata, pues, del tio Hilary?

– ~ Es mas dificil, querida. Tu tio ha sido llamado para atestiguar su honradez.

– ?Y podra demostrarla, tia May?

– Bueno, esta es la cuestion. Hilary dice que si, pero yo no estoy tan segura.

– Los hombres son muy confiados. Nunca he estado en un tribunal. Me gustaria mucho ir y encontrar al tio Hilary.

– Yo puedo acompanarte, si quieres.

Pocos minutos mas tarde salian de la casa y caminaban por las calles, cada vez mas deprimentes a los ojos de Dinny, que estaba habituada a la pintoresca pobreza del campo.

– Jamas me habia dado cuenta antes de ahora – dijo repentinamente – de que Londres fuese semejante a una pesadilla.

– Es una pesadilla de la que uno no vuelve a despertar. Este es un sector de Londres que hiela el corazon. Dado que tanto se habla del paro obrero, ?por que no organizan un proyecto nacional para el saneamiento de estos barrios miserables? En veinte anos amortizarian los gastos. Los politicastros tienen energias y principios maravillosos cuando no estan en el poder, pero una vez lo han logrado, se contentan con correr-sobre la maquina.

– No son mujeres, ?comprendes, tiita? – ?Me estas tomando el pelo, Dinny?

– ?Oh, no! Las mujeres no poseen el sentido de las dificultades que tienen los hombres las dificultades de las mujeres son fisicas y reales: las de los hombres son intelectuales y formales ?Es imposible!, dicen siempre. Las mujeres jamas dicen eso. Primero obran y luego se preocupan de si la cosa es factible o no.

La senora Cherrell permanecio silenciosa durante unos momentos.

– Supongo que las mujeres «son» mas activas, tal vez porque tienen un ojo mas vivo y un menor sentido de la responsabilidad.

– Por nada del mundo quisiera ser hombre.

– Esto esta bien; pero, incluso ahora, los hombres se dan mejor vida que nosotras.

– Ellos lo creen, pero yo lo dudo. Los hombres se asemejan mucho a los avestruces. Comparados con nosotras, les cuesta menos rehusar ver lo que no les conviene, pero no creo que esto sea una ventaja.

– No opinarias de ese modo si tuvieras que vivir en St. Agustine-in-the-Meads.

– Si yo tuviera que vivir en St. Agustine-in-the-Meads, querida, me moriria.

Ida senora Cherrell contemplo a su sobrina politica. Desde luego, tenia un aspecto fragil y parecia que pudiera romperse, pero tenia tambien un aspecto de «pura sangre», como si su carne estuviera dominada por el espiritu. Hubiese podido revelar unas inesperadas fuerzas de resistencia impermeables a las cosas exteriores.

– No estoy muy segura de ello, Dinny. -Perteneces a una raza endurecida. De no ser asi, tu tio se hubiese muerto hace mucho tiempo. Ahi tienes el tribunal. Siento no poder entrar, pero me falta tiempo. De todos modos, te trataran bien. Es un lugar muy humano, a pesar de ser indelicado: Ten un poco de cuidado si te sientas al lado de alguien.

Dinny arrugo las cejas. – ?Piojos, tia May?

– Bueno, no me atreveria a decir que no. Vuelve a tomar el te, si puedes.

Dicho esto, se fue.

La Bolsa y mercado de las indelicadezas humanas estaba atestada. El publico, con su infalible olfato para los sucesos dramaticos, se habia sentido atraido por el proceso en que Hilary debia actuar como testigo, puesto que

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