– Esta bien. En la franja de Florida que penetra en Georgia y Alabama ha habido un resurgimiento de la actividad del Ku Klux Klan. Han estado quemando cruces, manifestandose, complicandole la vida a la gente. ?Que te parece una cronica sobre los nuevos jinetes enmascarados o algo asi?

– Ire el lunes -respondi.

– Cuando te venga bien -dijo, y regreso a su oficina. Volvi a mi escritorio y, una vez mas, extraje la carta del asesino.

«Uno mas», habia dicho el.

Yo habia creido que se referia a mi. ?Hablaba de si mismo?

Desaparecido en combate.

De nuevo se arremolinaron en mi mente las conjeturas. Despues de cerciorarme de que nadie me veia, rompi la carta en mil pedazos y los arroje a la papelera.

A mediodia, sali de la oficina para recorrer las calles. Hacia el oeste: sobre los Glades, comenzaban a formarse enormes nubarrones, y senti una brisa regular que soplaba desde esa direccion. Calcule que faltaria una hora o dos, a lo sumo, para que la tormenta llegara a la ciudad. Escrute los rostros de la gente, intentando advertir alguna diferencia, pero no logre leer en ellos emociones ni recuerdos. Todo lo que habia parecido tan obvio hacia muy poco tiempo se habia desvanecido. ?Acaso lo habia imaginado todo, todos los miedos? ?Que habia ocurrido?

Ese fin de semana vole a Nueva Jersey para visitar la tumba de mi tio. El otono comenzaba a instalarse. El cambio de estacion se apreciaba en las hojas, que se curvaban y se volvian marrones gradualmente. Mientras mi padre me llevaba al cementerio, baje la ventanilla del automovil y senti el viento en la cara. Era fresco, extrano, intoxicador.

Habia flores en la tumba, recien cortadas. Me pregunte quien las habria puesto alli. Mi padre estaba de pie a mi lado, con la cabeza gacha. Momentos despues, me dijo, como de pasada:

– Hace anos intente decirselo. La guerra termino, le dije. Sigamos adelante. Pero el nunca se adapto. A veces los hechos son demasiado impactantes para que la mente los comprenda, los clasifique y los archive. La mayoria de nosotros se adapta y envejece con indiferencia, pero, para algunos, los recuerdos no se borran. Algunas personas se atragantan con sus recuerdos. Como tu tio. -Me miro-. ?Y tu?

– Debi ir -respondi.

– ?Adonde? ?A ese pais dejado de la mano de dios para que te mataran en esa guerra estupida? -Estaba furioso-. Habrias vuelto peor que el. Mas invalido que si te hubiese alcanzado una bala. -Guardo silencio durante un momento.

– Hay dos clases de heridas -dijo, con un dejo de irrevocabilidad-. Algunas se curan. Otras, nunca. Tu eliges cual prefieres.

Regresamos a casa en coche, sin hablar.

No he vuelto a tener noticias del asesino.

A veces, cuando en la redaccion hay poco trabajo, me acerco a la morgue y busco el archivo titulado ASESINO DE LOS NUMEROS, julio-septiembre de 1975. Extiendo ante mi los trozos de papel en los que esta escrita la historia mas importante de mi vida, y mis ojos recorren las columnas impresas en busca de la pista, la declaracion, la frase olvidada que responda la pregunta que persiste en mi mente. Pero sigue siendo un misterio. A Nolan le gusta senalar, despues de tomar algunas copas, que fue la suerte lo que cerro el caso; que las horas que le dedicamos nosotros y la policia, el miedo que atenazo a los habitantes de la ciudad fueron inutiles para acabar con el juego del asesino. Sin embargo, yo me pregunto si no fue asi como el quiso jugarlo.

A veces, al enterarme del caso de otro asesino o de algun homicidio inexplicable cometido en otra ciudad u otro estado, me pongo a pensar. A veces, veo rostros; descubro que mi imaginacion compara los rasgos que tengo ante mi con aquellos que se descomponian bajo el torrido sol. A menudo, cuando suena el telefono sobre mi escritorio, vacilo antes de atenderlo, preguntandome si esta vez oire la voz fria y familiar en el auricular. Tambien pienso que fue mi mentira lo que libero a la ciudad de los mismos miedos, de las mismas dudas.

Y eso, supongo, me consuela un poco.

***
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