enseguida se repuso y continuo-. Y que se coman los caramelos, me da igual, que se los coman todos, que les de un dolor horrible de barriga. Yo ganare mas dinero y comprare muchos mas.

Y, diciendo esto, Chico se volvio a sentar en el peldano del portal, los brazos cruzados, la espalda muy recta, como un digno y orejudo comerciante a la espera de la llegada de la clientela.

El cuarto de los gatos estaba de verdad lleno de gatos. Gatos negros, y grises, y pardos, y atigrados, con las patas blancas, con las patas rotas, enclenques algunos, barrigones otros; gatas finas y coquetas, gatitos impuberes, grandes gatazos llenos de cicatrices de sus peleas con los otros machos. La ventana permanecia siempre abierta para que los animales pudieran entrar y salir a conveniencia, pero aun asi el ambiente era fetido y dulzon. La abuela Barbara cuidaba de los gatos y Amanda cuidaba de la abuela, de Segundo, de Chico, de mi y de la casa.

A veces los felinos no venian solos, esto es, al regresar alguno de sus correrias nocturnas se traia un amigo. Pero a la mayoria los habia recogido dona Barbara de la calle en las pocas ocasiones que salia: en general, solo dos veces al mes, el primer y el tercer sabado. Se arreglaba la abuela mucho en esos dias, se lavaba y cepillaba con esmero el largo y escaso pelo blanco, sacaba todos sus trajes y los extendia por el cuarto antes de decidirse por alguno y se lustraba ella misma las recias botas de botones, que en sus pies, enormes, parecian un calzado militar. Y al final, cuando ya estaba arreglada del todo, metia una ramita de canela en un panuelo pequeno y muy fino, y el panuelo se lo metia en el escote.

– ?Estoy bien? -decia entonces-. ?Voy bastante abrigada? ?0 pasare calor?

Amanda corria a la ventana, sacaba un brazo para tentar el aire, contemplaba el cielo; pero, como era insegura y dubitativa, nunca era capaz de responder adecuadamente a las preguntas de dona Barbara. La abuela grunia insatisfecha, se quitaba la chaqueta, se la volvia a poner, daba unas cuantas vueltas por la habitacion mientras Amanda se ponia cada vez mas nerviosa e iba creciendo en intensidad el momento de la partida. Y al cabo, ni antes ni despues sino en el instante justo, como si hubiera sonado una salva de canones honorifica (a veces restallaba un avion en las alturas y parecia a proposito), dona Barbara abria al fin la puerta y desatracaba lentamente de su cuarto como un majestuoso trasatlantico camino de los mares remotos.

En realidad siempre iba al cementerio. Lo se porque muchas veces me llevo con ella. Llevaba el baston en la mano izquierda y con la derecha me agarraba del cuello, y era como tener un buitre aferrado a la espalda. Nos miraban mucho. Nos miraban en el Barrio, donde eramos famosos desde que nos habiamos quedado con la pension. Pero nos miraban aun mas en la ciudad, a la que llegabamos en autobus. Se que mi abuela vestia de un modo raro; pero entonces me parecia una reina, y en los ojos de los demas creia ver miedo y a lo mejor envidia, nunca compasion, curiosidad o desprecio.

Ibamos a un cementerio antiguo y muy pequeno que, con el crecimiento de la ciudad, se habia quedado casi en el centro. Era un sitio agradable, sobre todo cuando habia sol y los arboles dibujaban en la arena del suelo un tembloroso rompecabezas de luces y de sombras. En esos dias la abuela parecia rejuvenecer en cuanto entrabamos por las verjas de hierro. Atras quedaba el ruido de los coches y el cementerio era una burbuja de silencio fresco y vegetal que olia a tierra regada. Abria la enorme boca dona Barbara y respiraba ruidosa y golosamente el aire, como si se lo quisiera tragar todo de un golpe. Y a veces se reia, yo no sabia por que.

Me hacia leer las lapidas y fijarme en las fechas. Luego me estrujaba el cuello y decia cosas raras:

– ?Mira! «En memoria de mi querida esposa, Matilde Morales Perez, 1847-1901…» Miralo bien… Todos estan muertos, todos, menos tu y yo… No lo olvides nunca, no te olvides jamas de que estas viviendo. Entre el mar de tinieblas del tiempo que fue y el interminable mar del tiempo que vendra, tu estas viviendo ahora, justo ahora, una chispa de luz y de casualidad entre la nada. Un privilegio. La verdad es que no se por que viven los idiotas. Y los miserables. Por que tanto derroche de vida con la gente. Con todas esas personas que ni siquiera saben que estan vivos. Cuando yo podria hacer tan buen uso de todos esos anos que otros malgastan. No es racional, no es justo ni economico. Si hay alguien ahi arriba, lo ha hecho todo muy mal.

Y soltaba una risotada y seguiamos paseando entre las tumbas, hasta que el sol caia y los arboles empezaban a sisear ese amenazador lamento que los arboles cantan por la noche; y entonces venia el guarda a decirnos que cerraba y yo conseguia al fin arrancar a la abuela del cementerio. Dona Barbara nunca sabia marcharse de los sitios que le gustaban.

Era de regreso a casa cuando solia hacerse con los gatos. Cogia a los animales callejeros mas salvajes y fieros por el cogote, y estos se dejaban hacer con una mansedumbre inexplicable. Aunque puede que ya se hubiera corrido la voz entre los felinos del Barrio sobre el buen trato que dona Barbara les dispensaba, porque en ocasiones incluso parecia que los gatos nos saliesen al encuentro. Bautizaba entonces la abuela a cada animal con el nombre de un muerto, Matilde Morales Perez, Lucy Annabel Plympton, Rodrigo Ruiz Roel, nombres que habia recogido por la tarde en el cementerio, sacados de las borrosas lapidas. Dona Barbara tenia muy buena memoria y siempre llamaba a cada gato por el nombre adecuado. Y asi, cuando entraba en el cuarto a darles la comida y cambiarles el agua, hablaba siempre un ratito con ellos, con los que hubiera, porque, como entraban y salian, la poblacion variaba; y se dirigia a los animales por su nombre con todo respeto, como si se tratara de personas. Y algunos es verdad que parecian humanos: Lucy Annabel, una gatita linda e inocente; Rodrigo, un gato grunon y acatarrado; Matilde, una gata matrona de caderas rotundas.

Si cuento todo esto es porque en el cuarto de los gatos sucedio algo inquietante. Fue al dia siguiente de nuestro incidente con el Buga y yo me habia pasado toda la manana recorriendo el Barrio para ver si encontraba a mi padre; es decir al misterioso hombre aquel que me buscaba. Pero no le encontre, y me sentia tan triste que entre en el cuarto de los gatos. A menudo lo hacia: me escurria dentro sin que me vieran, porque alli no aparecia nunca nadie, salvo la abuela por las mananas; y, una vez superado el primer sofoco del olor, al que te acostumbrabas en unos minutos, alli me sentia segura y acompanada.

Aquella tarde debi de dormirme, porque me sobresaltaron unas voces y cuando abri los ojos el cuarto estaba a oscuras. Enseguida comprendi que habia alguien en la habitacion contigua, que era la del sofa, la que Segundo usaba como sala. Una puerta de madera rematada por un montante unia ambos cuartos, y por el ventanuco se colaban la luz y la voz de un hombre.

– Te digo que vamos a tener problemas: te esta buscando y estoy seguro de que lo sabe todo.

– Jero ?que cojones es todo? No te pases de listo, Portugues… -era la enfurecida voz de Segundo.

– Tu sabes a lo que me refiero… Y yo tambien lo se. Y no me estoy pasando de listo… por ahora.

– No me amenaces, Portugues, no me amenaces… Al otro lado de la puerta hubo un pequeno y tenso silencio.

– Esta bien. No discutamos. Somos socios, ?no? -dijo el llamado Portugues en tono conciliador.

Mas silencio. -Te digo que el tipo es un peligro. Viene de dentro. -?De dentro? ?Quien te lo ha dicho?

– Lo se. Y seguro que lo envia Maximo.

Aguce la oreja al oir el nombre de mi padre. Asi que el recien llegado no era el, pero si un enviado suyo. Y Segundo parecia tenerle miedo.

– Maximo tampoco sabe nada -dijo Segundo con voz dubitativa.

– Sabe que tienes el dinero.

Se escucho un arrastrar de sillas, un golpe seco, un repentino jadeo, la voz susurrante y crispada de Segundo:

– No vuelvas a repetir eso… No vuelvas ni a pensarlo, ?oiste, Portugues? Como vuelvas a decirlo te deguello…

Nuevamente el silencio, interrumpido tan solo por unos pequenos resoplidos.

Al rato, Segundo tomo de nuevo la palabra en un tono mas tranquilo:

– El dinero se quemo en el incendio. -Si… en el incendio. -Fue una desgracia. -La hostia con la desgracia… - gruno el Portugues.

– Y si la mujer de mi hermano murio, yo no tengo la culpa.

Entonces mi padre habia estado casado, pense con sorpresa; y fue una noticia que me molesto. Pero inmediatamente parecio descorrerse una gruesa cortina dentro de mi cabeza y el cuarto entero se ilumino con mi descubrimiento: esa mujer de la que hablaban, la muerta en el incendio, tenia que ser mi madre. Senti en el rostro un golpe de calor, el aliento crepitante y goloso de las llamas. Me temblaron las piernas y cai al suelo. Tire una silla y debi de hacer considerable ruido.

– ?Que ha sido eso? -se sobresalto el Portugues. -Nada. La mierda de los gatos.

Escuche unos pasos y la puerta se abrio; un triangulo de cegadora luz corrio por el suelo hasta alcanzarme. Permaneci quieta donde estaba, aun sentada sobre las baldosas, aterrada y confusa, mientras el Portugues me

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