mias.

4

Elszabet salio de su oficina, recorrio el pasillo hasta la puerta y salio al exterior, a la tormenta. Iban a dar las ocho de la manana, y hasta el momento todo parecia bajo control. Se detuvo en el porche para verificar el sistema de comunicaciones que llevaba.

—Lew. Lew, ?puedes oirme?

Transmisor, receptor y microfono, las tres unidades juntas eran mas pequenas que su una, y las llevaba colocadas detras de la oreja derecha. El diminuto micro iba montado sobre su mejilla. Era equipo militar; si hoy iba a haber una guerra, ella tendria que ser el general.

—Te oigo perfectamente, Elszabet —dijo Arcidiacono. Sonaba como si estuviera junto a ella.

La lluvia empezaba a hacerse mas fuerte. El viento del norte la arrastraba y la esparcia violentamente contra los edificios, de donde chorreaba en cascadas. Elszabet supuso que eso era un golpe de buena suerte por su parte. Los tumbonde no deambularian por un terreno que no era suyo si llovia, ?no? Se quedarian en los autobuses y continuarian avanzando hasta el Polo Norte o dondequiera que su profeta los guiase.

Al menos, eso esperaba. Por lo mismo, seguia pareciendole una buena idea alzar las murallas de energia y mantenerlas hasta que la marcha hubiera pasado de largo, solo por si algunos cientos de miles de extranjeros veian el Centro al borde del bosque, les parecia calido y confortable, y decidian acercarse para secarse un rato.

—?Que tal las cosas por ahi? —le pregunto a Arcidiacono.

—Todo tranquilo. Todavia estamos trasladando los generadores. ?Hay alguna noticia de la policia del condado sobre los tumbonde?

—Acabo de hablar con ellos. Dicen que todavia no han levantado el campamento.

—?Saben donde estan?

—Parece que por todas partes —dijo Elszabet—. Hay una buena cantidad de ellos a las afueras de Mendo, pero estan desperdigados por todas partes, a ambos lados de la autopista Uno. El grupo mas cercano debe de estar a unos dos kilometros y medio al suroeste.

—Jesus, eso es bastante cerca.

—?Estas listo para manejar la situacion?

—Cuando quieras. No estoy preocupado.

—Muy bien. Si tu no estas preocupado, yo tampoco. Todo va a salir bien, Lew. ?Seguro que tienes suficiente gente?

—Por ahora si. Tal vez un poco mas tarde, cuando se hayan puesto en movimiento, necesitare mas para ir cambiando el equipo de un sitio a otro.

—Todos estaremos alli para entonces. Te llamare cada quince minutos para verificar.

—De acuerdo.

Elszabet golpeo ligeramente el receptor, pasando a la frecuencia B: Dante Corelli, que estaba en el gimnasio, a cincuenta metros de distancia.

—Aqui Elszabet. Es solo una prueba. ?Todo en orden?

—Si. Los pacientes empiezan a llegar del desayuno.

—?Saben lo que pasa?

—Mas o menos. Les he contado el asunto en lineas generales. Nadie esta particularmente alarmado. Bill Waldstein les va dando una racion de tranquilizante a medida que aparecen. Les decimos que es simplemente para relajarlos, que no tienen que preocuparse. Todos estan muy calmados por aqui.

—No me extrana.

—Me pregunto si, con esto de la lluvia, es necesario que los saquemos fuera. Podriamos mantenerlos aqui, darles tranquilizantes y dejar a un par de miembros del personal supervisandolos.

—Vamos a esperar. Quiza todo esto no sea mas que una falsa alarma.

—?Lo crees asi?

—Eso seria lo mejor, ?no?

—Escucha, todavia me faltan unos cuantos. Tal vez deberias llamar al comedor y hacer que se apresuren, ?de acuerdo?

—?Quienes no han llegado todavia?

—April, Ed Ferguson, el padre Christie… No, ahi viene el padre Christie. Entonces solamente April y Ed. Todos los demas estan ya aqui.

—?Tambien Tom?

—No. No, no se donde esta.

—Es conveniente que lo sepamos. Si aparece, llamame.

—Eso hare.

—Ire a ver a los que faltan. Te hablare desde la puerta del comedor. Si estan ahi dentro, los tendras en cinco minutos o menos.

Elszabet se dirigio al edificio y echo un vistazo. No habia nadie a la vista, excepto uno de los muchachos de la ciudad, que se encargaba de lavar los platos y fregar el suelo.

—Estoy buscando a un par de pacientes —le dijo—. April Cranshaw, una mujer gorda de unos treinta anos. Y el senor Ferguson, ?sabes quien es?

El chico asintio.

—Claro. Los conozco a los dos, doctora Lewis. Creo que ninguno ha venido hoy a desayunar.

—?No?

—Es dificil dejar de ver a April.

Elszabet sonrio.

—Me gustaria encontrarlos. Si aparecen mientras todavia estas aqui, ?querrias llamar al gimnasio y decirselo a Dante Corelli? Luego, envialos.

—Delo por hecho, doctora Lewis.

—Y ?has visto a Tom? Ya sabes, el nuevo, el de los ojos peculiares.

—Tom, si. Tampoco ha estado aqui.

—Que extrano. Tom no suele perderse una comida. Bien, pues lo mismo. Si lo ves, llama a Dante.

—Muy bien, doctora Lewis.

Elszabet salio al exterior. Se sentia curiosamente tranquila, como si se encontrara en el ojo de un huracan. Lo primero que tenia que hacer era acercarse al dormitorio a ver si April o Ferguson estaban todavia en la cama. Con una manana como esta, podrian haber decidido no levantarse, especialmente si no habian sido llamados para acudir al tratamiento.

La lluvia le golpeo en la cara. Se hacia mas y mas molesta, casi igual que una tormenta de invierno. El terreno engullia completamente el agua, pues estaba reseco tras tantos meses de verano; pero si continuaba lloviendo de esa manera, por la noche estaria todo lleno de barro. En los meses veraniegos se tiende a olvidar lo molestas que pueden ser las lluvias, penso Elszabet.

Lo primero, encontrar a April y a Ferguson, si. Luego, buscar a Tom. Y entonces tendria que acercarse a la puerta delantera a ver como se las apanaba Lew Arcidiacono con la instalacion de la muralla de energia. Despues de eso, no quedaria mas que esperar y hacer todo lo posible para que la marcha rodeara el Centro en lugar de atravesarlo. Los tumbonde eran un problema que no necesitaba, una estupida distraccion. Sabia que Tom era el gran suceso con el que ahora deberia estar tratando. Tom y sus visiones, sus poderes casi magicos, Tom y sus mundos galacticos, los mundos que ahora, gracias a las camaras de la Starprobe, comprendia reales, autenticos mundos habitados que enviaban imagenes de si mismos a traves de la extrana mente de este hombre de la Tierra.

Como si algo hubiera saltado en los recovecos de su mente, una luz extrana empezo a brillar detras de sus ojos.

No, penso furiosa. Ahora no. Por el amor de Dios, ahora

Вы читаете Tom O'Bedlam
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату