– Todavia no me he vestido.
– Pues entonces te esperamos en diez minutos, ?te parece?
– Esta bien, diez minutos.
– Estupendo.
Cabrera colgo y la linea quedo muda.
Todo lo que habia dicho habia sido exactamente como antes: sereno, exquisito y amable, y pronunciado con el mismo tono y acento calido. ?Que estaba ocurriendo? ?Era Alexander Cabrera Raymond Oliver Thorne, o no lo era?
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Kovalenko tomo un trago de vodka y dejo el vaso. Estaba en una habitacion parecida a la que le habian asignado con Marten, con la unica diferencia de que ahora estaba en la segunda planta. Murzin no le dijo demasiado, sencillamente le habia preguntado su nombre, donde vivia, y luego lo acompano hasta aquella habitacion. Luego habia salido, y de eso hacia ya mas de diez minutos.
Estaba claro que Murzin era del FSO. No tenia manera de saber cuantos mas habia, pero sospechaba que los miembros de «recepcion» de corbata negra eran agentes y que podia haber mas entre el personal de servicio, tal vez hasta entre los invitados, aunque sospechaba que pocos, si es que habia alguno mas, serian del rango de Murzin o tendrian su mismo caracter. Murzin era un Spetsnaz de la vieja escuela, y eso inquietaba a Kovalenko porque significaba que no solo era un comando de primera fila sino un asesino profesional cuyo principal y unico trabajo era cumplir ordenes. Si estaba aqui significaba que algo extremadamente importante estaba a punto de suceder.
Aunque Kovalenko no le habia dicho nada a Marten, cuando llegaron habia visto una limusina presidencial aparcada a un lado. El presidente Gitinov debia hacer el anuncio publico relativo a Peter Kitner al dia siguiente, ante el Foro. Asi que, teniendo en cuenta el escenario, los coches blindados de la entrada, las limusinas y el personal que recibia a los invitados, por no mencionar a Murzin, todo hacia pensar que Gitinov se encontraria esta noche entre los comensales. Si era el caso, podia haber llegado y entonces la limusina presidencial era la suya. Pero era poco probable que hubiera llegado en un solo vehiculo. Gitinov solia viajar en comitivas de tres o cuatro limusinas identicas, de modo que un francotirador o un terrorista no pudiera saber en cual de ellas estaba. Una alternativa mas probable era que llegara en helicoptero. Era mas seguro y mucho mas espectacular.
Eso dejaba en el aire la pregunta de quien habia llegado en la limusina. La respuesta, en especial si se tenia en cuenta la presencia de Murzin, era que habia sido utilizada por algun estadista ruso, o por varios, de igual poder. Actualmente no habia ningun hombre que detentara tanta influencia como Gitinov, pero si habia un triunvirato que el conocia de memoria, formado por Nicolai Nemov, el alcalde de Moscu; el mariscal Igor Golovkin, ministro de Defensa de la Federacion Rusa, y Gregorio II, gran patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa. Y si estaban aqui y Gitinov estaba tambien invitado…
De pronto se abrio la puerta y entro Murzin. Lo acompanaban dos agentes mas, vestidos con traje de noche pero con el mismo pelo rapado. Uno de ellos cerro la puerta.
– Es usted Yuri Ryleev Kovalenko, del Ministerio de Justicia ruso -dijo Murzin con voz tranquila.
– Si.
– Debia usted haber vuelto a Moscu esta manana.
– Si.
– No lo ha hecho.
– No.
– ?Por que?
– Viajaba con el senor Marten. Su hermana esta prometida en matrimonio con Alexander Cabrera. El me pidio que lo acompanara. Hubiera sido descortes por mi parte no hacerlo.
Murzin lo miro con atencion.
– Hubiera sido mas prudente por su parte obedecer ordenes, inspector.
Murzin miro rapidamente a los hombres que lo habian acompanado. Uno de ellos abrio la puerta y Murzin volvio a mirar a Kovalenko:
– Siganos, por favor.
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El escolta de Nicholas iba un paso por delante de el cuando volvieron una esquina y empezaron a bajar por un pasillo de paredes de piedra en direccion a una puerta antigua cerrada, de madera muy ornada, que habia al fondo. El suelo estaba enmoquetado y las paredes banadas por la luz de unas lamparas empotradas en el techo a intervalos regulares. Era una iluminacion a la vez antigua y de diseno moderno, pero a Marten le daba la sensacion de que lo estaban conduciendo a un calabozo medieval. No podia evitar desear que Kovalenko estuviera con el, y al mismo tiempo se preguntaba donde estaba y por que no habia regresado a la habitacion.
El esmoquin que le habian facilitado a Marten, que le habia parecido comodo y de la talla perfecta cuando se lo puso, de pronto le parecia estrecho y rigido. Se llevo la mano al cuello para aflojarse un poco la pajarita, como si este sencillo gesto lo ayudara. Pero no fue asi. Tan solo le hizo darse cuenta de que tenia las palmas de las manos humedas y de que estaba sudando.
«Relajate -se dijo-. Relajate. Todavia no sabes nada».
– Aqui estamos,
–
–
Al cabo de un segundo se abrio la puerta y aparecio Alexander Cabrera, resplandeciente en su esmoquin negro a medida y con su camisa blanca de volantes, con una pajarita de terciopelo negro en el cuello.
– Bienvenido, Nicholas -le dijo, sonriente-. Pasa, por favor.
Lentamente, Nicholas entro en la biblioteca de Villa Enkratzer, con sus paredes de libros y su calido mobiliario de piel. Al otro lado de la sala las llamas hacian crepitar los troncos recien anadidos a la chimenea de marmol, llenando el ambiente con un agradable aroma de roble. Sentada en el sofa, frente a la chimenea, habia una mujer guapa y majestuosa, probablemente de cincuenta y pocos anos. Llevaba el pelo negro recogido en un mono en la nuca y vestia una tunica amarilla larga, con una estola de armino sobre los hombros. El collar que lucia combinaba las vueltas de pequenos diamantes con las de rubies, mientras que sus pendientes estaban formados por pequenas nubes de brillantes diminutos.
Marten oyo como Cabrera cerraba la puerta detras de el.
– Te presento a la baronesa de Vienne, Nicholas. Es mi querida tutora.
– Es un placer conocerle, senor Marten. -Al igual que sucedia con Cabrera, el ingles de la baronesa arrastraba un acento frances. Ella le tendio la mano y Marten se inclino sobre ella y la tomo.
– El placer es mio, baronesa -dijo Marten con delicadeza. La baronesa era mas joven, delicada y mucho mas guapa de como la habia imaginado. Era elegante, calida y se mostraba como si estuviera realmente encantada de conocerle. Sin embargo, cuando el le solto la mano y retrocedio, ella lo siguio mirando. Eso le provoco una sensacion inquietante, como si ella lo intentara analizar, buscandole algun punto flaco o alguna debilidad.
Marten miro a Cabrera.
– ?Donde esta Rebecca?