pregunto, con voz casi inaudible:

?Estoy hablando demasiado?

Con un movimiento de cabeza, le di a entender que no.

La siguiente muerte fue aun peor. No se si Gal te habra hablado de Marguerite. Fue mi companera durante mas de diez anos…

Aunque era practicamente imposible apurarlo mas, todavia le dio una calada al cigarrillo antes de arrojarlo por la rendija de la ventanilla. La colilla se estrello contra un muro invisible, dejando un reguero de chispas en el aire. Louise se guardo el paquete de tabaco en el bolso y bajo la redecilla del sombrero. Tenia las puntas de los dedos amarillas de nicotina.

Gal era mi mejor amigo, por no decir el unico, quiero decir amigo de verdad. Nos conociamos desde hace casi treinta anos… Chasqueo la lengua, haciendo una mueca que no supe como interpretar. Su muerte es una senal, de eso estoy segura. Siento que se ha desequilibrado para siempre el fiel de la balanza.

Siguio un largo silencio que interrumpio Frank, descorriendo la mampara de cristal. Anuncio que estabamos a punto de llegar y le pregunto a Louise si queria tomar algo con nosotros en el Oakland, a lo que contesto que queria estar sola. Otero le indico a Victor que la llevara a Manhattan. Cuando nos despedimos me retuvo la mano con fuerza:

Pasese algun dia por mi estudio a la caida de la tarde, dijo. Creo que tenemos mucho de que hablar. Aunque hoy no le haya dado pruebas de ello, le prometo que tambien se escuchar.

Subrayo sus palabras con una carcajada seca. Era la primera vez que la oia reirse, y habia algo en su manera de hacerlo que me resultaba extranamente familiar.

Desde entonces acudo con cierta asiduidad a su caseron de Chelsea. Practicamente siempre tiene invitados: coleccionistas, criticos de arte, musicos, poetas y sobre todo artistas jovenes que sienten una intensa admiracion por su obra. Al final, Jacques, su ayudante, se las arregla para que se vaya todo el mundo y nos deja a solas. Me suele hablar del trabajo que ha ultimado durante el dia, como hacia contigo. Tiene muchisimo talento y me cuesta creer que el mundo haya tardado tanto en reconocerlo, pero lo mas asombroso es su indiferencia. Le trae completamente sin cuidado lo que se piense de ella. Jacques dice que sigue siendo la misma de siempre. La primera vez que la fui a ver, uno de los invitados, un escultor muy joven, dijo algo en frances que no entendi muy bien, aunque si lo suficiente como para darme cuenta de que era una alusion a su fama. Louise solto una carcajada identica a la que se le escapo cuando nos despedimos a la vuelta de Fenners Point. La risa de Louise es grave, cavernosa, de fumadora, como su voz. Aplasto la colilla contra el cenicero y repitio la frase que le habia dicho el chico, que observaba su reaccion desconcertado. Entonces, de repente, Gal, entendi lo que os unia. Louise se burla de las cosas que preocupan a la mayoria de la gente, igual que solias hacer tu. Le importa un bledo que al final de su vida haya recaido sobre ella una atencion que jamas habia buscado. Los dos despreciabais por igual los modos del mundo. Por eso habia dicho que tu muerte desequilibraba la balanza. La habias dejado sola, Gal.

Si no tiene ganas de hablar, me propone que tomemos el te en la biblioteca. Observando su rostro arrugado, viendola encender un Camel sin filtro con la colilla de otro, he aprendido a reconocer en ella la misma fuerza interior que tenias tu. No sabria que nombre darle, mas que desprecio o indiferencia es una forma de dignidad que le sirve para defenderse no se muy bien de que. En ti habia visto muchas veces esa misma fuerza, extrana pero positiva, cargada de una vitalidad casi violenta. Los dos necesitabais la proximidad del peligro, aunque ella es mucho menos vulnerable. Cuando Louise se siente acorralada, se encierra en si misma; tu, sin embargo, enloquecias y no dejabas de revolverte hasta conseguir hacerte dano, cuanto mas mejor.

En la biblioteca hay un retrato en el que supo captar uno de los raros momentos en que tu espiritu se encontraba en calma. Te va a parecer una asociacion descabellada, pero ese retrato me recuerda una de las cosas mas hermosas que has escrito: me refiero a la semblanza de Lermontov. Una tarde, en el Oakland, me hablaste de el, y cuando confese que no lo conocia te escandalizaste. ?Que no sabes quien es Lermontov? me preguntaste, asombrado. Te parecia imposible. El poeta ruso, dijiste, bajando la voz, y te quedaste pensando. Era uno de esos silencios tan tuyos en los que era casi visible la forma de tus pensamientos. En seguida anadiste: Murio a los 27 anos, en un duelo. El zar lo habia desterrado, y toda la gente de la localidad donde se habia refugiado acudio al sepelio. Cuando te volvi a ver, al dia siguiente, habias escrito una bellisima semblanza de su vida. Me la diste, sin guardarte una copia para ti. Ahora la tiene Louise. Se la regale la segunda vez que la fui a ver, despues de que se hubo ido el resto de los invitados. Me llevo a la biblioteca, se sento en el sillon de cuero rojo y encendio un cigarrillo. Cuando termino de leer, dijo: Esta muy bien, pero no es Lermontov. La mire extranado y pregunte. ?Entonces quien? Gal, dijo, divertida, Gal, ?quien si no? Aunque lo mas seguro es que el no se diera ni cuenta. Me rei con ella. Tenia toda la razon, eras tu. Cuando me la quiso devolver le dije que se la quedara.

A medida que va pasando el tiempo estoy cada vez mas convencido de que siempre habias previsto que las cosas iban a ocurrir asi. No te hacia mucho caso cuando me decias que nunca serias capaz de terminar el Cuaderno de Brooklyn, como llamabas muchas veces a tu novela, pero me insististe tanto, a tu manera, sin decir nada concreto, que cuando me quise dar cuenta habiamos cerrado un trato. No me entiendas mal, haber empleado asi estos dos ultimos anos ha sido tan importante para mi que mi existencia ha dado un vuelco. Pero tambien es verdad que al principio lo repentino de tu muerte me hizo sentir que habia caido en una trampa. Al no estar tu, no podia echarme atras y la carga se me hizo insoportable. ?Terminar yo tu libro? Me sentia incapaz, pero no tenia eleccion. Estaba atado. Me costo resolverme a empezar y cuando por fin lo hice, me di cuenta de que habia mucho adelantado. Casi a cada paso me encontraba indicaciones que me permitian ver con claridad por donde seguir. En cierto modo era como tenerte siempre ahi, senalandome el camino. Y no eran solo tus anotaciones. Muchas veces, de manera fortuita, recordaba retazos de conversaciones. ?Sabes lo primero que me vino a la cabeza, antes de tocar nada, en el momento de tomar posesion del Archivo? (Frank y yo bautizamos asi tu estudio, en homenaje a Ben). Al verme rodeado de tus papeles, de pronto me acorde del dia que me hablaste de la ultima voluntad de Kafka. Habia entregado su vida a la escritura y al sentir que la muerte se le echaba encima, le pidio a su mejor amigo, Max Brod, que destruyera sus escritos.

Es una anecdota manida, anadiste, pero no por eso deja de ser impresionante. Virgilio tambien hizo algo parecido. Naturalmente solo tenemos conocimiento de los casos en que los amigos desobedecieron. ?Cuantos habra que, por el contrario, respetaron la voluntad del muerto? ?Cuantos kafkas y virgilios habran desaparecido sin dejar rastro de su paso por la tierra?

La pregunta me hizo pensar en otra de tus anecdotas favoritas. Tenia la esperanza de que la hubieras escrito para poder incluirla en el Cuaderno, pero no la encontre entre tus papeles. Me refiero a la historia del poeta ingles que escribia sus composiciones en papel de arroz. ?Te acuerdas de cuando me la contaste por primera vez? Fue casi al principio, una manana que vine de Chicago y fui directamente del aeropuerto al Oakland. Me estaba separando de Diana y no me atrevia a pasar por casa. Todavia no nos conociamos bien, aunque ya me habias hablado de Brooklyn, el libro que te llevaba tanto tiempo rondando en la cabeza. No recuerdo a santo de que me hablaste de un aristocrata ingles que escribia poemas en papel de fumar, despues liaba un cigarrillo y antes de encenderlo decia: Lo interesante es crearlos.

Lo lei en una entrevista con Lezama Lima, aclaraste. La anecdota, como las de la muerte de Kafka y de Virgilio, surgio mas de una vez en nuestras conversaciones y siempre me llevaba a hacerme la misma pregunta: ?Y tu por que escribias, Gal? Un dia que ibamos camino del gimnasio de Jimmy Castellano a ver un combate de Victor, te la solte a bocajarro. Te encogiste de hombros y aceleraste el paso. Estabamos a una manzana del Luna Bowl, y Cletus, el portero, te habia reconocido y te hacia senas desde lejos. Resuelto a conseguir una respuesta, te corte el paso y te espete, apremiante: Me has oido perfectamente, Gal. ?Por que escribes? Torciste el gesto y esperaste a que me apartara. Te pedi perdon y jamas volvi a sacar el tema, pero a ti no se te olvido. Debiste de escribir esto un par de dia despues. Es ese tipo de detalles lo que me dio a entender que lo tenias todo planeado:

3 de abril de 1992

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