exhalaba una neblina ligera, parecia un animal gigante y enfermo al que le costara trabajo respirar. La calima desdibujaba el contorno de las cosas. De la tierra, del asfalto, se elevaban brumas, nubeculas translucidas que bailaban, temblorosas. Segui mirando a Brooklyn Gouvy, sintiendo aquel extrano dolor en el costado, hasta que su figura alcanzo la verja de la entrada y desaparecio sin que se hubiera vuelto una sola vez.
Cuando la perdi de vista, las palabras de una de sus ultimas frases, empezaron a taladrarme la cabeza:
Nunca nos volveremos a ver.
Absurdamente, eche a correr en pos de ella. Mis pasos resonaban en el asfalto, secos, espaciados, mezclandose con los sonidos difusos del mediodia. Mientras corria, las siluetas de los cipreses bailaban en el campo de mi vision periferica, como adivinas borrachas. En la imaginacion, se me fue acumulando un tropel de escenas inconexas. Me senti arrastrado fuera de mi mismo, como si me hubiera llegado la hora de morir. Al cabo de un par de minutos alcance la verja. Ella habia torcido hacia la izquierda. Mire en aquella direccion y vi un Mercedes Benz de color gris plateado, con matricula del cuerpo diplomatico, y junto a el, de pie, dos figuras. Brooklyn tenia la cabeza recostada en el hombro de un individuo alto, elegantemente vestido, de porte aristocratico. El hombre acariciaba el pelo, le daba palmadas levisimas en la espalda, mientras ella sollozaba. Ni Bruno Gouvy ni su hija se percataron de que alguien los observaba desde la verja. La imagen se mantuvo asi un tiempo. Habia una tapia enjalbegada, una hilera de cipreses, una vereda de piedra que llegaba hasta la puerta de una capilla. El Mercedes estaba pegado al bordillo de la acera. Bruno Gouvy sujeto a su hija por los hombros, le alzo la barbilla, empujandosela delicadamente con el indice curvado, para que le mirara a los ojos, y le dio un panuelo, para que se enjugara las lagrimas. Despues la acompano hasta el lateral derecho del automovil y le abrio la puerta. Los ademanes de Gouvy eran suaves, delicados. Por fin rodeo el automovil y se acomodo frente al volante. El motor se puso en marcha con una trepidacion apenas perceptible y los neumaticos se abrieron paso por entre la grava. Entonces me deje ver. Di unos pasos indecisos, y me situe en medio de la calzada. El automovil se detuvo a escasa distancia de donde me encontraba y los dos me miraron a la vez. A traves del parabrisas vislumbre sus torsos, sus rostros, el de el, fino, de tez bronceada, con el pelo del mismo color que la carroceria del Mercedes. Y ella, Brooklyn, la viva imagen de su madre. Me hice a un lado y el coche reanudo la marcha con una lentitud extraordinaria. Bruno Gouvy alzo la mano y sonrio con la mirada, sin mover un solo musculo de la cara. Cuando estuvo a mi altura, apoye la mano en el cristal de la ventanilla, con los dedos abiertos en abanico, y Brooklyn hizo lo mismo, apoyo su mano, pequena, delicada, en el cristal, solo que ella tenia los dedos juntos. Hubiera sido una caricia de no ser por el cristal caliente que mediaba entre la palma de su mano y el hueco de la mia. La aparto y me hizo un gesto de despedida. El coche salio de la pista de grava, accedio a la carretera, torcio hacia la derecha e inmediatamente desaparecio.
Me quede paralizado, sin saber que hacer, mientras lo volvia a ver todo como en la secuencia de un sueno. Era como si se hubiera hecho de noche bruscamente, como si un eclipse total se hubiera abatido sobre la bahia de Cadiz. Recorde un eclipse, el unico que vivi, siendo yo nino, en Summerhill. Mrs. Dawson habia anunciado durante el desayuno que en torno a mediodia iba a tener lugar un eclipse total de sol. Al acercarse la hora, en lugar de acudir al pabellon principal a fin de observar el fenomeno con los demas, como se nos habia indicado que hicieramos, me escondi en una arboleda cercana. Sentado en una roca, observe como en torno a mi descendia algo que no era exactamente la noche, unas tinieblas sin nombre que iban cubriendolo todo como si alguien hubiera extendido una sabana negra sobre el mundo, hasta que, muy poco a poco, empezo a regresar la normalidad. Fue algo tan extrano que muchas veces dudo haberlo vivido. Y en aquel momento volvia a suceder. Lo que antes eran imagenes, de repente se habian vuelto sombras. Sombras, pense, o tal vez oi una voz que hablaba dentro de mi. Sombras, dijo la voz, solo sombras, sombras que no cesan. Se han ido todos los que formaron parte de aquel mundo, un universo entero se ha borrado. Los seres que una vez lo habitaron pletoricos de vida ahora son poco mas que humo. Recorde las campanas al vuelo del Hotel Seventeen, donde alquile una habitacion cuando me separe porque no podia soportar volver al apartamento vacio, los cuartos infames, ocupados por matrimonios de mendigos ancianos que fumaban marihuana y veian programas de dibujos animados durante toda la noche. A primera hora de la manana, cuando repicaban las campanas de una iglesia cercana, antes de despertarme, creia que era nino y estaba en algun lugar de Europa. En medio de la calma del cementerio, oi un viento que silbaba a lo lejos, un viento que al pasar lo queria borrar todo. Y en aquel momento, yo que creia haber sonado con las sombras de Brooklyn, me di cuenta de que no habia sombra alguna, solo una claridad que lo cegaba todo. Todo era blanco, de un blanco calcinado, las tapias, el sol, la caja donde se guardaban los papeles que me habia dado Brooklyn, donde decia que estaba lo que faltaba de la historia. Fue entonces cuando me di cuenta de que no iba a leer nada de aquello. Porque
Eduardo Lago
[1] Revisado en marzo de 1991.
