– Mira -insistia el hombre- cuando estos bestias esten descuidados, al amanecer, pegamos el golpe y los dejamos. ?Que se arregle Sandoval con su paloma! Tenemos que entrar en la casa… ?Te animas?

– ?Y por que no? -respondio el otro excitado en su orgullo y en su concupiscencia.

– Toma… no hay como un buen trago para el frio.

– Y una buena hembra para acabar con las penas ?salud! -termino su companero bastante mareado por los continuos requerimientos a la bota.

– ?Callate, che, o te van a oir esos!

– Bueno, pues… ?Que aprovechen entonces!

– ?Callate borracho, o te desnuco! -lo amenazo su complice alarmado, mirando al grupo que empezaba a interesarse en la conversacion.

– Esta bien… no es para tanto -y el hombre se envolvio en su poncho grunendo incoherencias. Su compinche lo observo alargando el labio despectivamente.

Subia lentamente la noche y Sandoval continuaba su ronda solitaria y acechante. Ni por un momento penso en desistir de sus propositos; pero el rechazado ataque y la obligada pausa lo enardecian en un grado tal que temblaba violentamente. Habia perdido la facultad de reflexionar y miraba la negra silueta de la casa de Lunder con tanta vehemencia que al fin sus ojos fatigados comenzaron a percibir luces inexistentes y vagas siluetas que se perdian en el aire o se enroscaban en espirales delgadas como hilos. Lentamente trascurrian las horas, y los hombres, cansados de esperar y embotados de alcohol y sueno, yacian por los rincones.

Sandoval, casi helado y durmiendose apoyado contra las chapas del galpon no advirtio las dos sombras que se deslizaron a su lado y que, dando un largo rodeo, se arrimaron a la casa.

Avanzaron sigilosos y de ser la obscuridad menor hubieran visto el cuerpo sin vida de Pavlosky al que la helada habia cubierto con una pelicula blanquecina. Una niebla gris y humeda subia de entre los pastos.

Anduvieron errando furtivamente por la galeria temiendo ser sorprendidos, hasta que la claridad de la madrugada choco contra la niebla. Dudaban ya de conseguir entrar cuando de pronto los sobresalto el rumor de pasos en la galeria.

– ?Alguien sale! -murmuro uno y empujando a su complice, corrio a ocultarse tras el brocal del pozo. Desde alli vieron al indio desaparecer y luego, restallante, les llego el grito de Maria y su inesperada aparicion.

– ?Ahi esta! -grito el barbudo saltando como un gato mostruoso, y abalanzandose sobre Maria, que cruzaba corriendo, le puso la manaza sobre la boca y la arrastro entre la niebla. Maria, aterrorizada, mordio aquella mano que la ahogaba y alcanzo a desprenderse, pero las amplias polleras se le enredaron y cayo de bruces gimiendo.

– No te vas a escapar, pichona… -rugio el hombre y la envolvio en sus brazos. El contacto del cuerpo suave de la muchacha le infundio un vigor de fiera y se lanzo con ella campo afuera, hacia la alameda, seguido de cerca por su complice.

Maria, desvanecida por el brutal abrazo, dejo de luchar y los dos hombres, jadeantes, se detuvieron entre los arboles. El deseo era ahora en ellos como un ramalazo de locura… Uno tiro de las ropas de la muchacha desgarrandolas y sus manos recorrieron los pechos firmes y desnudos… Pero ya su compinche furioso lo apartaba con violencia, rugiendo:

– Sali maula… esta mujer es mia -y con un golpe aplicado con el cabo de su revolver lo tendio en el suelo.

El frio y el contacto del pasto humedo, hicieron que Maria volviera a la conciencia de su estado, intento otra vez la huida, hipando de terror, pero ya su raptor caia sobre ella implacable, revoleandola entre las hierbas. Con el ultimo terror se sintio destrozada por las manos avidas y su cuerpo vibro defendiendose. Sufria el asco y el ultraje y todo su cuerpo fue lacerado y golpeado por el miedo.

– ?Dejeme bruto… salvaje… dejeme! -rogo inutilmente.

– Veni muchacha. Ahora vas a ver quien es mas hombre… ?Ni se imagina don Mateo! ?Vos sos mia!… ?Mia y de cualquiera cuando te deje!

– ?Mama… mamita!… -fue toda la voz que salio de la garganta de Maria… Despues la niebla entro en su corazon… la niebla los envolvio a los dos con su monstruosa piedad ciega y la bestia crecio bajo el cielo indiferente.

El hombre se levanto y anduvo; topo contra la niebla y anduvo; anduvo con el aullido de la bestia empujandose contra sus dientes; anduvo con el aspero rocio mojandole los labios resecos por la fiebre de los besos negados sobre la boca fresca y la piel… ?La piel! ?que suave era la piel de la muchacha que gemia!… Anduvo hasta chocar con el otro.

Sandoval estaba delante suyo, visible entre la niebla que se aclaraba poco a poco.

– Bueno don… -tartajeo el hombre con una risa estupida, limpiandose la boca con el dorso de la mano. -Ya cumpli la orden, patron…

– ?De donde salis vos? -le grito Sandoval-. ?A quien corrian?

– No haga tanta bulla, patron… ?No queria a la muchacha?… ?Bueno! Ahi la tiene… tiradita en el pasto… como esperandolo. Es suya, patron. ?Que le aproveche!

– ?Desgraciado! -bramo Sandoval, como si masticara el insulto para escupirlo en la cara del violador. - Desgraciado!… No vas a vivir mucho para contarlo.

El hombre estaba medio inconsciente de alcohol y de lascivia, pero la voz de Sandoval lo sacudio como un latigazo.

– Pero no, patron… ahi la tiene, eso es todo… Salio corriendo detras de otro que escapaba… se lo aseguro… yo…

– Vos te aprovechaste de ella ?perro!

– ?No!… Se lo juro… ?no patron!… ?No… Nooo!…

El impacto de la bala lo tiro primero hacia atras como si lo hubiera coceado un caballo, despues se le doblaron las rodillas, trastabillo, y finalmente cayo boca abajo.

Sandoval lo dejo tendido sin volverse a mirarlo. Siguio adelante.

Cuando se inclinaba sobre el cuerpo semidesnudo que se helaba entre el pasto. Maria balbuceo:

– Llanlil… no te vayas… me muero.

Sandoval la reconocio con asombro y se incorporo desconcertado. Por entre la alameda, detras de los corrales, sintio el galope de un caballo que se alejaba. Como un rayo la seguridad de que Llanlil era el jinete lo hizo correr a los galpones.

– Un caballo ?pronto!… ?se escapa el indio!

Pero aquello se habia convertido en un caos. Su gente luchaba con la de Lunder en medio de la confusion terrible y Sandoval, saltando al primer caballo que hallo a mano, se metio entre los corrales persiguiendo al paisano.

3

…Y Pedro Ruda, con la desesperacion en el alma volvio a la casa. Entre sus brazos llevaba la dulce carga de un cuerpo inerte, helado y liviano. Con el gesto duro y los ojos que no sabian llorar, camino indiferente entre los que yacian caidos y los que luchaban todavia. Los negros cabellos de Maria se enroscaban en su cuello lastimado y, mirandolos, Ruda presintio que un dolor mas negro lo acompanaria para siempre.

– ?Muchacha tonta! -murmuraba amargamente, mientras la dejaba sobre la sencilla cama de su cuarto.

– Venga, hijo mio -le pidio el padre Bernardo-. Venga conmigo que Blanca cuidara de ella.

– ?Oh padre!… ?Por que… por que? -y Pedro Ruda, por primera vez en su vida hinco la rodilla ante un misionero de Dios. La orgullosa cabeza se humillo y lloro como una criatura.

El padre Bernardo que conocia el dolor de los hombres, su orgullo y su fragilidad, no rezo por el, sino que acaricio la vieja cabeza de leon abatido.

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