una intensa crisis nerviosa, a sus habitaciones, pero… ?acaso sabia ella que era el objeto principal de aquel atraco?
– ?Donde esta ahora? ?Hable, Lunder, o le parto el craneo! -amenazaba el otro.
– No se… se lo aseguro… ?Calmese y escuche!
– Ahora quiere hablar, idiota… Lo hubiera hecho antes, ahora es tarde… Vengo a llevarmela, le guste o no ?me entiende?
– ?Pero eso es criminal! ?Usted no puede hacerlo! Mi hija es libre y nada podra sin su consentimiento…
– Yo me encargo de domarla… ?Cuando sea mi mujer nos vamos a entender mejor!
3
En el vano de la puerta resalto la figura enorme de Pavlosky gesticulando en su media lengua.
– ?Patron, el indio no aparece! No estar aqui…
– ?Que dice?
– El indio… -quiso explicar el sanguinario polaco, que habia buscado a Llanlil con rencorosa insistencia por todas las dependencias de la estancia.
– ?Que me importa el indio! -replico Sandoval, cortando la retahila estropajosa de Pavlosky-. ?Busquelo!… alguno debe saber donde esta…
La interrupcion habia traido un breve rayo de esperanza en los atribulados pobladores, pero el inesperado silencio que siguio a la partida de Pavlosky fue fatal para Lunder, pues del interior de la casa llego el ahogado e histerico chillido de una mujer asustada.
– ?Asi que no sabia? ?Eh!
– No, no es ella, se lo aseguro… Es mi mujer…
– En seguida lo sabre -dijo Sandoval y dio un paso en direccion a la puerta que llevaba adentro.
Un instinto mas poderoso que todo temor levanto a Lunder de su asiento, llevandolo a cruzarse delante del administrador.
– ?Parese! -grito angustiado-. Con la violencia… ?dejeme tomar un arma y salgamos afuera! A ver si es tan hombre!…
– ?Toma, gringo del diablo!… Te lo buscaste. -Y Lunder cayo al suelo con la cara brutalmente golpeada por la culata del arma de Sandoval.
– ?Asesino! -gimio el poblador, tratando en vano de agarrarse a Sandoval, pero un segundo golpe que resbalo por el hombro acabo de abatirlo. La rubia barba patriarcal enrojecio con la sangre que manaba de la herida abierta en su mejilla. Acongojada, Maria se desplomo sollozando violentamente. Ruda luchaba con uno de los que lo vigilaban y en un momento dado una bala le paso silbando cerca de su cabeza, yendo a incrustarse en el techo.
– ?Papa, papa! -grito Blanca, que corria desolada al escuchar el rumor de la lucha y la voz de su padre.
– ?Patron, por el valle vienen jinetes al galope!…
Era uno de los matones de Sandoval el que habia entrado en la casa, con la cara contraida de miedo ante lo imprevisto.
– ?Venga, patron; puede ser una trampa!…
– ?Son ellos! -exclamo Ruda y enarbolando el hierro de la estufa trazo un imponente circulo frente a los hombres que retrocedian sin atreverse a disparar por temor a matarse entre si. Sandoval se detuvo indeciso y momentaneamente aturdido. El padre Bernardo y Maria, con el coraje que da la desesperacion, se lanzaron sobre el obligandolo a retroceder. Alguien lo tomo de atras arrastrandolo afuera y la luz desaparecio tras la puerta que Ruda atrancaba febrilmente. Del otro lado los hombres de Sandoval corrian excitados llamandose y procurando inutilmente determinar la direccion de los que llegaban.
– Rapido, Maria… ?atraque todas las puertas! -ordeno Ruda, limpiandose la sangre que corria por sus labios. Sobre la frente se extendia la marca cardena de un culatazo-. ?Vamos, no llore muchacha! -dijo el espanol animandola con un gesto impregnado de ternura. Ella obedecio y Ruda volvio a limpiarse la sangre escupiendo algunos dientes.
– Bueno, viejo -murmuro apesadumbrado-. ?Ahi van los ultimos, gallego desgraciado!…
Cuando levanto los ojos estaba solo… El padre Bernardo, con la ayuda de Blanca, habia llevado a Lunder a su pieza. La terrible batahola se transformo en un siniestro silencio electrizado de amenazas.
El maltrecho don Pedro escucho expectante procurando adivinar que ocurria. “?Serian Llanlil y Juan?”, penso… Era dificil saber si los jinetes habian llegado o estaban detenidos, pues en la atmosfera seca el sonido corria mas velozmente que cualquier caballo. Apreto los punos exasperado al oir los gemidos de Lunder y las mujeres que estarian curandolo.
Ruda escondio la lampara reduciendola al minimo y la debil claridad proyecto su elevada estatura contra la pared.
Le parecio grotesca su sombra enorme doblandose en el angulo del techo; pero el silencio de fuera le borro toda idea ajena al drama que vivia… Le dolia la cabeza y los tendones del cuello… ?Esos barbaros!
De pronto, subitamente tenso, se aplasto cerca de la ventana enrejada que miraba al naciente. Alguien, hombre o animal, rozaba las paredes y Ruda creyo ver a traves del vidrio espesarse la sombra. Adivinaba el leve paso sobre la tierra apisonada. Libero el cerrojo de la carabina revisando la carga… -Esta vuelta les meto bala - reflexiono decidido.
Otra vez se escucho el imperceptible rozar de un cuerpo y su corazon salto de jubilo al escuchar la voz de Juan susurrar a traves de la pared: “?Estan ahi, senor Lunder?”
– Juan… escuche, ?esta solo?
– ? No!… Anda Llanlil conmigo… el otro disparo…
– ?Bendito viento!… -se dijo con alegria Ruda pensando que la gente de Sandoval no podria escucharlos.
– ?Juan… Llanlil! Anden con cuidado. Del otro lado estan Sandoval y sus matones. Han copado el galpon… voy a ver si los hago entrar por el ventanuco del fondo…
Alguien cerca de los corrales, seguramente un peon, escapaba con su caballo a traves del valle en sombras. Pavlosky, que hurgaba inquieto entre los cobertizos, vio la borrosa figura pasar a algunos metros suyos y disparo su revolver al mismo tiempo que lanzaba una ininteligible advertencia. Desde los galpones, sus compinches, atolondrados con tantas idas y venidas en la obscuridad, respondieron al fuego creyendo que se trataba de algunos de los misteriosos jinetes, y Pavlosky, con un balazo en el vientre, rodo revolcandose en un charco de nieve barrosa, lanzando un alarido tan espantoso que inmovilizo a atacante y atacados. Ruda, que tampoco estaba muy seguro de la procedencia de los gritos y los disparos, apuraba a Juan para que se introdujera por el estrecho ventanuco, cosa dificil pues el capataz era bastante robusto. Desde el otro lado Llanlil lo empujaba tambien sin muchos miramientos.
– ?Despacio, demonio! -refunfunaba hoscamente el hombre, pugnando por introducir el cuerpo.
Tras suyo entro Llanlil y los tres en silencio arrimaron al orificio cuanto trasto hallaron a ciegas.
– ?Y el patron? preguntaron Juan y Llanlil al tiempo que cruzando piezas volvian a la sala-cocina.
– Esta bastante mal -respondio Ruda-. ?Sandoval lo golpeo barbaramente! Llegaron al obscurecer y sorprendieron a la peonada en el galpon.
– ?Son muchos? -quiso saber Llanlil, pero antes de que nadie le contestara aparecio Blanca. Llanlil tiro a un costado la piel del puma que apretaba todavia bajo el brazo, y la hija de Lunder corrio hacia el.
– Llanlil… ?Gracias a Dios! ?Has vuelto… has vuelto! -y se arrojo en los brazos del indio.
– ?Y esto? -murmuro atonito don Ruda-. ?Por las patas de todos los patagones!… ?Estare turulato?
Juan, que comprendia menos que Ruda, se dejo caer en un banco resoplando de cansancio.
Pasados los primeros trasportes de carino, Blanca se volvio a Ruda, murmurando entre avergonzada y exultante:
– Perdoneme, mi excelente don Pedro… ?Como decirle esto en tan graves momentos?
– No tiene nada que decir… usted sabra lo que hace -contesto Ruda sin abandonar su aire de incredulidad.
– Llanlil es el hombre que ha elegido mi corazon guio ella comprendiendo la actitud de don Pedro-. Yo…
