– Vio, companero, como el leon no salio en toda la noche -dijo Juan con cierto aire de burla.
– Puede ser -reconocio Llanlil, pero tenia sus dudas.
Un jinete que llego al galope los interrumpio en sus preparativos. Resulto ser otro peon que venia del puesto.
– ?El leon volvio a hacer de las suyas! -llego gritando excitado sin bajarse del caballo.
Juan palidecio de rabia. Se mordio los labios y miro de reojo al indio. -”Ese diablo cobrizo tuvo razon al final!” -penso amargado-. “?Ni que fuera brujo!”
– ?Vamos a entrar en la cortada! -ordeno furioso, sin atender a lo que decia el peon.
– …Durante la noche lo sentimos cerca del puesto -explicaba entretanto el recien llegado a sus oyentes-. Pero a lo obscuro… ?quien se le animaba! ?Los perros aranaron la puerta hasta romperse las unas!
– ”Este zonzo… ?esta poniendo nerviosa a la gente!” -recapacito Juan serenandose-. ?Eh, amigo!… ?Vuelvase ya y no alborote tanto! -le grito al garrulo peon.
– Esta bien, patron -contesto el otro, sorprendido.
– Ustedes se quedan frente a la salida del atajo -indico Juan a los dos hombres. -Nosotros subiremos a lo alto del faldeo para entrar por arriba, asi le cortamos cualquier otra salida que tenga en la sierra… ?Listos todos?
– Si, capataz -respondieron por turno.
– ?Entonces alla arriba nos encontraremos! ?Vamos!
Cada cual eligio el camino que le parecio mas directo y los cuatro jinetes, convertidos en escaladores, ascendieron por la sierra que, si no era muy empinada, carecia en cambio de sendero alguno. A ratos los hombres asian a los caballos por la brida y los ayudaban a escalar las pendientes mas pronunciadas. No siempre resultaba facil subir, y vuelta a vuelta jinete y caballo resbalaban arrastrando un alud de piedras y arena, que el viento levantaba cegandolos. A medida que subian el esfuerzo y el sol que se sentia en el aire, aunque lo ocultasen largas nubes grises, perlaba la frente de los hombres con inusitadas gotas de sudor. A las dos horas el peloton se reunia en la boca extrema del atajo.
– Descansen un rato -recomendo Juan, ahora sereno y resuelto ante la tarea por cumplir-. Naneuche, cuidame los caballos ?entendido?, y cuando oigas tiros empezas a bajar el faldeo… ?Ojo con mancarme un animal!
– Comprendo,
Juan, seguido de Llanlil y Manuel, se internaron por ultimo en el obscuro atajo, que no tenia mas de un metro en el fondo. Dificultaba caminar en aquel lecho de piedras agudas desparramadas a todo lo largo de la hendidura. Los tres hombres con las armas listas, escudrinaban en las cuevas entre las piedras, incitando a los perros a explorar los rincones. El puma podia resultar temible si lo dejaban utilizar las zarpas. Llanlil lamentaba que el poco espacio no permitiera el uso de las boleadoras ni menos el lazo. Con este ultimo podia enlazar al puma, que entonces se entregaria facilmente, limitandose a bufar como un gato con las patas al aire.
Habian recorrido un par de kilometros sin que la hendidura se ensanchase mayormente… En la permanente semipenumbra observaron a los perros retroceder asustados, grunendo y con el pelo del cogote erizado.
– ?Por ahi debe de andar! -dijo Juan roncamente. Al fin lo vieron. Salto entre las rocas desapareciendo en un hueco tenebroso. Los perros se aplastaron contra el suelo.
– Es grande -murmuro Llanlil.
– Parece un macho viejo… y de los mas grandes, -confirmo tambien Juan.
Como no podian ponerse a la par procuraron no alejarse demasiado. Los perros, sacudidos a talerazos, aullaban sin atreverse a chumbar al puma que se arrastraba entre las piedras como un enorme gato, erizado y golpeando con la cola el suelo mojado con su propia orina.
– Va a ser dificil darle entre las piedras -sentencio Juan dubitativo.
– ?Dejeme probar! -pidio entonces Llanlil, que tenia una idea para cazar al felino. Tomando el silencio por asentimiento, se arrimo cuanto pudo a la pared opuesta a la que seguia el puma y se fue adelantando con precaucion. Cuando pasaba casi al lado, tropezo con una arista de roca, resbalando. Las zarpas veloces como el rayo alcanzaron a llevarse un trozo de la pernera de cuero. Juan y Manuel ahogaron un suspiro. Llanlil ya habia entretanto alcanzado la altura de la cabeza del leon y le tiro una piedra entre las orejas. La fiera manoteo con rabia y entonces el indio, ligero y seguro, le asesto un tremendo talerazo en la frente. El animal se estremecio atontado y sus ojos, grandes y resplandecientes como chispas de luz, se velaron peligrosamente, pero otro golpe lo abatio. Apenas caido, el cuchillo de Llanlil penetro hondo en su garganta, de la que salto un gran chorro de sangre. Los perros, alentados por la victoria del hombre, se abalanzaron y solo a fuerza de puntapies y talerazos se llamaron a sosiego.
– ?Indio carnicero! -exclamo Juan, y su recia adjetivacion era el mejor de los elogios.
– ?Bravo! -grito por su parte Manuel entusiasmado.
Pero Llanlil parecia sordo a las palabras y con febril energia desollaba a la bestia, todavia caliente y que se estremecia con los ultimos reflejos nerviosos, exhalando un olor fuerte y desagradable. Juan levanto el fusil y efectuo varios disparos hacia el retazo del cielo que se recortaba en lo alto de la sierra. El eco reboto largo rato en el roquedal y los perros se largaron sobre los restos del viejo puma, que alcanzaba facilmente el metro y medio del hocico al nacimiento de la cola. Era un magnifico ejemplar, aunque su flacura evidenciaba su reciente llegada al valle. Debia haber errado durante el invierno por las sierras, en la vana busqueda de caza para su estomago insaciable.
– ?Huija por los machos! -con ese varonil saludo fueron recibidos por los peones cuando los vieron aparecer sudorosos y con la piel sobre el hombro de Llanlil. Desembocaron por el atajo del valle, luego de comprobar la existencia de otra cortada trasversal que salia al faldeo y que debia ser la utilizada por el puma durante la noche»
5
Mientras duro el regreso al casco de la poblacion, que efectuaron despues del mediodia, Llanlil, a pesar de su nuevo triunfo, no podia dominar una extrana impaciencia. Sus companeros, reducidos ahora a tres, charlaban y bromeaban comentando los detalles de la caceria, pero el se adelantaba de continuo, cansando inutilmente a su caballo que, contagiado o irritado por el desasosiego de su jinete, cabeceaba furioso, arrojando espuma por la boca, dolorosamente lastimada por el freno.
– ?Que le pasara al mapuche? -exclamo Juan al notar la actitud de Llanlil-. Esta desangrando al animal… ?eh!… ?Aflojele el freno a su caballo! ?Quiere?…
– Nosotros apurarnos… -grito Llanlil por toda respuesta.
– No tanto apuro, companero -advirtio Juan, molesto por la contestacion.
– Algo pasa, capataz -intervino Manuel-. Esta gente presiente a veces como si fueran brujos…
– ?Al diablo con ellos y con los presentimientos! Yo soy el responsable por los caballos y no de las ideas de ese loco… ?Vaya despacio! -volvio a gritar con su voz opaca y ronca.
Juan, que siempre se inclinaba hacia los indigenas, quizas por el recuerdo de la sangre comun que circulaba por sus venas, no siempre era muy ecuanime tratandose de Llanlil. Existia en el algo de envidia por la nombradla corajuda del paisano y cierta desconfianza que se remontaba a la actitud del otro desde su primer contacto en el galpon cuando Llanlil desperto de su fiebre. Los problemas psiquicos eran letra muerta para el, y un loco podia volver a las andadas en cualquier momento. Inconscientemente se sentia un poco temeroso en la cercanias del indio y como Llanlil no hacia nada por resultarle simpatico, aquella prevencion no terminaba de disiparse.
Siempre con Llanlil distanciado y nervioso ensenando el camino, cruzaron la corta meseta que desembocaba en el Senguerr, demarcando el filo del valle. Empezaba a obscurecer y cuando desde lo alto del faldeo vieron el brillo del agua y los techos de la poblacion, la penumbra invadia el valle… Alla lejos, diminutas figuras se pegaban a las sombras confundiendose con ellas. El viento les trajo de pronto un sonido muy particular vagamente repetido.
– ?Oigan! -grito alguien del grupo-. ?No son tiros esos?
– ?Tiros… tiros? ?Pero que demonios?… -murmuro Juan incredulo. Pero ya Llanlil, con un grito de desesperada rabia, lanzaba su caballo faldeo abajo con peligro de rodar hasta el fondo.
