– Vamos; ustedes, ?apurense! -reacciono Juan imitando al indio. Piedras y arena se desprendian entre las patas de los caballos enloquecidos repentinamente… mientras, mas timidos, nuevos disparos se escuchaban en la poblacion de Lunder.
Por el valle, el caballo de Llanlil, ferozmente espoleado, parecia tragarse la distancia, avanzando al galope tendido entre los charcos de barro que la nieve disuelta formara en los bajos. Detras corrian Juan, Manuel y Naneuche, apareados en singular carrera, cuyo premio podia ser muy bien la muerte, y un sordo rumor ensordecia a los jinetes inclinados sobre el cuello de las cabalgaduras… En la creciente obscuridad se escucharon gritos que venian de las casas y el relincho de caballos asustados… Una angustia negra como la noche creciente se ahogaba en el corazon de Llanlil, reemplazando el incierto malestar que durante el dia lo atenazara.
Pillan, el diablo, habia retrasado la caza del leon y por eso el, Llanlil, corria ahora como
CAPITULO XVI
1
En el Paso, Sandoval habia aguardado en vano durante dos largos meses la aceptacion de Lunder a sus condiciones. Al principio espero confiado y seguro; pero cuando los dias se fueron sucediendo y nadie llego al Ensanche, su confianza se troco en irritado malhumor. A la rabia por el fracaso de su plan, que ahora se le antojaba ridiculo e inutil y hasta imprudente, se unia su creciente deseo por la rubia muchacha que no podia apartar de su pensamiento. Eso y el odio profundo que lo animaba contra Llanlil, y la alianza demorada, lo mantenian furiosamente exasperado como una fiera acorralada… Y de pronto se sorprendio pensando de donde le nacia aquel odio terrible contra el indio, paralelo a la pasion por Blanca.
?Le importaba acaso algo la muerte de Bernabe? Si aquel estupido se dejo sorprender por otro mas listo que el… pues ?que lo pagara! ?Le dolia que un condenado indio se alzase varonil contra un blanco? Para hombres estaban hechas las mesetas y al caido le bastaban unas paladas de tierra y a veces ni eso era necesario… Pero el odiaba al indio con un sentimiento personal y extrano que iba mas alla de su deseo de desquite. No podia apartarlo de su pensamiento, y la gente del Paso empezo a mirarlo intrigada de la constante vigilancia que ejercia sobre el cruce de la picada por el rio, paso obligado en verano o invierno de jinetes o vehiculos.
El rumiaba sus pensamientos solitarios, rencoroso y abstraido; nunca habia tropezado con tan obstinada oposicion a sus proyectos. Convencido de que no lograria nada por el temor, habia desistido de enviar gente a estorbar los movimientos de Lunder, optando por acechar discretamente la zona inmediata, esperando que alguno de ellos se metiera en las tierras de la compania. Cuantas veces pudo, despacho partidas de indios errantes y hambrientos a la poblacion del
– ?Donde diablos andara esa bruja? -rezongaba un dia Sandoval, cuando al regresar del campo hallo la casa desierta y el fuego apagado. Arrojo molesto la chaqueta y, sentandose, recorrio la pieza con los ojos. Habia suciedad y abandono; una botella vacia sobre la plancha de hierro del fogon se coronaba con un resto de vela. Como una pringosa crema amarillenta la cera derretida cubria el cuello de la improvisada palmatoria.
Sandoval sintio frio y rabia. Entro la vieja arrastrando las deshilachadas alpargatas, y su sonrisa boba colmo la paciencia del administrador.
– ?Por todos los diablos! ?Donde te habias metido? -le grito, acompanando la pregunta con un adjetivo obsceno.
– Vamos, patroncito, no se me enoje -respondio ella sin hacer caso del insulto-. Sali un rato hasta la proveeduria.
– Bueno… pues hace algo de comer ya mismo… No servis para nada…
Ella murmuro, mientras revolvia papeles y raices en el fondo del quemador:
Claro, patron… Si tuviera veinte anos no me diria lo mismo, ?no es cierto?
El contemplo sombrio el enorme corpachon de la vieja inclinada sobre el fogon, y sintio un impulso homicida.
– Callate bruja, o te aplasto.
La mujer se volvio hacia el con una expresion de estupida lascivia.
– Patron… ?cuando traera a su mujer aqui? Usted necesita una muchacha cerca… Yo ya no sirvo ?verdad?
Sandoval dudaba entre levantarse para golpear a su sirvienta o sencillamente irse, pero una obscura morbosidad lo mantuvo clavado en la silla. Por lo menos era una forma indirecta y temible de plantear el problema con alguien.
– ?Que es lo que sabes? -pregunto.
– Vamos, patroncito, ?si se le ve en la cara!… Hace tiempo que me digo: El patroncito esta enamorado… Y no me olvido de la cara que puso cuando vino la gringuita del Ensanche… Es linda, ?no es cierto, patron?
Sandoval se revolvio en su silla. Desorbitado y mostrando los dientes, parecia pronto a saltar sobre la mujer, pero no hizo nada. Ella sentia un sucio placer en avivar la pasion del hombre. El contacto brutal con los peones la habian encanallado, y exudaba su propio hedor con la satisfaccion de una necesidad largamente contenida. Le gustaba ver al amo, lejano y temido, preso en el deseo insaciado y bastardo como el mas vulgar de sus peones, y ponia en azuzar sus sentidos toda su vieja y nocturna experiencia de ramera. Lo odiaba tambien por lo mismo que el estaba tan lejos de su propia vileza y degradacion.
Sandoval, livido, terrible, se levanto al fin y grito:
– Por ultima vez, ?callate te digo!
Pero ella abrio su escote mugriento y exhibiendo los pechos amoratados, exclamo:
– La hubiera visto, patroncito, como yo la vi, mostrando el pecho blanco cuando se lavaba… Era como el buche de una paloma…
– ?Perra! ?Estas borracha de nuevo!… ?Toma! ?Toma! -y Sandoval descargo sobre la mujer repetidos golpes con la lonja de su talero. Ella gemia y se aplastaba contra el fogon; y reia, reia, con una risa estupida y vil. Siguio recibiendo azotes, con un dolor mezclado de sadico placer, hasta que se desmayo. Recien entonces Sandoval reparo en el barbaro castigo y, pasandose la mano por el rostro huyo desesperado.
2
Agosto mostraba ya algunas senales de la variacion en el tiempo y en la estancia se daba comienzo a los
