– En cierto modo es lo mejor.
En un rincon Maria secreteaba con Blanca.
– ?No anduvo a caballo, nina?
– No… Sabes que desde la enfermedad de papa, casi no voy a los corrales. ?Por que me lo preguntas?
– Por nada… -hizo una pausa-. ?Vio a Llanlil? -pregunto titubeante.
– Lo vi. Pero partio en seguida a las sierras…
– ?Ah! -se limito a agregar Maria ensombrecida repentinamente.
3
Por la sierra cabalgaba a la sazon Llanlil con el grupo formado por Juan y los cuatro peones. Iban ascendiendo por una cuchilla escarpada, en cuyo fondo un hilo de agua serpenteaba escurriendose entre las piedras. Al ensancharse la cuchilla vieron el puesto cerrando el paso de un vallecito bien provistos de pastos. Era un lindo lugar dividido por el mismo arroyo que bordearon antes. En las orillas los radales, retamos, chacayes y abundantes calafates, robustos y altos, evidenciaban su proteccion contra los vientos. En un menuco proximo, el berro verdeaba entre las airosas cortaderas y los juncos flexibles. Uno que otro sauce ponia su nota de color. En aquel refugio entre las sierras asperas del contorno, la primavera parecia haberse adelantado.
Se acercaron al rancho del puesto cercados por los chillidos de los teros y alarmando a las avutardas que levantaron su vuelo pesado y grotesco.
– Sigan la huella o se meteran de cabeza en los agujeros de los coruros 3 -les advirtio uno de los peones del lugar.
– Entre el pasto y el neneo no se ven, pero esta lleno -completo el otro.
Los ladridos de los perros del grupo y los que venian del rancho, avisaron la llegada de los viajeros y de lejos los saludo la presencia de un peon, precavidamente armado de carabina al brazo.
Encerrados en el estrecho valle, pudieron ver ahora la caballada suelta y las ovejas que pastaban en la pradera en la que muy poca nieve y casi derretida ya, senalaban la culminacion del invierno que todavia asolaba al valle del Ensanche y los relieves de las mesetas.
– ?Y por donde aparecieron las ovejas muertas? -pregunto Juan.
– Por alli; en la cortada de la sierra hacia el norte -senalo el peon, y como Juan no hiciera mas preguntas ni comentarios, dijo -?Van a bajar en el puesto, capataz?
– El tiempo justo para cambiar los caballos -respondio Juan haciendo ademan de apearse.
– Bueno, nosotros los acompanaremos -dijo el que habia hablado y se dispuso a ayudarlos.
Pero enlazar caballos sueltos y medio chucaros en campo abierto no es tarea facil, y estaban bastante molidos cuando consiguieron hacerse de nueva caballada. Mientras los peones que habian quedado en el puesto les colocaban los recados, el resto se dispuso a dar cuenta del asado de capon que se doraba frente al fuego. Una hora despues los improvisados cazadores emprendian la marcha rumbo a la cortada que senalara el peon, procurando aprovechar el resto de luz que todavia heria los pastos. En parejas flanqueadas de perros habiles en seguir rastros, se fueron abriendo en abanico por el valle, teniendo como centro la cortada de la sierra, que se mostraba a lo lejos como un obscuro tajo en el faldeo.
Su vista le trajo a Llanlil el recuerdo de la hendidura que escalara en persecucion de sus asaltantes en las montanas y su ulterior encuentro con el puma hembra. No le extrano esta circunstancia, pues desde mucho tiempo atras los grandes felinos, implacablemente perseguidos, buscaban para refugiarse los lugares mas dificiles para el acceso de su eterno enemigo: el hombre; aunque la audacia de los cazadores iba a buscarlo al fondo de las cuevas mas ocultas e inaccesibles. Estaban ya olvidadas las epocas en que los leones patagonicos se deslizaban entre los pastizales de los valles o los arbustos de las pampas, acechando pacientemente el descuido de un guanaco o de un chulengo, para saltarle encima e hincarle los agudos colmillos en la garganta. Estas y otras reflexiones se hacia Llanlil, mientras trataba de establecer algun indicio del puma. El indio Naneuche, una mezcla bastante indefinida de tehuelche y araucano, era su campanero de caza. Al anochecer las tres parejas se encontraron al borde de la cortada, pero ninguna de ellas traia la menor noticia del felino.
– ?Malditos perros…! -protesto Juan apartando algunos a rebencazos-. Puro bochinche y no huelen ni a un zorrino… ?Fuera, porquerias!
– Estaran cruzados con chocos, pues, patron -dijo Manuel, chileno como el capataz.
– Asi ha de ser nomas -admitio malhumorado el aludido.
– Llanlil, encienda un buen fuego por las dudas. En esta epoca el leon suele andar bravo y peor si es veterano.
– ?Vamos a esperar manana?
– ?Por que pregunta, companero? ?Claro que si!
– ?No
El capataz meneo la cabeza denegando:
– Pondremos una guardia, pero eso de meterse en la cortada de noche ?ni lo suene!…
– Esta bien entonces -se conformo Llanlil, aunque la idea de no cumplir la palabra empenada con Blanca lo enojaba bastante.
Buscaron un lugar protegido y con piedras sueltas improviso Llanlil un brasero donde amontono la lena que encontro a mano. Al rato la hoguera como un cono de luz, se levanto en las sombras acentuadas por las nubes que encapotaban el angosto valle. Un viento casi helado cruzaba silbando desapacible y se introducia en la negra garganta de la sierra como si un embudo lo comprimiese. Alrededor del fuego los hombres, sugestionados por la mision que llevaban, sacaron a relucir cuantas historias de leones, reales o no, guardaban en su memoria. Tambien Llanlil, como deseando desechar un obscuro sentimiento de angustia que lo mantenia alerta y desconfiado, conto brevemente su experiencia de la montana. Su relato fue escuchado en silencio, pero a pesar de reconocersele sobresalientes cualidades de coraje, pocos lo creyeron verdadero, si bien se cuidaron de dejar traslucir cualquier indicio de incredulidad. Atraerse la ira del indio les parecia riesgo demasiado temible para desafiarlo sin motivo. Con lujo de detalles se habia propagado la hazana del paisano en la pelea con Pavlosky y la tragica muerte de Bernabe, hombre bravo y feroz como no se conocian muchos en la region. Al fin el sueno fue venciendolos uno a uno y envueltos en sus grandes ponchos, con los cojinillos como lecho y los bastos por almohada, se entregaron al descanso. Las guardias fueron alternandose regularmente y la larga noche surena trascurrio sin que el puma diera senales de su presencia. Sin embargo no podia andar muy lejos, pues toda la noche los perros gimieron con inquieto terror, ladrando en la obscuridad como si adivinasen entre las sombras a su temible enemigo.
Temprano se aprontaron para continuar la caceria. Llanlil observo con desagrado como Naneuche empinaba la bota de aguardiente, hasta que otro peon hubo de arrebatarsela casi a la fuerza. Aquel habito adquirido de los blancos se habia convertido en los indios desprevenidos en un flagelo mortal que los entregaba indefensos a todos los vicios y las humillaciones. Naneuche no era de ningun modo un especimen degenerado de la raza, pero los estigmas fatales flotaban ya en sus ojos permanentemente enturbiados, vacilantes y huidizos y en la atonia persistente de su voluntad. Iba a donde lo llevaran, pero una resolucion propia no germinaba nunca en su cerebro en sombras. Como el, otros sufrian la misma maldicion, mas dura todavia que la irrefutable derrota ante los blancos.
4
Con la primera claridad se levanto un viento bastante frio e intenso y los dedos de los hombres se endurecian sobre los cueros de los aperos, mientras ensillaban los recelosos caballos, que bufaban asustados al sentir el peso de las monturas sobre el lomo.
