usted agregar la relacion sobre la muerte de Bernabe.
– ?Usted cree? -pregunto Lunder pensativo.
– Es necesario. Ese caballero debe contar con suficientes antecedentes para intervenir -dijo el padre Bernardo.
– Perfectamente entonces -acepto Lunder-. Mientras tanto, ?que haremos nosotros?
– Esperar y confiar en Dios.
– Y por si Dios se descuida, nosotros vigilaremos ?eh, Juan! -dijo Ruda energicamente.
– Ah, don Pedro… ?usted no cambiara nunca! -lo reprendio suavemente el padre Bernardo.
Ruda se encogio de hombros
– Y que quiere, padrecito… nosotros podemos confiar en Dios… ?Y si don Sandoval no lo hace?
Lunder pregunto entonces al comerciante:
– ?Llevara usted esos papeles, don Manuel?
El hombre levanto los brazos.
– ?Puede dudarlo acaso? Sentiria un gran placer en que castiguen como merecen a esos forajidos ?cuatro tiros habria que darles!… y usted perdone padre… Cuando oigo hablar de los famosos
– ?Asi se habla! -exclamo Ruda recogiendo la alusion…- y hasta te perdono el agua con que aclaras el vino que nos vendes.
La conferencia habia terminado y Juan aparecio con una botella de ginebra y vasos. La cordial velada en torno del enfermo continuo hasta que Frida entro con gesto cansado interrogando a su esposo con la mirada.
5
Al dia siguiente, cuando todavia entre los alamos no ensayaba su canto la calandria, ese ruisenor de toda la pampa argentina, ni el pechirrojo punteaba de sangre los palos del corral, ya Santiago, con frio y con sueno, atalajaba las numerosas bestias de su carro, ayudado por dos peones, dos mestizos silenciosos y habiles. Una hora mas tarde retomaban el camino entre subidos a los caballos y despedidas de Ruda y Juan.
Santiago, galopando a la vera del carro, dio vuelta la cabeza hasta que la meseta le oculto la casa. Vanamente ansioso espero ver el rostro expresivo y calido de una muchacha despidiendolo, pero Blanca no aparecio y el maldijo el apuro de su padre y, caso unico, deseo que una subita tempestad los obligase a regresar.
CAPITULO XV
1
Ruda y Maria estaban solos en la gran cocina. -?Que anda haciendo por aqui tan de manana, don Pedro? - pregunto ella intrigada.
– Busco yerba para la peonada… ?y tu?
– Trabajo… ya lo ve.
Ruda la miro y riendo le dijo:
– Maria, es dificil ver nada donde tu estas, -?Por que, don Pedro? ?Soy tan grande acaso?
– No digo eso ?caramba! Es que… ?sabes? Eres tan guapa que se te ve a ti sola… ?Que edad tienes, muchacha?
– Curioso el don… tengo varios… menos que usted se entiende-, y la muchacha reia tambien con la chanza-. ?Encontro la yerba? Esta ahi…
– Ah si… la yerba. Dime, Maria; ?no has pensado en casarte tu?
Maria se habia puesto repentinamente seria. “Este espanol enamorado” -penso entristecida. -Yo no, don Pedro… ?Y usted?
– Algunas veces, muchacha… si quisieras, estamos muy solos y eso es malo…
– Vea, tengo mucho que hacer ?sabe? -se escurrio ella-. Hoy se levanta el patron y la casa tiene que brillar… asi que…
– Ya se… ?tengo que irme! -protesto Ruda enojado-. Mira, muchacha tonta… cuando quieras un marido ?te acordaras de mi? No soy ningun viejo…
– Vaya, don Pedro, podria ser mi padre. Ademas… -anadio suspirando.
– Ademas, ?que? -quiso saber el.
– Nada. Yo me entiendo… hasta luego. Tome la bolsa de yerba y la galleta.
– Ironias no… ?adios! -y se fue furioso. Afuera sus poderosas zancadas se escucharon un momento.
– ?Estos hombres! -cavilo ella atareandose-. Casarse… “?No has pensado en casarte tu?” Si: lo habia pensado, pero debia enterrar sus pensamientos. Su camino estaba cerrado y ella no tenia coraje para intentar otro… Don Pedro… tal vez antes…
– ”Pucha que es arisca la moza” -pensaba entretanto Ruda, encaminandose a los galpones, donde la gente se iba reuniendo para iniciar sus trabajos.
Juan venia a su encuentro, brillandole los negros ojos con inusitada expresion de entusiasmo.
– ?Que pasa? -inquirio Ruda desabrido.
Juan paso por alto el gesto del espanol. Estaba acostumbrado a los cambios de humor de Ruda.
– Pues don, anoche llegaron dos peones del puesto de la sierra, con la noticia de que han encontrado algunas ovejas destrozadas.
– ?Diablos! ?Andara alguna partida de paisanos del valle merodeando por alli?
– Ellos dicen que no; huellas no se encuentran. Me parece que ha de ser un leon no mas…
Ruda penso un momento. Luego, entregando las bolsas que traia, agrego:
– Si es asi voy a dar la novedad al patron. Ya vuelvo… ?Ah! ?No han visto nada sospechoso por el lado del Paso?
– Nada, pues; algunas bandas de tehuelches, unos pocos, llegaron de Loma Redonda a juntarse con los de la Confluencia, pero ni cruzaron el rio… Los hice seguir por las dudas ?sabe?
– Hizo muy bien, capataz… no hay que fiarse…
– Seguro, patron.
Ruda volvio sobre sus pasos. En la sala-cocina estaban ya Frida y Blanca, ocupadas con Maria en preparar la habitacion para don Guillermo que, restablecido, comenzaria a levantarse.
– ?Buen dia, don Pedro! -lo saludaron las mujeres.
– Buenos los tengan ustedes. ?Puedo ver a don Lunder? -y paso sin mirar a Maria, que lo espiaba bajo sus negras pestanas. Ella sintio un desconocido impulso de ternura por el hombre.
2
Entretanto en el galpon los peones se reunian alrededor del fuego. Los mestizos se pasaban el mate en silencio. En un aparte dos chilenos recordaban campanas anteriores.
