– …Y entonces cuando toda la majada fue cubierta por la nieve, la dimos por perdida y enfilamos al puesto explicaba uno con su tonada marcadamente chilote 1.

– ?Se perdio, pues? -pregunto el otro.

– ?Cualquier dia! El gringo Vud 2 conocia el oficio… Nos hizo seguir el rastro bajo la nieve por el humito, luego abrir con palas una senda y por ella salieron las ovejas a un faldeo… ?lo mas campantes!

– ?Bah! Eso es cosa vieja…

– No digo que no, pero hay que saberlo -termino cachazudo el chilote.

La reunion se prolongaba. Promediaba la manana, pero aun la claridad era muy poca y afuera apretaba el frio. Un viento helado cruzaba el valle levantando agujas de hielo de la ultima helada. Entro Llanlil y le hicieron lugar en la rueda junto al fuego. Uno por uno lo saludo cordialmente.

– ?Eh, Llanlil, Antonio, Naneuche, vengan!

Era Juan quien los llamaba. Los nombrados se levantaron y salieron. Juan los esperaba junto a Ruda y los dos peones del puesto de la sierra. Todos portaban fusiles en bandolera y aranas cortas al cinto.

– ?Les gustaria cazar un leon, muchachos? -pregunto Ruda.

– Seguro, senor -dijo Llanlil y los otros asintieron.

– Entonces van a ir con Juan a las sierras ?a ver quien le ofrece la piel a la nina!

Se fueron todos hacia los corrales llevandose los recados. En una caballeriza de barro y techo de cortaderas, estaban los caballos de montar. Cada uno busco el suyo y se apresuraron a ensillarlos, palmeando los lomos de los animales recelosos. Salian ya llevandolos de la brida, cuando por la alameda se les acercaron Blanca y el padre Bernardo.

Se cambiaron saludos y preguntas. El padre Bernardo dijo:

– ?Adonde van, muchachos?

– A rastrear un puma, padre… Anda matando el ganado en la sierra.

– ? Caramba! Seria agradable acompanarlos, pero… non possumus, con perdon de los santos apostoles. ?No es verdad, Blanca?

– Si se refiere a que no podemos, de acuerdo, padre -respondio Blanca que entendia poco y nada de latines.

– Eso es; no podemos… Oye, Llanlil, acompaname un momento ?quieres?… En seguida se lo devuelvo, Juan.

– El conoce el camino. ?Que nos alcance cuanto antes! ?Hasta la noche!

– Buena suerte y tengan cuidado -y con esta ultima advertencia los hombres trotaron en direccion a las sierras del este que el sol iluminaba pobremente. Una revuelta jauria iba tras ellos, ladrando y mordiendose. Los cascos de los caballos levantaban la nieve que se deshacia en un fino polvo blanco.

Llanlil, teniendo el caballo del tiento, siguio al sacerdote, volviendose los tres por la alameda.

– ?Estas contento, Llanlil? -indago el misionero.

– Mucho.

– ?Sabes que Blanca me ha contado todo?

El reche levanto la cabeza, diciendo con orgullo:

– Lo que Huanguelen hace, siempre esta bien, padre… ya lo sabia.

– ?Conoces la ley, muchacho?… La de Dios, quiero decir…

– La conozco y quiero cumplirla. Tu, hombre bueno, sabes que soy cristiano y si me dan a Huanguelen yo la he de querer siempre.

– Dios es testigo de que mi corazon aprueba vuestro carino -dijo el misionero gravemente-. Pero igual que en tu raza, una mujer debe ser querida y respetada, pase lo que pase… ahora, muchacho debes esperar… Tu sabes, ?como explicarte? Hay que hacer comprender a don Guillermo y a su senora tus buenas cualidades, tu nobleza y sobre todo darles la seguridad de que Blanca sera feliz a tu lado.

– ?Mi sangre responde por todo! -respondio Llanlil-. Acepte la ley de los blancos, porque la guerra ya dijo su palabra… quiero trabajar la tierra y darle hijos para poblarla. No reniego de mi raza, padre, pero desde que la he visto a ella quiero paz con los blancos, que son iguales a mi… La tierra, los bosques, las mesetas, estan esperando mis brazos tambien para alegrarse con el hombre. Llanlil quiere a Huanguelen con la ley de los blancos…

– Llanlil -exclamo Blanca-. Sabes que yo te quiero y te seguire, porque eres bueno y miro en tu corazon, y tu corazon tiene para mi la transparencia de las aguas serranas.

– Bueno, muchacho, ?vete ya!

– Adios, Llanlil -dijo Blanca.

El indio monto de un salto y grito con voz sonora:

– Hasta la noche, estrella… He de traerte la piel del leon aunque tenga que arrancarlo con mis propias manos de su escondida madriguera en la montana…

– ”No se le puede negar a este mozo una autoseguridad que ya quisiera para si mas de un cristiano, con piel clara, morena o aceitunada; que si de color se trata, las tenemos variadas en nuestra tierra” -murmuro el religioso contemplando al indio que se alejaba.

– ?Que dice, padre? -pregunto Blanca, reparando en la actitud del padre Bernardo.

– Nada, muchacha, chocheras de viejo… nada mas…

Cuando entraron en la casa los esperaba una grata sorpresa. Guillermo Lunder, sentado en el mejor sillon de la casa, mateaba alegremente con su amigo Ruda. Aunque visiblemente palido y delgado como consecuencia del largo encierro, erguia su cuerpo con varonil prestancia y su rubia barba patriarcal y flotante parecia encenderse con los reflejos de la estufa chisporroteante, donde ardian gruesas raices de algarrobillo.

– ?Al fin, don Guillermo! -exclamo el padre Bernardo, palmeando suavemente las anchas espaldas del poblador.

– Papa… ?que alegria! -Blanca corrio a abrazar a su padre.

– Bueno, bueno, no me sofoquen, o mi mujer me manda de vuelta a la cama. ?Sabe una cosa? -dijo interrogando al religioso.

El padre esbozo un gesto indeterminado.

– Esta manana me levante pensando en nuestro mensajero. ?No hay noticias? ?Habra dejado los papeles en manos de ese capitan que usted menciono?

El padre Bernardo se paseo sin contestar en seguida.

– ?No te dije, Whilem? Apenas te levantas y empiezas con nuevos problemas -era su mujer la que lo reganaba.

– Ejem… asi lo espero, amigo Lunder. Claro que estas cosas son lerdas… usted sabe… consultas, aclaraciones, telegramas que van y vienen… Estoy preocupado, lo confieso, aunque no desesperanzado, en manera alguna.

La reflexion del misionero resultaba bastante vaga, revelando mejor que cualquier razonamiento su estado de incertidumbre. Tacitamente los dos habian evitado hasta el momento referirse a la mision del comerciante en Comodoro Rivadavia, pero la pregunta de Lunder no hacia mas que aumentar la secreta congoja del religioso por los posibles peligros que acechaban a la gente de la casa. Lunder bajo la voz y murmuro para el y Ruda: - Ademas, el invierno ha comenzado a ceder y hace rato que vencieron los meses que fijo esa mala entrana de Sandoval.

Ruda replico entonces:

– Quiere decir que lo de la carta seria pura comedia para asustarnos.

– Hum… Esta tranquilidad me da mala espina… cuando esta manana usted me hablo del puma, pense en la gente del Paso.

Ruda se levanto excitado.

– ?Sabe que no se me ocurrio? -dijo con alarma en la voz.

– ?Oh! No piense asi, don Guillermo -dijo a su vez el religioso-. Pura casualidad; ya tendra ocasion de comprobarlo.

– ?Ojala! Pero tambien pienso ahora si no sera un intento de dividirnos. ?Llanlil fue con ellos?

– Si.

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