manos a las de los pobladores y volvian convertidas en pesos a la bolsa del viejo. De lejos Llanlil contemplaba a Roque que, invirtiendo los terminos, ofrecia al comerciante el fruto de su trabajo en pieles y cueros; maneadoras trenzadas, cestillos, zapatos para chicos, tabaqueras. Nadie pensaba aquel dia en trabajar. La llegada del bolichero ambulante era un acontecimiento de la mayor importancia.

– Algunas cosas curiosas -comento el muchacho ofreciendo el mate.

– ?Por ejemplo?

– Y bueno. Lo principal es que estan rabiosos por la muerte de Bernabe; no por el justamente… sino por quien lo mato… Me parece que tendran que cuidarse…

– ?Te parece muchacho?… -interrogo don Pedro, mirandolo serio.

– En realidad lo que oi, por casualidad, ?sabe?, no era muy agradable. Segun pude enterarme van a venir armados a llevarse al indio, por las buenas o las malas…

– ?Ah, si?… Me lo imaginaba y los estamos esperando.

– Tengan cuidado, ellos son ladinos y van a echar mano de los mismos indios para cargarles la responsabilidad. -?Oyo eso? -pregunto Ruda al padre Bernardo que se acercaba. El anciano nego con la cabeza.

– Donde estas tu se pueden oir las cosas mas extraordinarias -bromeo-. ?De que se trata?

– ?Ah padrecito!… No es ningun invento mio, se lo aseguro. Este valiente mozo me contaba los rumores que corren entre la gente del Paso… -?Y bien?…

– Pues que pretenden arrancarnos a Llanlil, valiendose de cualquier medio.

– Asi es… -corroboro Santiago, que asi se llamaba el hijo del cambalachero, agregando de pronto-: Y digame don… ?aquel es Llanlil?

Ruda miro por sobre el hombro del muchacho hacia donde Roque explicaba a Llanlil el resultado de sus negocios. Llanlil, cruzado de brazos, con la cabeza descubierta, el lacio cabello renegrido sujeto con una cinta, la kuka estilizada, a modo de vincha, la chaqueta de cuero cinendo el amplio torax, pantalon de pano y botas a media pantorrilla, resplandecia, bajo el sol apacible de la manana, con una singular expresion de serenidad y fuerza. Casi sonriente su rostro severo, desprovisto de barba y que, a los rayos del sol, tenia reflejos de cobre. Santiago comprobo admirado y con algo de resentimiento que aquel indio no tenia nada de salvaje y si, en cambio, aventajaba a todos ellos en apostura y pulcritud.

– El es -confirmo don Pedro Ruda, satisfecho de su muchacho.

– ?Diablos! -silbo casi Santiago-. ?Que tipo! Francamente nunca vi cosa igual… -y miro con juvenil desolacion su propia facha de bandido, desgrenado y todavia moteado de barro.

Tambien el padre Bernardo contemplo complacido al reche criado en las misiones. Personalmente sentia una especial predileccion por aquel hijo de la tierra, aumentada desde su conocimiento del amor entre Blanca y el. Comprendia lo dificil de la situacion de los dos, y su buen corazon anhelaba su feliz termino para el singular romance.

Llanlil, ignorante del examen a que era sometido, escuchaba pacientemente el largo discurso del viejo baqueano.

– Bueno, hijos, los dejo… don Pedro, esta noche es conveniente hablar con nuestro enfermo sobre lo que dice este joven… Tengo cierta idea al respecto.

– Esta bien -contesto Ruda, y siguio preparando otro mate.

El padre Bernardo paso entre los grupos que comentaban sus compras y saludo con un gesto a Llanlil de lejos y a Blanca que junto a su madre y Maria, revisaban percales y panos diversos.

– ?Adios, padrecito! -le dijeron al pasar las mujeres y el buen anciano sonrio agradecido.

Se fue caminando despacio por la alameda. Pensaba y sus pensamientos iban tanto hacia los problemas de Lunder, como a los de Blanca y Llanlil, y en menor grado hacia los propios en los que el ejercicio de su ministerio ocupaba parte principal. En verdad la estada en la poblacion satisfacia su antiguo anhelo de misionero y estudioso. Al fin podia vivir intimamente la existencia del campesino de las mesetas, valorar sus esfuerzos y ganar algunos corazones, tarea grata al suyo y necesidad de su mision, pues comprendia con pesar que la dura vida de aquella gente comportaba el mayor enemigo moral que pudiera preverse. Soledad, viento, trabajo agotador, carencia de afectos y lazos de cultura, alejaban mas a los pobladores que leguas de desierto.

– El desierto no es tal… -pensaba el anciano-. El verdadero desierto reside en los corazones que se aislan en lugar de integrarse… La Patagonia dejo de ser tierra vacia, puno cerrado y viento, guanacos galopando mesetas, lagos escondidos o bosques solitarios; pero en cambio la habitan seres muy diversos. El peligro es la falta de unidad de proyectos e ideales, la lucha por ganar dinero ensangrentando el suelo antes de regarlo con el sudor y el esfuerzo. El dramatico acontecer es esta mezcla de razas que no quiere fundirse ni comprender la voz de la tierra… criollos, indios, americanos, extranjeros, fronterizos y contiguos, todos bajo una sola bandera, pero alzando muros inutiles para conservar sus privilegios individuales, su orgullo y su desprecio hacia el vecino.

– ?Que torpeza! -se dolia el padre, cavilando-. El extranjero cree que esto es suelo de conquista y pretende avasallar al criollo, explotandolo y subestimandolo. El poderoso achica leguas al debil y lo ahoga, aislandose a si mismo, perdiendo el concurso de un semejante y el fruto de una leal colaboracion. El indio, dolido y rencoroso, se aferra a un imposible recuerdo y se deja morir sin luchar con el trabajo. A pesar de todo, la vida continua y el amor alumbra sobre el egoismo y enciende su faro calido de ternura…

– Llanlil y Blanca son sus simbolos; mi corazon lo presiente. Ellos solos libran su lucha. En el silencio y la soledad se aferran al amor para engendrar el futuro de la tierra. Hay en el el resplandor del bronce y en ella una claridad de espiga que se arquea escuchando la voz del tiempo que ya llega… el eco del bronce que agiganta el progreso por venir. Ellos y sus hijos, y los hijos de sus hijos, levantaran ciudades sobre la piedra, navegaran sus lagos, poblaran sus valles, ?benditos valles argentinos que albergaran simientes generosas en el futuro que esta naciendo ahora! ?Y no lo advierten sin embargo! ?No comprenden que la conquista por el amor ha de ser mas fuerte que la conquista salvaje que todavia pretenden mantener!

Y el misionero, noble espiritu oteando el futuro, veia ante sus ojos abiertos realizarse su sueno, y le dolia la angustia del presente, el precio de sangre que otros pagarian, sin saberlo, por su sueno.

Un viento suave agito los alamos del sendero y el sol brillo por la nieve, encendiendo cristales diminutos que herian los ojos, pero el padre Bernardo siguio, abstraido en sus pensamientos, su paseo, hasta llegar a la orilla del rio. Siempre con igual expresion preocupada inicio el regreso, aunque otras ideas mas inmediatas ocupaban su mente.

4

Esa tarde hablo largamente con el vendedor y su hijo Santiago. Los tres, a la vera del carro, vieron poco a poco apagarse el dia y crecer el viento y el frio cortante. Don Ruda y Juan, ocupados en sus trabajos, los observaron con curiosidad mientras aguardaban sus indicaciones para reunirse con Lunder.

– Nuestro cura tiene algun proyecto entre manos-dijo el espanol a Frida, cuanto esta se les reunio en la cocina, cerca de la estufa.

– ?El buen padre! -exclamo ella-. En realidad le hemos causado mas molestias que otra cosa desde su llegada…

– ?Bah… bah! -se burlo don Pedro-. Le gusta meterse en conspiraciones… es su oficio.

– ?Callese, hereje! -protesto Maria, que lo estaba escuchando.

– ?Zas!… Aparecio mi sargento de guardia… ?Ve, senora, quien empieza?… -termino Ruda con una carcajada.

– Por lo que se pelean parecen novios. ?No se estaran escondiendo algo ustedes tambien? -inquirio Frida, mirandolos entre severa e incredula.

Maria enrojecio vivamente y dandose vuelta para esconder su rostro fue a ocuparse de los preparativos para la comida.

– ?Novios, dijo usted? -pregunto Ruda, repentinamente serio-. Me parece que estoy medio viejo para amores… pero le aseguro que si ella se animase haria mi ultima prueba…

Frida, mirandolo con sus claros ojos celestes, que solian llegar hondo, murmuro:

– Por que no, don Pedro… ?por que no?

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