amantes recorrieron la alameda sumergidos en ese intimo dialogo en que los ojos dicen las inefables palabras sin sentido aparente, pero que han movido a la humanidad a traves del dolor y de la muerte, para obtener al fin la renovada victoria encerrada en un breve chispazo de amor, como una centelleante manifestacion de la vida. Luego se separaron y Llanlil, incapaz de esconder en la obscuridad limitada de un cuarto la gloria de los besos que todavia ardian en su boca, volvio sobre sus pasos, internandose en la alameda.

El campo helado, la nieve fulgurante, el cielo estrellado y las aguas del rio cantando suavemente entre las piedras, hablaban para Llanlil con voces cargadas de ancestrales recuerdos. El alma de las mesetas huranas se mostraba en noches claras de luna y el sentia repercutir en su corazon la inexpresable musica de la tierra, escrita en el pentagrama que el inmenso ojo languido derramaba desde el cielo. La lacia cabellera partida en dos alas negras de Llanlil, reflejaba la palida claridad, pintandole tonalidades casi azules. El sentia la felicidad recorrerlo como una dulce embriaguez y movia los labios sin pronunciar palabra alguna. Nada podia turbarlo ya, ni siquiera la imagen de Bernabe ensangrentado sobre la meseta. Ni el recuerdo de sus ojos vidriandose a cada debil pulsacion de la sangre. Ni el temor del precio que quizas habria de pagar por aquella muerte; nada podria ya turbarlo, pero sin embargo le parecio que las huellas de sus pasos y los de Blanca desdibujandose en la nieve eran un presagio. Apreto los punos y dejo de caminar.

5

Tambien el padre Bernardo advirtio aquella manana las “huellas de los pasos en la nieve, nitidamente fijados por la helada sobrevenida a la madrugada. Bajo la trasparente pelicula, las senales escondian su mensaje enmudecido.

Las estuvo observando muy intrigado; las siguio hasta el recodo del rio y volvio a seguirlas frente a la casa de Lunder, donde eran las de una sola persona. El descubrimiento parecio preocuparle vivamente, pues repetidas veces efectuo el mismo recorrido, hasta que el sol lentamente fue desliendo las pisadas. Sus pensamientos lo absorbieron de tal modo, que olvido el trascurso del tiempo y las miradas de extraneza de la gente que iba y venia ocupada en los trabajos de la estancia. Fue necesario que Maria lo llamase con insistencia para sacarlo de su abstraccion.

– Pero, padre, ?el desayuno se hiela! -lo regano la muchacha.

– Voy, voy… -dijo el, sin abandonar su aire ensimismado.

En la espaciosa cocina lo aguardaban Frida y Blanca.

– Buenos dias, padre -lo saludaron las mujeres. El misionero contesto al saludo afablemente y se sento en la mesa, donde humeaba la leche en solidas tazas… En unos platos de antigua porcelana flamenca, se hallaban distribuidos pequenos panecillos caseros y manteca salada, al gusto de la duena de casa. Un pote de exquisito dulce de manzanas del norte, invitaba a saborear el alegre desayuno.

El padre Bernardo miro rapidamente a Blanca, sentada enfrente, y se sorprendio de la novisima expresion de su cara. Parecia ausente y sin embargo calidamente embellecida. Vivos colores subian a sus mejillas y las leves ojeras que sombreaban sus ojos casi celestes, eran acentuadas por los resplandores dorados de la cabellera abundante cayendo en cascada sobre los hombros.

“?Solo emociones muy de la tierra le pueden dar esa expresion de total hermosura!” -penso el misionero con inquieta certidumbre… Pero, ?quien sera el?

A pesar de su discreto examen, Blanca sorprendio su mirada e inclino la cabeza enrojeciendo como si su secreto hubiese sido descubierto. Felizmente Frida vino a rescatarla de su confusion.

– ?Penso alguna vez, padre Bernardo, en pasar el invierno en mi casa? -pregunto Frida, tendiendole una segunda taza humeante.

– Los designios de Dios son inescrutables -contesto el misionero-. Pero realmente y acercandonos un poco a la tierra, siempre anhele vivir una experiencia semejante. Creo que, secretamente, mi corazon deseaba algo similar.

– Eso me alegra -exclamo Frida-. Nunca me hubiera perdonado haber trastornado sus planes -agrego despues pensativa.

– Tenerlo entre nosotros es una alegria inolvidable -anadio Blanca, mirandolo en sus claros ojos.

– ?Realmente? -pregunto el, ligeramente ironico.

– No comprendo -dijo Blanca intrigada.

El padre Bernardo respondio con suave entonacion:

– Siempre crei que a la juventud no le atraen las sotanas y menos por aqui… claro; es la opinion de un viejo que desconoce el mundo.

– Usted bromea, padre -contesto Blanca sonrojada-. No solo conoce muy bien al mundo, sino que sabe leer en el alma de la gente mejor que cada uno lee en si mismo. ?Me equivoco acaso?

– En todo caso es mi deber, o mi oficio -afirmo el padre-. Las almas necesitan a veces quien interprete sus propias experiencias para encontrar solucion a sus problemas a condicion de que verdaderamente deseen tal solucion… Las estrellas a veces no bastan -agrego significativamente.

Blanca sostuvo su mirada valientemente y con gravedad repuso:

– En ocasiones entre el dolor, la angustia y el temor de los demas, se necesita mas coraje para callar lo que el corazon quisiera gritar alborozado, que desbordar el sentimiento que lo ahoga.

Frida miro a su hija sorprendida. El padre Bernardo quedo francamente admirado de la vehemencia de la protesta. Repentinamente comprendio lo prematuro de ahondar en los sentimientos de la muchacha y procuro desviar la atencion de las dos mujeres, llevando la conversacion por otros caminos.

– Digame, senora -interrogo a Frida-. ?Como se encuentra hoy don Guillermo?

– Rabiando -contesto por ella Maria, que entraba en ese momento con la bandeja del desayuno de Lunder casi intacto-. Casi no come, pero en cambio desde temprano anda secreteando con el capataz y don Pedro…

– Realmente me preocupa Whilem -dijo Frida levantandose-. Con todo lo ocurrido ultimamente sus nervios parecen prontos a estallar. Voy a verlo… con permiso, padre.

– Vaya usted, senora… luego ire yo tambien -dijo el misionero.

Blanca ya de pie se disponia a salir, cuando el padre Bernardo la detuvo con un gesto, agregando:

– ?Me dejas, muchacha?… Ven, quiero contarte algo. Ella obedecio. Estaba esperando algo parecido e instantaneamente comprendio que el momento habia llegado. Ocupo nuevamente su lugar. Maria, que andaba revolviendo platos y tazas en el enorme armario, se volvio a mirarlos y luego salio dejandolos solos.

– ?Sabes? -dijo el padre, deslizando las palabras suavemente-. Hace un ralo sali afuera y estuve siguiendo unas pisadas en la nieve endurecida… terminaban frente a tu pieza ?es que paseas de noche acaso?

– A veces lo hago, padre- respondio Blanca titubeando. -Muy comprensible si lo haces sola y el sueno no viene a esos lindos ojos, como parece -comento el misionero.- Pero alguien te acompana ?verdad?… Y no se por que, pero creo adivinar quien es…

Blanca sentia un temblor recorrerle el cuerpo, pero procuro ocultar su turbacion y callo esperando las palabras del religioso. Ante el sabia que no podria negar la existencia de su intimo secreto.

– Te invito a caminar -declaro el de improviso-. Vamos a ver los hermosos caballos ?quieres?

– Como usted quiera, padre -dijo la muchacha, pero fue necesario que el padre la tomase del brazo para que ella se levantase. Salieron, y el debil sol del invierno bano con reflejos de cobre los cabellos de Blanca. La manana era fria, pero sin viento. En el filo de la meseta la nieve reverberaba despidiendo la luz como si diminutos cristales fueran heridos por el sol. Caminaron todavia en silencio hasta llegar a los corrales. Bajo la alameda, el padre Bernardo dijo con suave firmeza:

– ?Quien es? ?Por quien o para quien sales de noche, desafiando el frio intenso o cualquier testigo malevolo?…

– Llanlil es mi acompanante -dijo ella al fin.

– ?Llanlil?… No se por que, pero lo imaginaba -comento el padre Bernardo y la declaracion, asi como el tono de la misma, significaron para Blanca un inesperado alivio.

– Ese muchacho vale mucho verdaderamente -estaba diciendo el padre-. Pero, ?has pensado en las consecuencias de tu acto? ?Te quiere el? ?Son tan extranos ellos a veces!

– ?Por que son extranos? ?Son acaso mejores esos hombres duros, despiadados, ambiciosos, que pueblan las

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